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Crítica a la historiografía de la Revolución del 52

¿De quién es la Revolución de 1952?, ¿del MNR?, ¿de los partisanos anónimos que lucharon en abril? Estas preguntas ponen sobre la mesa la problemática de quién ha sido y quién debe ser el ‘sujeto de la historia’.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:06 / 12 de abril de 2015

La noción de historia oficial (oficializada), de la historia con mayúscula, ha sido puesta en crisis desde hace tiempo por la teoría a partir de la nueva historiografía, iniciada, para algunos, en la manera novedosa de acercarse al pasado del historiador Fernand Braudel, sobre todo en su El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. (1949)

En Bolivia, la publicación del libro La bala no mata sino el destino (Mario Murillo, Plural, 2012) abrió este debate a partir de su crítica a la historiografía específica de lo que precisamente la Historia llamó la “Revolución Nacional” de 1952. Esta discusión es un gran tema de la epistemología actual de la ciencia histórica.

En lo general, lo que el texto de Murillo pone en cuestión es la creación de un sujeto histórico por la historiografía; en particular, que el relato oficial más o menos científico de la Revolución Nacional hace que los sujetos históricos de este hecho sean determinados nombres (Víctor Paz Estenssoro, Juan Lechín Oquendo, Hernán Siles Zuazo, entre otros) y no los actores anónimos y espontáneos de la insurrección.

Lo importante de la crítica de Murillo a un corpus delimitado de libros que son canónicos sobre este periodo está en su afirmación general de que la historiografía boliviana se ha subordinado a una historia general del Estado boliviano (y por ende a los dichos y hechos de los estadistas) o como dice el filósofo francés Jaques Rancière (en Los Nombres de la historia. Una poética del saber, 1992) que a diferencia de la nueva historiografía, la convencional se ha dedicado a atribuir grandes hechos a “grandes” nombres.

Hay que mencionar que entre la historiografía puesta en cuestión está el libro Historia de Bolivia (1997) de Carlos D. Mesa Gisbert, José de Mesa y Teresa Gisbert, por lo que hubo cierta polémica al respecto. Carlos Mesa escribió un texto en el que señaló: “Lo curioso es que los testimonios que enriquecen su libro (de Murillo) no desmienten las premisas fundamentales que se pretenden descalificar. La razón es muy sencilla. Es imposible separar las acciones individuales de las colectivas, los liderazgos intelectuales, políticos y militares de los liderazgos intermedios y la acción del pueblo”.

Más allá de esta polémica particular, acá es importante la actual discusión teórica sobre la construcción del sujeto histórico que parece sancionarse a favor de uno nuevo: la masa anónima. Este abordaje teórico lo realiza  Jacques Rancière —si bien Murillo no utiliza este texto en su marco teórico, parece que echa muchas luces sobre la discusión—.

Rancière problematiza precisamente el vacío que la historiografía ha dejado al centrarse en los grandes nombres propios de monarcas, papas, nobles, etcétera, y no en los sujetos concretos y cotidianos que llama “testigos mudos”. Contrapone a esta manera de historiar el caso de Jules Michelet y su Historia de la Revolución Francesa. (1847-1853). Aquí, el enciclopedista se detiene en las cartas de la gente a la nueva República, que en el fondo son cartas de amor. Se da voz al testigo mudo, no al Soberano decapitado de la Historia (Luis XVI), sino al pueblo. Esto tiene un paralelo en Bolivia con las cartas de indignación de poblaciones del país tras enterarse de la invasión chilena dirigidas a la patria, las cuales también son cartas de amor.

Pero volviendo al tema, más allá de la especificidad y la crítica concreta de Murillo a un corpus dado y a la creación de una episteme que él asegura es funcional al MNR, opera en su libro el asesinato simbólico del estadista como sujeto histórico. Se falla entonces a favor del testigo mudo, enmudecido por la institución de la Historia, tal como se podía interpretar en la mención que se hacía de Rancière.

Con una serie de transposiciones a partir de este teórico francés se hace el siguiente juego. El soberano soy yo, decían los reyes en la monarquía. Tras el triunfo de la Revolución Francesa el pueblo insurrecto dirá: el soberano ahora soy yo (lo cual se ha transferido hoy a la democracia que considera que “el soberano” es la categoría “pueblo” que vota).

Este movimiento, en el caso particular de la Revolución de 1952, da como resultado que ésta no es el MNR: “la Revolución del 52 somos nosotros, los que peleamos en las calles y no los estadistas que llegaron con posterioridad”, dirían los testigos enmudecidos. Quien muere simbólicamente en el texto de Murillo es Paz Estenssoro como metonimia de los estadistas convertidos automáticamente en sujetos de la historia boliviana.

Esto último es lo importante en esta discusión de la propuesta de Murillo, además de los valiosos testimonios de actores y testigos de las jornadas de abril de 1952. La reflexión sobre la historiación desemboca en un paralelo que ya insinúa el autor de La bala no mata... con la “guerra del gas” de octubre negro. Si Paz Estenssoro no estaba en Bolivia durante las jornadas de abril, Evo Morales tampoco durante la lucha de octubre de 2003.

Si Murillo postula cierto grado de marginalidad o la no centralidad por parte del MNR durante el 9, 10 y 11 de abril, se puede decir sin error que el Movimiento Al Socialismo (MAS) y su estructura partidaria no fueron determinantes, ni mucho menos, en las jornadas de octubre de 2003, pues quienes en realidad tienen mayor parte del crédito son los vecinos de El Alto y La Paz, en ese orden. Esto podrá dar una idea a los futuros historiadores que abordarán el periodo que vivimos para responder, ¿quién es el sujeto histórico del proceso de cambio?, ¿los movimientos sociales?, ¿los gabinetes de Morales?, ¿Morales mismo? o ¿los insurrectos que salieron a las calles espontáneamente en octubre sin filiación partidaria alguna?

Siguiendo el paralelo, si Murillo dice que la historia oficializada del MNR termina por ser una historia general del Estado boliviano y de los dichos y hechos de los estadistas de ese momento (es decir, que se centra en las medidas gubernamentales como la nacionalización de las minas, el voto universal o la reforma agraria), el futuro historiador, si sigue la nueva historiografía que propone Rancière, ¿debería centrarse en el producto final de la Asamblea Constituyente, los números estadísticos del crecimiento económico producto de la neonacionalización de los hidrocarburos, o en la historia del indígena anónimo de Tierras Bajas que caminó en 1992 pidiendo una Asamblea Constituyente o el grito de los alteños en 2003, que tenían a la muerte como poca cosa antes que vender gas a Chile?

Rancière responde: “La revolución de la ciencia de la historia quiso justamente revocar la primacía de los acontecimientos y los nombres propios en beneficio de las largas duraciones y la vida de los anónimos”.

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