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Consejos para leer las encuestas

Una declaración es solo una declaración: las encuestas no miden comportamientos. Los encuestados declaran, dicen, afirman, se pronuncian… y eso queda reflejado en la encuesta. Pero a veces, las personas improvisan una respuesta para una pregunta que no se habían hecho o mienten.

La Razón (Edición Impresa) / Salvador Romero Ballivián

00:01 / 03 de agosto de 2014

Las candidaturas están anunciadas, los candidatos recorren el país o sus circunscripciones uninominales, alistan la propaganda seductora y, a veces, la acusación descalificadora contra el adversario, los medios preparan espacios más grandes para cubrir los asuntos políticos, los ciudadanos reflexionan sobre las propuestas… ¡y las encuestas llegan! Desembarcan con líneas, tortas, cifras impactantes, porcentajes desconcertantes y acaparan titulares.

Las encuestas electorales ofrecen información valiosa y pertinente, ayudan a comprender el estado de ánimo del electorado, cuáles son sus prioridades, sus inquietudes, sus valores, pero los datos requieren algunas claves de interpretación para que no se haga decir a las encuestas lo que no dicen… Aquí, algunos consejos cortos, urgentes en tiempos electorales, para facilitar su interpretación; consejos metodológicos y de análisis político, partiendo del supuesto de que fueron realizadas siguiendo los parámetros básicos de profesionalismo y ética.

¿Qué población ha sido encuestada? Toda encuesta debe señalar cuál es la muestra para que sepamos el perfil de los encuestados y a quiénes representan. No es lo mismo una encuesta urbana en el eje que una encuesta a nivel nacional, con alcance urbano y rural. Ambas son válidas y serias, pero no representan a la misma población y por lo tanto, los resultados pueden arrojar diferencias significativas. La segunda es, por supuesto, más completa y brinda una imagen más precisa de las actitudes o percepciones del conjunto de la población boliviana. 

¡Cuidado con los márgenes de error! Toda encuesta tiene un margen de error y eso no es demeritarla: es parte de la ley de probabilidades y de los grandes números. Eso significa que los datos presentados pueden variar hacia abajo o hacia arriba: si la intención de voto por un candidato es de 22% y el margen de error es de 2,5, significa que la intención de voto del candidato se mueve entre 24,5% y 19,5%. Eso puede ser muy relevante cuando las diferencias son estrechas, por eso se utiliza el término “empate técnico” si la distancia entre dos candidatos es inferior al margen de error. En claro, aunque no lo sea tanto para el sentido común, en el ejemplo señalado, se diría que dos candidatos estarían en “empate técnico” con 24,5% y 19,5% de las intenciones de voto... 

La encuesta retrata la situación hoy pero no predice (siempre) el futuro. Una encuesta muestra las preferencias, simpatías y actitudes de una población en el momento en el cual fueron recolectados los datos. Por lo tanto, también es clave conocer las evoluciones. Una cifra de popularidad, de apoyo electoral se inscribe en una línea ascendente, descendente o se muestra estable. Conocer la información previa ayuda a entender mejor la dinámica. Cualquier cambio de coyuntura puede implicar un cambio en las preferencias. En 2004, en España, las intenciones de voto favorecieron al Partido Popular casi hasta el final pero las cifras de la elección dieron la victoria a su rival socialista.

Entre la última medición y la elección ocurrieron los atentados del fundamentalismo islámico, manejados de manera poco acertada por el gobierno de José María Aznar.  Popularidad no es sinónimo de intención de voto… Las encuestas muestran la popularidad de los líderes políticos, pero no se puede inferir automáticamente que la popularidad se convierte en intención de voto y aún menos, en votos. En efecto, una persona puede tener simpatía por varios dirigentes, incluso de partidos antagónicos, pero solo dispone de un voto… Por eso, a veces, algunos líderes políticos con excelente imagen en la población, no ganan. 

Una baja popularidad no impide ganar una elección… Suena un poco contradictorio e ilógico pero puede ocurrir que un líder con baja popularidad y bajo nivel de simpatía gane la elección. Así sucedió en 2002: el día que ganó la elección, Gonzalo Sánchez de Lozada tenía una de las popularidades más bajas y números elevados de rechazo pero tenía una ventaja en un contexto de fragmentación y dispersión del voto, con un sistema de una vuelta. La mayoría de la gente que simpatizaba con él, votó  por él: ¡suficiente para ganar!  

Una declaración es solo una declaración: las encuestas no miden comportamientos. Los encuestados declaran, dicen, afirman, se pronuncian… y eso queda fielmente reflejado en la encuesta. Pero la encuesta no observa un comportamiento. Y, a veces, como en cualquier campo o circunstancia, las personas improvisan una respuesta para una pregunta que no se habían hecho o mienten. Dicen que irán a votar, porque es socialmente bien visto, pero piensan quedarse en su casa; afirman que jamás votarán por tal candidato, porque tiene estigmas sociales (como la extrema derecha en Europa), pero solo esperan el día de la elección para votar por él; después de la elección, señalan que votaron por un candidato por el cual no sufragaron, ¡porque se avergüenzan de haber votado por un perdedor y es mejor parecer que uno está en la mayoría! Porque hasta las encuestas, tan seriecitas con sus estadísticas y fichas técnicas, son parte de la diversión política y del juego social…

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