Animal Político

Debates y combates del (supuesto) fin de ciclo

Si algo quedó claro es que estamos en un momento importante, no en un final, de nuestros procesos de cambio. Hay que defender lo hecho. Que es, históricamente, mucho.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Canelas

00:00 / 20 de septiembre de 2015

El mes pasado tuvo lugar en Quito (Ecuador) el III Congreso Latinoamericano de Ciencias Sociales. La coyuntura política del Ecuador marcó buena parte de las discusiones y era palpable una polarización creciente. Cuando se discutía Ecuador también se evaluaban los otros procesos de la región.

En general, salvo desde las posiciones más miopes —las atrapadas en la política de la fe—, se reconocía que la última década había sido un periodo de grandes avances: de ampliación de la ciudadanía, de mejora sustancial de muchos indicadores sociales y de una recuperación de la soberanía de nuestros estados. El caso boliviano fue probablemente el mejor valorado, incluso entre los críticos de los gobiernos progresistas. Se habló sobre los desafíos y retos que existen hoy; sobre las respuestas a demandas nuevas y escenarios diferentes a los de hace cinco años. No estamos ante un final de ciclo por tener nuevas preguntas. Nuestra capacidad de saber leerlas y de darles respuesta estos años que vienen será lo que mida en qué momento del ciclo nos encontramos. Europa (del sur)-América Latina.

La mesa en la que participé tenía por objeto conversar sobre la relación entre los procesos de cambio de nuestra región y los que empiezan en Europa. Nosotros, a diferencia de los compañeros europeos, ya pasamos el momento de la ruptura y la toma del poder estatal. El momento donde desde la calle se gana el sentido común, mientras una institucionalidad caduca se vacía de sentido. Entre 2000 y 2005 en Bolivia sucedió lo que decía J. Ibáñez: “Cuando algo es a la vez, necesario e imposible, se cambian las reglas del juego”. Decían que no había más alternativa que vender gas a Chile, que Camisea nos comía terreno, que era impensable hacer algo diferente. Que no era tiempo para un nuevo pacto social, que una Constituyente era imposible e irresponsable. Entonces fue el pueblo organizado el que estableció su agenda, una nueva idea de la representación, sus reglas de juego.

Resulta curioso ver cómo los argumentos de la reacción son tan parecidos, hablemos de Bolivia 2002 o España 2014. Primero se condenan las protestas sociales y los bloqueos y se insta a los que protestan a respetar lo formal y presentarse a una elección. Cuando el resultado de ésta es favorable a los intereses de las mayorías —2005 en Bolivia o mayo de 2014 en España— la oposición en reflujo es la que se permite establecer un nuevo criterio: 2/3 es democracia, era la consigna para bloquear la Constituyente y que el país siga siendo la hacienda de unos pocos. En 2009, el voto popular otorgó 2/3 de escaños al instrumento que entonces se entendía como el mejor para llevar adelante el cambio: el MAS. Mismo resultado, desafiando cualquier comparación, se consiguió en octubre pasado. Mismo reconocimiento de las mayorías —37% de distancia respecto al segundo— con el mismo instrumento. Ahora, nuestra oposición, vacía de ideas y repleta de lugares comunes, dice que el nuevo indicador exclusivo para medir la salud de nuestra democracia es la alternancia. Parecería que lo lógico, para cumplir el criterio, sería primero tener una alternativa que responda mejor que el MAS a los problemas y las necesidades de la gente. Y esto es lo que los y las bolivianas no encuentran en ninguna parte. Escoja la encuesta o la elección que prefiera, salvo algunas charlas de trufi o mañanas de radio entre tres convencidos de la misma fe. Esta falta no es, como resulta evidente, responsabilidad del Gobierno, es tarea de los colegas de la oposición: construir una alternativa que, primero, deje de querer ganar hoy las batallas que perdieron esta última década y media; segundo, abandone su gusto por la hipérbole y entienda, incluso mejor que nosotros, a la Bolivia de hoy.

Los y las bolivianas tendrán su oportunidad de elegir Presidente en 2019. Y es deseable que se encuentren con opciones sólidas. La posibilidad de que se lleve a cabo una consulta popular para habilitar la repostulación del presidente Evo Morales para la cita de 2019 no supone, como sugiere la intoxicación de ciertos personajes, que se vayan a cancelar las elecciones o que en esa consulta se decida un jefe de Estado eterno; ya es de risa que salga la Iglesia católica a hablar de alternancia. La falta de argumentos de la oposición es idéntica a su falta de responsabilidad. El presidente Morales, en caso de ganar esa posible consulta, tendrá que volver a presentarse al examen del pueblo en 2019. Si la mayoría entonces entiende que lo hizo bien, probablemente obtenga buenos resultados. Pero depende de la oposición llegar a ese momento en forma y desafiando con mejores propuestas a las hechas por el MAS.

Con novedad en el frente. Varios fueron los retos que se identificaron para los gobiernos progresistas. Complejos, nuevos y para los que no valen las buenas respuestas de 2008. Mucho se debatió sobre la relación con las clases medias. De qué manera habían pasado de ser enemigas de los procesos a ser identificadas, su expansión, casi como el mayor logro. Sin restarle importancia a la mejora material de la vida de millones de personas conviene interrogarse sobre la naturaleza del ascenso social que hemos experimentado estos años y qué sociedad nos deja hoy. La importancia que ha tenido el consumo —el hijo favorito de la economía de mercado— en esto y cómo ha acelerado un proceso de individualización que puede suponer una erosión de las bases de sustentación de estos procesos.

La necesidad, como dice Iñigo Errejón, de cuadros de gestión pública eficientes; una gestión con nuestras coordenadas pero gestión al fin y al cabo. Estas necesidades pocas veces pueden ser cubiertas con éxito por cuadros políticos que siguen ocupando parte de su tiempo en la movilización, en lo social. Sin que sean excluyentes pero necesitamos tanto o más gestión pública progresista que escuelas de militantes.

Reflexionar sobre cómo la ampliación del consumo y el no haber podido revolucionar las instituciones en sus cuadros intermedios —aquí el caso de la Justicia brilla oscuramente— nos impide ser más efectivos en transformar en profundidad las relaciones sociales. O analizar como una incontestable victoria, que las ideas de 2000-2005 sean hoy sentido común: presencia fuerte del Estado en la economía y gobierno indígena, tiene su envés: le quita su cualidad electoral diferenciada. La mayoría de la gente ya valora estas conquistas como un derecho adquirido y son el suelo mínimo del que debe partir cualquier propuesta política.

Conclusiones. Si algo quedó claro es que estamos en un momento importante, no en un final, de nuestros procesos de cambio. Hay que defender lo hecho. Que es, históricamente, mucho. Y no hay que dejar de recordar que ésta es la ruta que han elegido las mayorías sociales de nuestros países —no esas minorías parlamentarias que con 20% se volvían mayorías por arte del cuoteo. Sin embargo, conviene tener presente que hoy nos enfrentamos a retos tan complejos como nuevos. Por último, hay que saber que en la política no hay momentos originales puros, sin contradicción, a los que podamos volver por certezas y abrigo —como a veces piensan algunos de nuestros amigos que nos critican por la izquierda. Esos amigos, que parece que siempre saben qué día se jodió todo o qué traición nos desvió del camino correcto. Para ellos ya escribió Valente que: “Lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido o esperar que la historia devane los relojes y nos devuelva intactos al tiempo en que quisiéramos que todo comenzase”.

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