Animal Político

Diálogo entre el pasado y el presente

A fines de octubre tuvo lugar en Lima, Perú, la Semana dedicada a Bolivia en la Pontificia Universidad Católica de Perú; este texto es parte de una de las ponencias presentadas por académicos del país vecino.

La Razón (Edición Impresa) / Daniel Parodi Revoredo

00:02 / 16 de noviembre de 2015

En esta ocasión quisiera compartir unas reflexiones que he escrito con relación al vínculo de la historia con las relaciones internacionales, a propósito del caso peruano-boliviano que es el que nos reunió recientemente en la semana que le dedicamos, en la Pontificia Universidad Católica del Perú, al hermano Estado Plurinacional de Bolivia.

La historia, entendida como narración del pasado, no equivale al pasado que evoca, pero es la única forma que tenemos para acceder al mismo. El tema está en que este relato del pasado y esta subjetividad pueden ser tan poderosos al punto de manifestarse políticamente en el presente; es como un alma que busca un cuerpo para adoptar vida propia y a veces lo consigue. Y qué pasa cuando lo consigue, pues pregúntesele al expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada, que quiso sacar el gas de Bolivia por el puerto chileno de Patillos y lo que ocurrió es que la población se levantó y lo destituyó. Y lo echó por la historia, porque esa alma tomó cuerpo, porque la colectividad boliviana percibía que su gas no debía salir por las costas del país que le arrebató la cualidad marítima.

Mi amigo, el internacionalista Óscar Vidarte, ha señalado que la relación bilateral entre el Perú y Bolivia no avanza por la manera cómo nos vemos unos a otros y ha expresado bien dos ideas fuerza que circulan en nuestra colectividad respecto del vecino: la primera es que “Bolivia debió ser Perú pero prefirió ser Bolivia”. La otra idea es aún más perniciosa; “Bolivia nos metió a la guerra y luego nos abandonó en pleno conflicto dejándonos solos contra Chile”.

Qué fuerte ¿no? Qué duro, qué podría pensar yo del vecino si la única información que manejo del pasado en común es ésa. Pero volvamos a la teoría de la historia para comprender cómo se construye la subjetividad de la que hablamos, y a ese nivel el siglo XIX tiene todo que decir.

Lo tiene, porque la manera cómo nos relacionamos entre las naciones y construimos la imagen del noso- tros nacional antepuesta a la del otro sigue siendo básicamente la del siglo XIX. ¡Jamás cederemos ni un centímetro de soberanía!  esa creencia sí es un elemento en común entre las naciones latinoamericanas; por desgracia, además. 

Para entrar, a la parte resolutiva de esta reflexión, voy a abordar dos temas. El primero es una aclaración histórica: no es verdad que Bolivia abandonó a Perú a mitad de la Guerra de 1879. En realidad, la participación político-militar de Bolivia en la Guerra del Pacífico puede dividirse en dos etapas: la de Hilarión Daza, que por mucho es controversial, y la de Narciso Campero. Y es con Campero que Bolivia se reintegra al aliado. 

El 31 de agosto de 1882, Perú instaló en Arequipa la nueva sede del gobierno de La Magdalena. No lo hizo por casualidad, sino por las negociaciones que venía sosteniendo meses atrás con los representantes del Gobierno boliviano.

La posición estratégica de Arequipa en el Sur, conectada con Puno a través del ferrocarril inaugurado en 1876, permitió el relanzamiento de la Alianza Perú-Boliviana, la que supuso apoyo logístico, de elementos militares  y económicos de Bolivia a Perú. Y en ese contexto, desde el 16 de diciembre de 1882 hasta agosto de 1883, Chile le ofreció a Bolivia Tacna y Arica a cambio de abandonar su alianza con Perú y pasarse al bando contrario. Y Bolivia se negó sistemáticamente.

El segundo y último aspecto que quiero tratar en la parte resolutiva de esta ponencia es qué hacer con la subjetividad, qué hacer con los discursos del pasado que repercuten en la determinación de la política exterior.

La historia no está hecha solo de la guerra, los héroes militares y la sangre derramada. Hace unos días, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, nos explicaba la plurinacionalidad del Estado boliviano y su expresión constitucional. No voy a entrar en el debate de si lo que funciona en Bolivia podría funcionar en el Perú pero lo que sí me planteo es otra alteridad, una alteridad positiva, basada en lo aymara, en lo quechua, en la diablada por la que no hay razón para disputarnos por ella, en Tiwanaku, y en los ponchos.

La historia no dejará jamás de ser una dimensión de las relaciones internacionales, por ello mismo dependerá de la selección de los acontecimientos con la que formemos a las nuevas generaciones el forjar a los líderes que volverán a unir lo que nunca debió separarse.

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