Animal Político

Dejen al pueblo decidir su futuro, no le impongan uno

Queremos trabajar juntos por el interés común. El Gobierno argentino caracteriza su posición como razonable al decir que desea negociar una “solución” en forma pacífica. Gran Bretaña ha estado siempre abierta al diálogo con Argentina.

La Razón (Edición Impresa) / Ross Denny

00:00 / 07 de diciembre de 2014

El 23 de noviembre, Animal Político publicó una entrevista con una autoridad argentina de visita en Bolivia, Javier Figueroa, bajo el título ¿Referendo en Malvinas? Una burla al derecho de autodeterminación. Agradezco a La Razón por esta oportunidad para aclarar las cosas.

El titular de la entrevista revela mucho sobre la actitud despectiva de Argentina hacia los pobladores de las Islas Falkland, quienes únicamente desean que se les permita continuar sus vidas en paz, desarrollar su economía y dar forma a su propio futuro —derechos que las personas en los estados democráticos de todo el mundo dan por sentados—.  Ellos no quieren que su futuro les sea impuesto por otro país. Menos aún por un país que está haciendo todo lo que puede para hacer difícil la vida de los isleños, y que descarta siquiera considerar sus deseos por considerarlos “irrelevantes”.

El señor Figueroa señala que el referendo fue una “falacia” porque “solo el 40% de quienes viven en las Falklands nacieron allí”, y que el pueblo de las Falklands no son siquiera un pueblo, sino simplemente una población “trasplantada y transportada” desde Gran Bretaña. La mayoría de los isleños tiene raíces británicas, lo cual no es sorprendente dado que las Islas Falklands son un Territorio Británico de Ultramar y han estado bajo administración británica por más de 180 años. Pero nueve generaciones han nacido en las islas —más de lo que muchas personas en países latinoamericanos pueden asegurar—. Y aproximadamente el 85% de los argentinos tiene ancestros en Europa.

Casi veinte nacionalidades de origen están representadas en el padrón electoral de las islas. La población ha aumentado y disminuido de acuerdo con las oportunidades económicas disponibles en las islas, pero luego de un período de declinación antes del conflicto, la economía de las islas está ahora floreciendo (con un PIB per cápita diez veces más alto que el de Argentina y un crecimiento económico de 11%), lo cual ha atraído a nuevos inmigrantes, inclusive de América del Sur.

El resultado del referendo de marzo de 2013 es una verdad inconveniente e incómoda para Argentina. El pueblo de las Islas Falkland votó enfáticamente para mantener su actual estatus político como Territorio de Ultramar del Reino Unido. La votación fue libre y justa, con observadores de países de América Latina y de otras partes del mundo. El pueblo dejó abundantemente en claro  que no quiere que sus islas sean parte de Argentina.

VISITA. Los ciudadanos argentinos pueden visitar las islas (y lo hacen). Algunos se han establecido ahí. Argentina asegura que sus ciudadanos tienen prohibido ingresar a las islas. Esto es sencillamente falso. Ciudadanos de ese país van regularmente a las islas, incluyendo veteranos del conflicto que visitan el cementerio argentino en Darwin. Algunos viajan cada año para participar en la maratón de Stanley.

Cualquiera que cumpla los requisitos puede solicitar el “Estatus Falklands” (que otorga el derecho de vivir y trabajar en las islas). El censo de 2012 muestra que los habitantes con ese estatus provienen de un total de 59 países, incluyendo 18 ciudadanos argentinos. Las Islas Falklands se autogobiernan y tienen sus propias normas de inmigración.

El tamaño pequeño de su población no limita su derecho a la autodeterminación, como sostiene Argentina. El ex secretario general de la ONU Boutros Boutros Ghali dijo en el trigésimo aniversario del Comité de Descolonización que “La Asamblea General ha reafirmado repetidamente que factores como la extensión territorial, el tamaño de la población y la ubicación geográfica no deben de ninguna manera ser impedimento para el ejercicio del derecho inalienable a la autodeterminación”.

Los hechos históricos. Aunque el derecho de los isleños de las Falklands a la autodeterminación es primordial, vale la pena ocuparse de las distorsiones históricas promovidas por Argentina. La posesión británica de las Falklands comenzó en 1765 y condujo a que se establezcan asentamientos durante el siguiente medio siglo, antes de que el Estado de Argentina siquiera existiera. Nunca hubo una población indígena en las islas, y los argumentos de que Gran Bretaña la habría expulsado son falaces. La única presencia argentina fue una breve ocupación militar en 1832, que fue removida por fuerzas británicas al año siguiente. En ese entonces, Argentina como Estado ni siquiera incluía a Tierra del Fuego —que se incorporó 50 años después—. No se expulsó a ningún civil, y la población de alrededor de 30 civiles que acompañaba a los militares argentinos decidió quedarse bajo administración británica. Sus descendientes forman parte de la actual población de las Falklands.

¿No hay voluntad de dialogar? El señor Figueroa cita al canciller argentino, Héctor Timmerman, quien supuestamente solo necesitaría “12 horas, el tiempo que toma volar de Buenos Aires a Londres”, para llegar a un acuerdo con el Reino Unido. Pero cuando voló a Londres en febrero de 2013 se le propuso una reunión con el canciller británico y representantes de la asamblea legislativa de las Islas Falklands, pero se negó a asistir.

DEFENSA. Gran Bretaña está obligada a mantener una postura defensiva en las islas, en vista de la historia y de las ambiciones que sostiene la Argentina. Lejos de “militarizar el Atlántico Sur”, como reclama Argentina, la presencia militar británica en las Islas Falkland es puramente defensiva. Es la presencia mínima que se requiere por nuestro compromiso de defender al pueblo de las Falklands. Antes de que las islas fueran invadidas en 1982, la presencia era menor. Es más grande ahora solo debido a la experiencia traumática por la que los isleños atravesaron en 1982.

Queremos trabajar juntos por el interés común. El Gobierno argentino caracteriza su propia posición como razonable al decir que desea negociar una “solución” en forma pacífica. Gran Bretaña ha estado siempre abierta al diálogo con Argentina y, por supuesto, se mantiene abierta.  Existen muchas áreas en las que podemos cooperar: la administración conjunta de las poblaciones ictícolas, la exploración de hidrocarburos, y en el fortalecimiento de vínculos aéreos y marítimos entre las Falklands y América del Sur.  Lo hacíamos en los 90 y deberíamos poder volver a hacerlo.  Pero nunca vamos a negociar la soberanía sin el consentimiento de los habitantes de las Islas Falkland.

Mientras nosotros estamos abiertos a dialogar, los recientes gobiernos argentinos han tomado un enfoque menos constructivo. Se apartaron de la Comisión de Pesca del Atlántico Sur con el riesgo de provocar graves daños a las poblaciones ictícolas del Atlántico Sur. Se retiraron del acuerdo de 1995 para cooperar en la exploración petrolera, y apuntan a compañías que operen en las aguas de las Falklands, en violación a los principios del libre comercio internacional.

En vez de trabajar por una solución de beneficio mutuo para los vínculos comerciales aéreos, Argentina ha prohibido vuelos chárter. En el mar, Argentina busca imponer restricciones a buques de las Falklands que naveguen a través del Estrecho internacional de Magallanes o que recalen en otros puertos de América del Sur.

Si Argentina está genuinamente interesada en avanzar, debería poner fin a estos intentos de intimidar a la población civil. Deberían sentarse a hablar sobre cómo las Falkland, Gran Bretaña y  Argentina —en tanto naciones democráticas— pueden trabajar juntas en pos del interés común.

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