Animal Político

Carmelo Andrade, testigo presencial desde la cocina del poder

‘La política es una cochinada’

Palacio. Carmelo Andrade, en traje de rigor, ante su viejo lugar de trabajo, en la plaza Murillo.

Palacio. Carmelo Andrade, en traje de rigor, ante su viejo lugar de trabajo, en la plaza Murillo.

La Razón / Mabel Franco / La Paz

00:01 / 01 de abril de 2012

La política es una cochinada”, ha aprendido Carmelo Andrade. Lejos quedaron sus días de huérfano adolescente, cuando comenzó a ganarse la vida lavando copas. Chumeño, “como la mayoría de los garzones”, fue aprendiendo el oficio de servir a comensales en restaurantes y hoteles de La Paz. En uno de éstos conoció a varios de los políticos que iban a marcar la historia de Bolivia en la segunda mitad del siglo XX.

Tanto ver a este hombre, en las reuniones de cúpula, cuando llegó la hora de tener a alguien a su servicio, Hernán Siles Zuazo lo contrató a fines de los 70 y le abrió una puerta para atisbar en la vida privada de nueve inquilinos del Palacio de Gobierno.

Andrade vivió junto a Siles Zuazo los avatares de la vida pública. Lo vio decepcionado la vez que, luego de ganar las elecciones de julio de 1979, como cabeza del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNR-I), el Congreso Nacional, que se “empantanó” una y otra vez en los votos, finalmente no le permitió asumir. Y fue testigo de su partida en noviembre de ese año, como muchos otros políticos espantados por el golpe de Alberto Natush Busch.

Muchas cosas pasaron, entre ellas un nuevo golpe (esta vez el de 1980, encabezado por Luis García Meza), para que se restituyera la democracia en Bolivia. Siles Zuazo, al frente de la alianza que dio origen a Unidad Democrática y Popular (UDP), fue nombrado presidente en 1982 (ya había ocupado el cargo de 1956 a 1960) y, con él asumió, aunque desde la cocina, Carmelo Andrade. “Sus ministros me decían: ‘tienes que cuidar al jefe, peligroso es el Palacio”.

Siles Zuazo vivió unos años de profunda crisis económica y social. “Uhhh”, aulla el garzón para expresar lo difíciles que fueron esos días de hiperinflación y protestas. “No había pan, los mercados estaban vacíos, había que hacer colas. Yo, para entonces, servía en la residencia de San Jorge y allí también faltaban las cosas. El doctor decía ‘si el pueblo muere de hambre, por qué yo no’, y sufría, pues, su desayuno preferido incluía siempre una marraqueta, y no era fácil conseguirla entonces”.

En 1985, Siles Zuazo renunció. “Lo dejaron solo los que antes le habían apoyado. Así es la política: un rato te suben y luego te dejan. Su esposa se fue llorando, ‘se van a portar bien’, nos dijo”. Si me quedé, fue porque “doña Teresa (Ormachea) me recomendó con doña Chichina (Teresa Cortez), la esposa de Víctor Paz Estenssoro (el nuevo presidente)”.

El sueldo de garzón “siempre ha sido bajo; pero doña Chichina nos daba de su bolsillo” para compensar; el doctor hasta su ropa nos regaló alguna vez”, cuenta. Lo que sí cambió es la mesa. Si Siles era sencillo, si le gustaba la comida criolla y aceptaba con gusto hasta un ají de fideo, “con la familia Paz había que cumplir la etiqueta”.  Había que preparar “un plato diferente para cada miembro de la familia, según su gusto; servíamos como para 20 personas cuando eran cinco”.

Paz Estenssoro era estricto en sus costumbres y horarios. “No perdonaba ningún retraso. Tomaba como cinco desayunos, todos los días, siempre a la misma hora”. Andrade y otro personal de servicio debían estar en la residencia presidencial de San Jorge antes de las 05.00. “No le gustaba que nos quedemos en la casa, así que nos hacía recoger a las cuatro”.

Lo primero que el garzón preparaba era la toronja con azúcar. “A las 06.30 tocaba el timbre”. Luego se le subía la leche con cereales, de inmediato el agua hervida para el mate que tomaba en poro, y con galletas y manjar “que hacía traer de Santa Cruz”. Finalmente, el jugo de lima “con el que tomaba alguna pastilla”. A las 07.30 le llegaba el periódico y anunciaba “voy a salir”. Si “el edecán se atrasaba, lo mandaba a arrestar”.

La disciplina era la misma en el almuerzo: a las 12.00 debía estar servido y a las 16.00, el té: de zanahoria, con pasteles de hoja o cuñapés.

Diferencias. Si algo ha marcado la memoria de Andrade es el rigor de Chichina para tener a los empleados impecables. “Nos hacía bañar tres veces al día: al entrar a la residencia, al mediodía y antes de servir la cena: había que lavar las medias y la camisa. Me acostumbré a todo eso en los cuatro años que serví al Presidente”.

Llegó entonces, en 1989, Jaime Paz Zamora. “Él ya me conocía y, por tanto, mediante memorando me ratificaron en el cargo; pero me quedé en el Palacio, ya no fui a la residencia”. “Don Jaime, como estaba solo, comía todo arriba (en el Palacio) nomás. Sus hijos le visitaban siempre y a todos les gustaba la comida criolla, sobre todo la tarijeña”.  Lo que no podía faltar, a toda hora, es un plato de mote de habas en la mesa.

 “Don Jaime era bueno. Cada fin de año, antes de irse a El Picacho (Tarija), entraba a la cocina y nos regalaba dinero: 200, 300 bolivianos. Que pasen bien con sus familias, voy a volver tal día”, nos decía. Alguna vez, hasta los llevó a su propiedad en tierra chapaca.

“Cada presidente tiene su gusto”, dice quien los ha conocido como pocos bolivianos tienen la posibilidad de hacerlo. En 1993, el personal recibió a Gonzalo Sánchez de Lozada.  “Uhhh! Todo cambió”. Andrade sirvió en el Palacio un año y luego fue traslado a la residencia. “Para atender a la familia desde el desayuno y ya me quedaba a dormir en San Jorge”. “Pura etiqueta, otra vez; ni una mancha en la mesa, así de exigente era doña Ximena (Iturralde), no tanto su esposo”, cuenta Andrade. 

La Primera Dama era amante de las buenas formas para atender a los invitados, pero también en la intimidad del hogar. “Si volvía de un viaje al extranjero, traía nuevas ideas y nos hacía ensayar: ‘así vas a poner el plato, lo vas a recoger por este otro lado”. En todo caso, excentricidades o no, “aprendí mucho en los cuatro años de labor”, periodo en el que los regalos y otras atenciones desaparecieron del todo.

Banzer. En 1997, el miedo se apoderó del personal de servicio. El general Hugo Banzer Suárez había ganado las elecciones y mientras llegaba la hora de la posesión, los miembros de seguridad del mandatario elegido (esta vez democráticamente, pues antes había encabezado un gobierno de facto, entre 1971 y 1978) comentaban en voz alta: “¿los rosados siguen aquí?, cuándo se irán”. Y cocineros, garzones y otros “nos dedicábamos a limpiar la casa, mientras nos preguntábamos: ‘cómo le gustará’”. Al final, “nos sacaron a la caseta, como cuidadores”.

Entonces llegó Yolanda Prada de Banzer “y nos hicieron formar a todos, como soldados”. Ella preguntó cuántos trabajaban en el lugar y los fue derivando a sus puestos de labor. Pero llegó otra orden desde el Palacio de Gobierno y nos llevaron allí, mientras que a otros los despidieron. La Primera Dama armó un lío y hubo que “poner todo como ella lo había dispuesto; hasta las casas de la gente fueron a buscarla”.

El miedo inicial se volvió tranquilidad. “Don Hugo y su esposa nos trataron muy bien. El general nos preguntó cuánto ganábamos y dónde comíamos. Le dijimos que salíamos a alimentarnos en los puestos callejeros, pues, antes no nos permitían comer en la residencia. Nos respondió: ‘Les voy a pagar más, pero no me reclamen otros incrementos, y van a comer aquí. No me boten la comida y denles también a los soldados”, instruyó. 

El primer día en que se sirvió el almuerzo, Andrade y sus compañeros demostraron lo que habían aprendido de los Sánchez de Lozada. El general observó y al cabo de unos minutos les reclamó: “¡Qué tanto se mueven, qué les pasa; dejen la comida servida y listo!”.

Y así fue —desayuno, almuerzo, cena, todo buffet o selfservice— durante el tiempo que duró la presidencia de Banzer, quien, debido a una enfermedad, en 2001 le dejó el poder a su vicepresidente, Jorge Quiroga. 

Andrade recuerda los días en que el general y sus familia pedían majao, locro, chancho y chairo —“le encantaba a don Hugo, se hacía preparar el plato inclusive en Santa Cruz”—. Y tiene la imagen del general fumando siempre, inclusive antes de desayunar. Cuando enfermó, comía poco. El último día, antes de irse de viaje para ser atendido por los médicos, “le preparé el desayuno: té, marraqueta, cuñapés duros, jugo, y él lo tomó, como siempre, junto a su edecán, su jefe de seguridad y el teniente de la puerta”.

Eso pasó a las 05.00, y más tarde, doña Yolanda bajó a la cocina y nos pidió: “Van a cuidar la casa, hijos              —siempre nos llamaba así—. No se van a preocupar”. Les aseguró que no olvidaba la promesa que les había hecho de llevarlos algún día a San Javier. “Nos despedimos del general y nunca más lo vimos con vida”. El “joven Tuto y su esposa entraron a la residencia, me vieron y se rieron, pues ya me conocían”. Le dijeron que se iba a quedar, pues era “de confianza”.

Y comenzó una nueva etapa en la que el personal tuvo que acostumbrarse a un presidente que no solía desayunar, que salía a trotar a las 05.00 y al volver, luego de bañarse, tomaba un jugo de naranja y salía al Palacio. “Poníamos la mesa para el resto de la familia, temprano, pues las hijas iban al colegio”.

En la noche, lo que le gustaba “eran los piqueos, de quesos caros”. Cuando se armaba una buena comida, era los sábados; la mamá del Presidente preparaba la comida en persona: fricasé con arroz y papa, por ejemplo. Y si había un cóctel, ella misma hacía las cosas, junto a las cocineras, “pues decía que no quería que nadie acusara a su hijo de hacer gastos innecesarios”.

Las elecciones de 2002 determinaron el retorno de Sánchez de Lozada al poder. “Yo quería regresar al Palacio, no seguir en la residencia; pero doña Ximena me dijo: ‘eres parte del inventario’, y me quedé”. Otra vez la etiqueta rigurosa y servir en los dos sitios: de la casa al Palacio de Gobierno y viceversa. 

En febrero de 2002, Andrade y sus compañeros dispusieron un almuerzo en el Palacio para 20 personas. “Pusimos la vajilla con el escudo y todo, creo que íbamos a servir paella”. De pronto escucharon bulla en la plaza Murillo “y vimos a unos llokallas lanzando piedras; y luego escuchamos disparos; la seguridad gritó ‘alerta roja, alerta roja’”. El ministro de Gobierno, Carlos Sánchez Berzaín, “nos dijo que recojamos todo y nos vayamos; salimos por el garaje y hubo gente que nos quiso agarrar”.

Los días siguientes, menudearon las reuniones en la residencia. El garzón notaba las caras de preocupación en la gente del gabinete y el Presidente cada vez que servía el café y los sándwiches. Lo que se repitió, con mayor tensión, en octubre de ese mismo año. “El día que todo acabó, en la residencia todos se movían agitados. La nana de doña Ximena recogió cosas y se fueron todos. La señora me dijo ‘chau, Carmelo’”.

Andrade sirvió todavía a Carlos Mesa —vicepresidente de Sánchez de Lozada que asumió la silla presidencial tras la crisis—, “no en la residencia, sino en su casa particular, y también en el Palacio”.  Y, ante la renuncia de aquél, también a Eduardo Rodríguez Veltzé, quien, como cabeza del Poder Judicial, fue nombrado presidente interino. De esta familia, que sí vivió siete meses en la residencia, Andrade guarda buenos recuerdos por su calidez y sencillez.

En 2005, Evo Morales ganó las elecciones. “Estuve un mes a su servicio y chau... En mis 23 años de servicio me han dicho de todo: comunista, neoliberal... Yo sé que la política es cosa de un rato nomás; una cochinada”.

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