Animal Político

Churchill, Roosevelt y Juan XXIII

La Gran Recesión ha cuestionado uno a uno los postulados ideológicos que la revolución conservadora, defendida por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hizo hegemónicos durante más de un cuarto de siglo.

La Razón / Joaquín Estefanía

00:00 / 14 de abril de 2013

José Luis Sampedro.

El objetivo de la revolución conservadora que nació a principios de los años 80 era sustituir a Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt y Juan XIII como íconos del siglo XX, por Thatcher, Reagan y Juan Pablo II. Roosevelt era el vencedor de la Gran Depresión con una política de regulación de la economía y de protección social a los que se quedaban por el camino, molidos por el sufrimiento, y tanto Churchill como él representaban los valores de los aliados, triunfadores de la Segunda Guerra Mundial. Juan XXIII había comenzado el aggiornamiento de la Iglesia Católica y puesto en funcionamiento ese oxímoron denominado “cristianismo de rostro humano”.

La revolución conservadora que lideran Thatcher y Reagan tenía dos fases ideológicas: primera, acabar con el Estado de bienestar nacido del miedo al poder de atracción del comunismo (una especie de revolución pasiva dentro del sistema); y, segunda, liquidar los contenidos educativos y culturales permisivos de Mayo del 68. Era pues una acción doble, compuesta por intereses económicos liberales y valores políticos conservadores, que dos décadas después retoman y actualizan los neocons de todo el mundo y que tiene su cénit en los Estados Unidos de George W. Bush, con los Rumsfeld, Cheney, Kagan, Kristol… Y prende por necesidad: el fracaso del anterior paradigma dominante, el keynesianismo, para hacer frente a un fenómeno nuevo, la estanflación, mezcla de precios altos y economía paralizada, consecuencia en buena parte de las dos crisis del petróleo de los años 70. El keynesianismo había domeñado el desempleo pero no la inflación. A este reto se enfrentan los conservadores.

Durante más de un cuarto de siglo la revolución conservadora ha sido hegemónica en el terreno del pensamiento, las ideas y las políticas económicas. Los atentados terroristas de principio de siglo acentuaron sus rasgos más duros, pero entonces ya se vio, aunque en dosis homeopáticas para lo que sucedió después, que la fórmula para salir de la recesión consistía en introducir paladas de dinero público en el sistema. La Gran Recesión, que comienza en el verano del año 2007, pone en cuestión sus postulados centrales, mucho más teorizados por Thatcher y sus think tanks que por Reagan y sus muchachos (que se convirtieron en representantes de un keynesianismo de derechas —“keynesianismo bastardo”, lo denominó Joan Robinson— al dejar a sus herederos un gigantesco déficit público motivado por las inversiones públicas en la guerra de las galaxias y en el aparato militar, con el objeto de acabar con un comunismo exhausto). Entre esos postulados destacan los siguientes:

El Estado es el problema, el mercado la solución. Pero hoy sabemos que las principales dificultades derivadas de un sector financiero con pies de barro y de economías reales con paro y empobrecimiento de las clases medias son propias de Estados débiles, demediados, no del Ogro filantrópico de Octavio Paz ni de leviatanes. Para arreglar esos problemas de mercados que no funcionan y tienden al oligopolio se precisa de Estados y supervisores fuertes. La solución al sistema financiero ha pasado por la continua intervención en el mismo del sector público, con el dinero de los contribuyentes en juego, hasta el punto de que ha vuelto a conjugarse el verbo nacionalizar. El único momento en que la revolución conservadora, orgullosa, se activa y deja quebrar Lehman Brothers bajo el principio de que cada palo aguante su vela, es cuando todo el tinglado está a punto de desmoronarse. Los planes de estabilización son mecanismos administrativos, y por tanto al margen del mercado, que buscan reequilibrar las posiciones de poder en el seno de la economía. Así como la socialización de pérdidas.

La desregulación como meta. En 1986, Margaret Thatcher lidera el big bang en la Bolsa de Londres. La City londinense deviene en el paraíso de la desregulación y la innovación financieras, hasta cotas verdaderamente difíciles de entender incluso para los expertos. Desde entonces se ha hecho mucho dinero en esos mercados, pero la titulización de hipotecas y otros créditos, los productos derivados, los fondos de alto riesgo, o los instrumentos opacos que han estado en el origen de la Gran Recesión que arranca de Estados Unidos, tienen en la City su patria y su versión más sofisticada.

El capitalismo popular. La adquisición de acciones en empresas de las que no se conocía ni siquiera su actividad, por el mero hecho emulador y gregario de que el vecino está ganando mucho más dinero que tú, formó parte de la nueva economía, ese paradigma efímero, con fuerte presencia mediática, que decía que se habían acabado los ciclos económicos simplemente por la aplicación conjunta de las entonces nuevas tecnologías de la comunicación y la información, y la flexibilidad empresarial. Ello acabó con los primeros efectos nefastos en la economía real de las hipotecas de alto riesgo. Ya sabemos lo que ocurrió: la sociedad de propietarios, que pretendía hacer de cada individuo un poseedor de vivienda propia, generó la burbuja inmobiliaria que ha estado en el origen de nuestros problemas actuales. Los desahucios se explican precisamente por lo anterior.

Entre las ideas, las ideologías y los intereses suele haber una interacción compleja. Los mercados financieros estaban interesados en defender la desregulación; la ideología del libre mercado de Thatcher y Reagan les hizo un gran servicio. Pero si la economía es una ciencia social, sus postulados tienen que ser probados. Esta crisis ha cuestionado esos supuestos ampliamente difundidos por la revolución conservadora. Ésta, que es poliédrica en sus efectos, generó mucha riqueza pero la repartió muy regresivamente: hasta hoy, Gran Bretaña y Estados Unidos han sido las sociedades más desiguales y con más falta de cohesión del mundo desarrollado. En estos momentos en que se hace balance de un mito, conviene recordar a sus perdedores. Que son realidad tangible.

Posdata. Hay un aspecto poco recordado, pero muy siniestro, en la biografía de Thatcher: la protección y el cariño dados al general Augusto Pinochet cuando éste tuvo que aguardar en Londres a la petición de extradición, por delitos contra la humanidad, hecha por el juez Baltasar Garzón. Thatcher, que multiplicó los tactos de codos públicos y las tazas de té con el dictador chileno, declaró en el congreso del Partido Conservador, en octubre de 1989, que la persecución a Pinochet se debía a “una venganza de la izquierda internacional por la derrota del comunismo, por el hecho de que Pinochet salvara a Chile y salvara a Latinoamérica”. Thatcher y Pinochet no sólo estaban unidos por sus intereses (el apoyo de Chile a Gran Bretaña en la guerra de las Malvinas), sino por sus simpatías por un sistema económico, el neoliberalismo, que ha tenido hasta ahora sus momentos más puros bajo la dictadura militar chilena, con la hegemonía de los Chicago Boys y su apóstol, Milton Friedman, en la misma.

El periódico El Mercurio de Santiago contiene en su hemeroteca la fantástica historia con la que Pinochet cuenta su caída del caballo y su conversión a la religión liberal… en la economía: “Éste es un viaje sin retorno del modelo económico. (…) Agradezco al destino la oportunidad que me dio de entender con mayor claridad la economía libre o liberal”. En el Chile de Pinochet la fórmula fue una férrea dictadura política acompañada de una privatización casi absoluta de la economía y la desaparición de cualquier síntoma de protección social. Lo que los economistas de la Escuela de Chicago soñaron, pero no pudieron experimentar ni siquiera en la Gran Bretaña de Thatcher o en los Estados Unidos de Reagan (por las resistencias que los ciudadanos imponían a las consecuencias socialmente más dolorosas de sus políticas), lo hicieron en el Chile militar, sin sindicatos libres ni sociedad civil organizada. Sobre todo ello no hay ni una palabra de condena de Thatcher.

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