Animal Político

Entre el Congreso de la COB y el nuevo gabinete

Después del 22 de enero

La Razón / Alfredo Rada

00:00 / 29 de enero de 2012

Más de una semana de espera, varias disputas internas que hasta llegaron al pugilato y, finalmente, las decisiones. Después de seis años, el mismo tiempo que lleva Evo Morales en el Palacio Quemado, la Central Obrera Boliviana (COB) realizó su XV Congreso en Tarija. Esa COB que el año 2006 dudó en apoyar al proceso de cambio, pero luego —los años 2007 y 2008— participó abiertamente de él, sumando su fortaleza simbólica y capacidad de convocatoria al de otras organizaciones aglutinadas en la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam).

El pico más alto de las movilizaciones convocadas por la COB y la Conalcam para apoyar las transformaciones sociales y políticas fue la multitudinaria marcha de octubre de 2008, cuando ambas organizaciones exigieron el referéndum que finalmente aprobó en las urnas la nueva Constitución Política del Estado (CPE).

Pero luego del más grande triunfo popular —la puesta en vigencia del nuevo texto constitucional— comenzó el distanciamiento entre la central sindical y el Gobierno; mientras aquélla retornaba al salarialismo diluyendo su capacidad de incidencia estratégica, éste priorizaba la gestión de corto plazo perdiendo el impulso transformador. El distanciamiento se convirtió en confrontación los dos últimos años, agravado en diciembre de 2010 por el denominado “gasolinazo”, una medida que la COB convocó a resistir en las calles hasta forzar su anulación.

El retorno político de la clase obrera. Lo más importante del XV Congreso de la COB es el renovado protagonismo obrero que, desde los socavones de Huanuni, propuso al cónclave laboral una tesis política que delínea con precisión la continuidad entre los cambios democráticos y las transformaciones económico-estructurales, en párrafos tan interesantes como éste: “Para nosotros, la lucha antiimperialista tiene un único contenido: la lucha por el socialismo. Diariamente se viene especulando que el nacionalismo, u otra tercera vía, es ajeno, tanto al capitalismo como al socialismo. Se insinúa que es una política neutra entre ambos extremos, que llega a su punto culminante bajo la forma de capitalismo de Estado. Algunos teóricos de esta tendencia sostienen que América Latina puede lograr su pleno desarrollo económico siguiendo el llamado ‘modelo nacional del capitalismo de Estado’, por la conciliación del capital privado con la economía estatal. Ambas formas de economía, al no salir del área del sistema capitalista, concluyen consolidando nuestro atraso y dependencia”.¡Exacto! Los obreros le están enseñando economía política marxista a la adocenada intelectualidad que hoy deambula por los pasillos del poder.

En el Congreso cobista —que concluyó demandando la inmediata nacionalización de las minas que están bajo control de las empresas transnacionales— hubo también una reacción de la base laboral contra la burocracia dirigencial representada por Pedro Montes. Terminaron eligiendo como secretario ejecutivo a Juan Carlos Trujillo, un minero de 33 años de edad. Es el dirigente más joven desde que Juan Lechín, con 37 años, asumiera el 18 de abril de 1952 la máxima cartera en la fundación de la COB.

La elección de Trujillo puede ser el inicio de una saludable renovación, no exenta, sin embargo, de algunos lastres como Jaime Solares, que fue agente de los servicios de represión de la última dictadura militar.

El nuevo gabinete. En La Paz, y casi coincidiendo en el tiempo con el evento sindical, el presidente Evo Morales hizo ajustes a su equipo ministerial. Optó por mandar una señal a la población urbana al juramentar a profesionales de la clase media en la mayoría de los ministerios. En los seis años de gobierno, éste es el gabinete con menor presencia indígena y obrera, incluso en un ministerio tan simbólico como el de Justicia. En descargo de este caso particular se podrá decir que nunca como hoy hubo tantos magistrados indígenas y mujeres al frente del Órgano Judicial.

El cálculo en la plaza Murillo es correcto: en las ciudades se ha producido el mayor desgaste gubernamental y es allá también que se concentra más del 60% del padrón electoral, por lo que recuperar fuerza política urbana es algo en lo que se juega la continuidad del proceso y del propio Gobierno. Es también un acierto el fortalecimiento del gabinete político con la incorporación de Juan Ramón Quintana en el Ministerio de la Presidencia y la designación de Carlos Romero en el de Gobierno.

Este recambio de piezas tiene por objetivo superar la debilidad en la prevención y resolución de conflictos, pero en estas asignaturas no está demás recordar que el trabajo de un par de personas no será suficiente si es que no funciona la coordinación con los sectores sociales y el apoyo de una estructura política nacional (tendría que ser el Movimiento Al Socialismo, MAS) como pilares de gobernabilidad.

El riesgo que corre Quintana, como en su momento le pasó a Sacha Llorenti, es que termine concentrando la carga negativa de segmentos importantes de la población. Está claro que los partidos de oposición y algunos medios de comunicación intentarán convertir este rechazo en un nuevo factor de desgaste para el Presidente.

¿Por qué funcionó el equipo ministerial de 2007 a 2009, ése al que Evo calificó como “gabinete histórico”? No fue por lo brillante de sus componentes individualmente considerados, sino porque se trataba de un equipo cohesionado por el liderazgo político del propio Mandatario, por la claridad programático-estratégica y por el apoyo popular movilizado a las reformas estructurales.

Este año que inicia hay que recuperar programa y pueblo, lo que sólo se puede hacer planteando al país nuevas y más profundas transformaciones y acumulando la fuerza social necesaria para implementarlas. “Debemos escuchar al pueblo”, decía David Choquehuanca en su discurso el día de la posesión del nuevo gabinete, ésta es la receta. Las soluciones no vendrán de la mano de técnicos convertidos en ministros que, lejos de aportar al programa revolucionario, acentuarán la tendencia a administrar el actual estado de cosas.

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