Animal Político

El 8N contra Cristina Fernández

Una protesta interpelatoria

La Razñon / Diego M. Raus

00:00 / 18 de noviembre de 2012

El jueves 8 de noviembre (8N en las redes sociales) se llevó a cabo en las principales ciudades de Argentina una multitudinaria marcha de protesta contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Se calcula que cerca de un millón de personas salieron de sus casas al atardecer para participar de las protestas. En la ciudad de Buenos Aires se movilizaron más de 600 mil personas. A su vez, 30 mil personas protestaron frente a la residencia presidencial de Olivos, localidad situada diez kilómetros al norte de la ciudad capital, en momentos en que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) estaba en ella.

La particularidad de la protestas es que fueron convocadas, con anticipación, por las redes sociales. Ningún partido político de la oposición participó de ella ni de la marcha. Fue una manifestación de la sociedad civil que excedió a todo el sistema político partidario. La abundancia de banderas argentinas no implicaron un nacionalismo exacerbado, sino precisamente el no embanderamiento partidario de la protesta.

Las reglas de la democracia indican que ningún gobierno tiene la obligación de modificar su programa si éste fue votado mayoritariamente y, en líneas generales, se mantiene en sus políticas principales (legitimidad de origen). Pero, también, las reglas democráticas no inhiben la protesta social si una parte de la sociedad civil considera que el Gobierno está cometiendo errores y/o fallos en la aplicación de sus políticas de manera tal que afecten a esa parte de la sociedad (legitimidad del ejercicio del poder). La protesta del 8N no fue destituyente —nadie pidió la renuncia de la Presidenta— ni impugnadora de alguna de las políticas del gobierno de CFK. Las demandas más escuchadas y visibilizadas en la protesta se constituyeron por defecto: falta de seguridad, el engaño gubernamental por la inflación, el encubrimiento de algunos hechos de corrupción, la soberbia oficial hacia los opositores civiles. Es decir, se protestó sobre las formas del mandato presidencial y no sobre su legitimidad ni sobre su derecho a terminarlo en tiempo y forma.

El tono de la protesta fue mesurado y no cayó en frases agresivas y despectivas como había sido la protesta del 13 de septiembre (13S). Las respuestas a los medios presentes, algunos oficialistas, en muchos casos resultaron muy atinadas y centradas, incluso significativas. “Vengo porque estoy cansado de que me empujen”, declaró a un medio un participante.

En la protesta del 13 de septiembre, el Gobierno había respondido, en un intento de desconsiderarla, que sólo era una manifestación de sectores medios molestos por algunas medidas como el control de cambios que dificultaba el conseguir dólares para viajar. En el 8N, ese argumento no existió al menos desde el centro de poder relevante del kirchnerismo. La razón quizás se debió a lo masivo de la protesta (más numerosa que el 13S), pero también a un inteligente cálculo de sociología electoral. Luego de la crisis interna de 2008 (crisis del campo por las retenciones impositivas), en 2009 el Gobierno perdió las elecciones de tiempo intermedio (legislativas) al obtener poco más del 33% de los votos. En las elecciones presidenciales de 2011, en un escenario económico de altísimo crecimiento, Fernández obtuvo el 54% de los votos. Si, como dice el Gobierno, las medidas contra la pobreza le permiten mantener “cautivo” el voto de los sectores socioeconómicamente bajos, quiere decir que la variación de votos entre 2009 y 2011 se debió a una corrida en las preferencias de los sectores medios.

Entonces, y cercanas las legislativas de 2013, en un contexto económico ya no tan favorable, ¿para qué seguir machacando y estigmatizando a la clase media como un segmento social teñido de individualismo y egoísmo?

Fiel a su estilo político, la Presidenta declaró al día siguiente del 8N que el día anterior, el día la protesta, había sucedido un hecho importante: el Congreso del Partido Comunista chino. Fue un claro intento de destratar, desconsiderar la protesta masiva. Error: si un gobierno contesta a los motivos esgrimidos por los protestantes, es un gobierno que se siente fuerte y seguro. Si “ningunea” la protesta es porque ésta realmente le dolió. El error de CFK fue evidenciar, en sus palabras, ese dolor.

Es muy incierta la actitud que tomará el Gobierno luego de la protesta. Digo actitud, pues, en sí mismo el Gobierno fue sólo interpelado, no conminado a modificar políticas o funcionarios.

Pero, por eso también, el costo de oportunidad de desoír la protesta, su masividad y naturaleza, puede ser muy alto. El año entrante hay elecciones de renovación parlamentaria y el Gobierno las enfrentará sin, aparentemente, la fortaleza electoral de 2011. Por otra parte, en esas elecciones y la consiguiente composición de ambas cámaras, el Gobierno jugará su carta, ya ahora, más difícil: una reforma constitucional para habilitar la re-reelección de CFK, que requiere para su aprobación de 2/3 del Parlamento. Dicho sea, el rechazo a este procedimiento y a una posible re-reelección fue otro de los ejes convocantes del 8N.

Respecto de la oposición política al kirchnerismo gobernante, sigue dando muestra de una debilidad política importante así como una desconexión con la sociedad. La oposición política sólo aparece cuando la sociedad, parte de ella, se moviliza o se manifiesta respecto de una situación. Más aún, la masividad de la protesta del 8N sorprendió, tanto a la oposición como al Gobierno.

En síntesis, el 8N fue un suceso político de primer orden. De esos que obligan a revisar el escenario político y reconsiderar situaciones. Alguien dijo más o menos esto (¿Metternich?): “La política es como una obra de teatro. Si los actores no actúan el público se subirá al escenario y dirigirá la obra”.

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