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Hacia la Comunicología de Liberación

Luis Ramiro Beltrán(1983): “…la comunicación no debe ser una herramienta para la irreverente manipulación  de los seres humanos. Tampoco debe emplearsepara  preservar una injusta estructura social; debe usársela para transformarla  de manera que prevalezcan la justicia y la paz”.

La Razón (Edición Impresa) / Erick Torrico Villanueva

00:03 / 19 de julio de 2015

La comunicación democrática para el desarrollo es la utopía que orientó el pensamiento, la obra y la enseñanza de Luis Ramiro Beltrán Salmón, el mayor comunicólogo boliviano, que acaba de partir al infinito. En 1967 sentó la necesidad de “Incorporar el desarrollo de las comunicaciones en el plan principal de desarrollo nacional, para que esté al servicio de todas las demás actividades de desarrollo”.

En su tesis doctoral en la Universidad de Michigan, Estados Unidos (1970), cuestionó  conceptos y modelos entonces prevalecientes. Las visiones del establishment  académico relativas al tránsito de la sociedad tradicional a la moderna o al carácter difusionista de los medios masivos en ese proceso acabaron mostrando su  inadecuación y etnocentrismo.

Convicción latinoamericana. Tras culminar sus estudios, Luis Ramiro Beltrán retornó a América Latina en 1970 (a su Bolivia natal volvió en 1991). Aquel decenio, en que nacieron  propuestas como la del Nuevo Orden Informativo Internacional, hizo aflorar el hondo compromiso de Beltrán con la situación y el porvenir de la región.

Calificó a Latinoamérica como un  “continente incomunicado” y que tenía a la “dominación” como rasgo característico de sus comunicaciones. Impulsó la controversia sobre el monopolio de las agencias informativas, la concentración propietaria de los medios y la funcionalidad de éstos respecto a la dominación cultural, además de que condenó el conservadurismo, el materialismo y el conformismo alimentados por la televisión y la publicidad imitadoras o reproductoras de formatos importados. 

Igualmente, contribuyó a poner en la agenda internacional el Derecho a la Comunicación y las Políticas Nacionales de Comunicación, siendo el verdadero “padre” de estas últimas en el marco de su asesoría a la Unesco (1974). 

Otro frente clave de su batallar latinoamericanista fueron las bases teóricas y los métodos utilizados en la región para producir saber respecto a la Comunicación. Fue, en ese sentido, pionero de los “estados del arte” críticos sobre la investigación comunicacional latinoamericana (1974 a 1976).

Demanda de cabeza propia. Su insatisfacción con las ideas de la academia y la política sobre el desarrollo y la comunicación le hicieron descalificar las características “autocráticas, elitistas y materialistas” del primer concepto y la índole “mecánico-vertical” del segundo.

Y al tiempo de que fue decantando varias de las nociones básicas del área remarcó la urgencia de acometer el trabajo científico con rigor y compromiso ético, así como la de que los estudiosos latinoamericanos dejaran de hacer simples transposiciones teórico-metodológicas y pensaran la realidad regional con cabeza propia.

Apropiarse de las herramientas. A su demanda de restablecer la sociedad total como matriz desde la cual investigar lo comunicacional, sumó su desvelamiento de los límites, tanto de la concepción difusionista de la comunicación y el desarrollo como de los estudios de efectos y  funciones, inapropiados para posibilitar los cambios estructurales requeridos en América Latina. En consecuencia, las técnicas de recolección de datos de esas corrientes —encuesta y  análisis de contenido— fueron objeto de su aguda disección, lo que puso al  descubierto su empleo instrumentalizador de medios y personas.

En su modelo de Comunicación Horizontal (1979) planteó abandonar el guión aristotélico en que el “locutor” usa el “discurso” para “persuadir” al “oyente” e incorporó una comprensión social compleja del proceso comunicacional reivindicando su cualidad humana y el requisito de su condición democrática.

Sugirió, por ello, que para investigar la comunicación los latinoamericanos debían apropiarse de las herramientas teórico-metodológicas para responder a las necesidades de la región y evitar quedar reducidos a meros “ayudantes” de la perpetuación del statu quo de la injusticia.

Construcción institucional y de la memoria. Luis Ramiro Beltrán, vicepresidente de la Asociación Internacional de Investigación en Comunicación, gobernador del Instituto Internacional de Comunicaciones y miembro de la Asociación Internacional de Comunicación, impulsó la creación de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación en 1978 y de su filial boliviana en 1981.

Aparte de sus propios recuentos analíticos acerca de la investigación comunicacional latinoamericana,  fue coautor de la Bibliografía sobre investigaciones en comunicación para el desarrollo rural en América Latina (1976) y más tarde propició la edición de bibliografías sobre investigación comunicacional en varios países latinoamericanos. La de Bolivia, que él mismo dirigió y fue la que cerró la secuencia, quedó plasmada en 1990.

Modelo y metódica de Beltrán. Luis Ramiro Beltrán, iniciador y emblema del pensamiento comunicacional crítico latinoamericano, fue la combinación ejemplar del artista, el científico y el estratega que él propugnaba como modelo profesional:  “El artista produce mensajes, el científico genera conocimientos y el estratega propicia racionalidad” (1990).

Periodista en Bolivia desde niño y formado en las aulas de Michigan, a sus 40 años provocó revuelo con incisivos cuestionamientos no solo a la realidad mediática, sino a baluartes teóricos y metódico-técnicos intactos por décadas. Influyó notablemente desde entonces en la autocrítica y en el  compromiso de los estudiosos latinoamericanos de la Comunicación, destacándose por ser el especialista de América Latina más citado en la  academia estadounidense y europea.

Su infatigable obra intelectual le hizo merecedor en 1983, “Año Mundial de la Comunicación”, del Premio McLuhan Teleglobe-Canadá, equivalente en el área al Nobel de ciencias.  Aguzado observador, bibliómano y lector incontrolable, analista meticuloso, crítico severo, militante de la justicia, lúcido orientador, ameno conversador y amigo generoso, supo conjugar sinérgicamente vena literaria con experiencia periodística y vocación científica, pero además sembró una línea de pensamiento y acción que podría sintetizarse en el lema “Por la investigación comunicacional crítica para el desarrollo y la democracia”.

Más allá de los principios que fundamentaron su propia tarea de investigador —independencia, honestidad y osadía intelectuales a la par que compromiso social—, los recursos que componían su metódica eran planificación detallada, organización, disciplina, máxima exigencia, rigor conceptual, documentación exhaustiva, análisis y discusión creativos, crítica y autocrítica, exposición clara y precisa.

No se podrá hallar a alguien como Luis Ramiro Beltrán, que sabía lo que quería, cómo hacerlo y para qué, a la vez que  contaba con la capacidad y la bondad para enseñarlo. Y son seguramente esos los factores que le hicieron abanderado de la Comunicología de Liberación que vislumbró a mediados de los ‘70 en el horizonte de la dignidad latinoamericana y que ahora es imperativo recuperar.

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