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Colombia 1983, cuando Chile admitió a un tercero en el tema marítimo

La Resolución 686 de la OEA, firmada también por Chile, exhorta a Bolivia y este país a buscar una fórmula que permita una salida soberana al mar para Bolivia. Éste fue el inicio de la mediación colombiana a una negociación que si bien se truncó, queda como muestra de que antes Chile adoptó la política del diálogo.

OEA. El canciller chileno Schweitzer y el canciller Ortiz, en 1983 (Nueva York).

OEA. George Bush (padre) y el canciller Ortiz, en 1983 (Nueva York). Foto: José Ortiz

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont es periodista de La Razón

00:00 / 08 de marzo de 2015

Colombia ofreció a Bolivia y Chile sus buenos oficios, luego de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) de 1983, para que se llegue a un diálogo que permita al país una salida soberana al mar. Chile aceptó la mediación colombiana. Queda registrado este acto del Estado chileno como otra prueba de su constante apertura al diálogo sobre el tema marítimo a lo largo de la historia, a pesar de que después de las negociaciones del Enfoque Fresco no fue consecuente con esa conducta y viró 180 grados a la actitud del portazo diplomático.

Es necesario el contraste con el comportamiento actual del Gobierno chileno: si en 1983 se acogía a la mediación de un tercer país, hoy pretende no reconocer la jurisdicción de la máxima instancia del Derecho Internacional: la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

A pesar de esto último, 1983 queda para la diplomacia boliviana como el punto posiblemente más alto del tratamiento del tema marítimo en la vía multilateral, puesto que si bien se dice que la Resolución de la OEA de 1979 ha sido la de mayor importancia, cabe recordar que Chile no la firmó y abandonó abruptamente la reunión. Sin embargo, la Resolución de la Asamblea de la OEA de 1983 (que en cuanto al tema marítimo repite y amplía lo que dice el documento de 1979) es firmada por Chile, país que además es coautor de dicha disposición.

El texto de 1983 pide a Bolivia y Chile que: “en aras de la fraternidad americana inicien un proceso de acercamiento y reforzamiento de la amistad de los pueblos boliviano y chileno, orientado a una normalidad de sus relaciones tendiente a superar las dificultades que los separan, incluyendo en especial una fórmula que haga posible dar a Bolivia una salida soberana al océano Pacífico sobre bases que consulten las recíprocas conveniencias y los derechos e intereses de las partes involucradas”. Chile pone su signatura y por tanto acepta la exhortación.

Gustavo Aliaga era en ese momento el jefe de gabinete del canciller boliviano José Ortiz Mercado y estuvo presente en esa Asamblea en Washington. Recuerda que la resolución “fue aprobada por consenso y aclamación, Chile estuvo por primera vez de acuerdo con una resolución del organismo (sobre el tema marítimo). Además, la mayoría de las delegaciones hizo uso de la palabra para manifestar su complacencia por el acuerdo alcanzado”.

Los cancilleres Rodrigo Lloreda Caicedo (Colombia), Miguel Schweitzer (Chile) y Ortiz de Bolivia se reunieron antes de esta resolución. Bolivia presentó dos proyectos que fueron rechazados por Chile. El tercer borrador fue redactado por los tres países. La cita anterior (“en aras de la fraternidad...”) es un fragmento de ese documento escrito a tres manos.

Tras la reunión hubo un abrazo de Schweitzer y Ortiz. La prensa boliviana llamó al hecho “el abrazo de la OEA”.

Aliaga cuenta detalles del acercamiento y de cómo Colombia se involucró. Inicialmente, la política marítima de Hernán Siles Zuazo —explica— fue la de “llevar el tema a todos los foros multilaterales para obtener el máximo apoyo internacional sin llegar a la confrontación y lograr apoyo decidido a la causa marítima”. No obstante, con la llegada de José Ortiz Mercado al Ministerio de Relaciones Exteriores, se decidió modificar la estrategia de modo que se pueda, paralelamente, “realizar gestiones y con interlocutores en los que Chile pudiera confiar para así llegar a construir la confianza en el ámbito de la OEA para poder cambiar los reiterados impasses, adoptando un criterio más pragmático para abordar el problema marítimo”.

Luego señala que, sin que esto fuese cuestión del azar, coincidieron en tiempo y espacio los nombres correctos. Así, se sacó provecho de la buena relación entre Hernán Siles Zuazo y el presidente colombiano Belisario Betancur; las gestiones realizadas por Alberto Crespo en Ginebra; el rol de la embajadora en Colombia Lidia Gueiler y de Fernando Salazar en las Naciones Unidas, todo bajo la coordinación del canciller Ortiz. Además, destaca que el canciller colombiano presidía desde 1982 la OEA.

“Se quiso demostrar y se mostró que con Chile hay puntos de contactos sobre los que se puede dialogar”, añade Gustavo Aliaga.

Al final de la Asamblea General, la invitación del colombiano Lloreda Caicedo para el acercamiento es aceptada por las dos partes. El presidente chileno Augusto Pinochet contestó por escrito: “Con el fin de avanzar en los propósitos enunciados, Vuestra Excelencia ha tenido la gentileza de ofrecer que Colombia sirva de sede de los dos Gobiernos (...). He instruido al Canciller Miguel Schweitzer para que concurra en la fecha que se estime más adecuada”.

Betancur diría a la prensa, en diciembre de 1983, que en las reuniones se reiniciarían las negociaciones de “ese tema tabú que es la mediterraneidad de Bolivia, el próximo año en Bogotá”. Siles Zuazo hizo manifestaciones en ese mismo sentido. Subidamente Chile dio un giro que casi coincide con el cambio de Canciller en La Moneda: asumía Jaime del Valle. Chile perdió interés y la intervención colombiana fue perdiendo fuerza. No obstante, los buenos oficios de Chile quedan como muestra de que en determinados momentos estuvo dispuesto al diálogo e incluso a la intervención amistosa de un tercer país.

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