Animal Político

¿Diferentes o antagónicos?

La vía por el TIPNIS rompió el pacto de unidad

La Razón / Julio Peñaloza

00:00 / 12 de febrero de 2012

En tiempos de la democracia triangular y pactada —de Gonzalo Sánchez de Lozada, Hugo Banzer Suárez y Jaime Paz Zamora— no existía en nuestro ordenamiento jurídico la figura de la consulta previa, libre e informada. Ni siquiera existían los actores colectivos que impulsaron el proceso constituyente y el plebiscito que hace tres años permitió cambiar a Bolivia de cualidad estatal con una Constitución repleta de derechos y de garantías.

Los indígenas eran hasta entonces, para el mundo oficial citadino,  parte de la sensibilidad de los talentosos fotógrafos de postal turística y de coffee books, en el que hombres y mujeres de las tierras bajas —así como gran parte de los de tierras altas— solamente formaban parte del paisaje, del patrimonio cultural e intangible de la humanidad, así valorado por los organismos internacionales encargados de uniformar ética y estéticamente los contrastes de historias y geografías.

Eran tiempos de indígenas intangibles y mudos o —en el mejor de los casos— dóciles, domesticables y silenciosos. Todos en un escenario en el que, por décadas, las transnacionales mineras, petroleras e hidrocarburíferas devastaron el medio ambiente boliviano y no se ponía en duda que todas esas acciones eran parte de los planes estratégicos de desarrollo, carreteras incluidas. Eso fue hasta que llegó el Pacto de Unidad que articuló las organizaciones indígenas, campesinas y Sin Tierra, que encontraron en Evo Morales al líder con capacidad para que los bolivianos, especialmente aquellos “ninguneados” habitantes de sus entrañas paradisiacas, saltaran al escenario de la ciudadanía. Éstos, de una visibilización inicial, pasaron a la acción política intensa con la carga de conflictividad que corresponde erigiendo como santa patrona de su cosmovisión a la Madre Tierra.

En los tiempos de la democracia reglamentada por el MNR, MIR, ADN y, peldaños más abajo, por el MBL, NFR, UCS y Condepa, la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente (CIDOB) era parte de ese paisaje en el que habitaban unos “indiecitos” salvajes y primitivos incapaces de incomodar los negocios en los que se subastaba al país. No eran tiempos de cambio, ciertamente. Aunque el astuto Goni casi logró convencer a muchos, con sus eficaces estrategias de marketing, de que la capitalización y la Participación Popular nos permitirían dar el salto del “país de ganadores” que proclamaba el MIR a un país inclusivo con el “Plan de Todos”. El paso del tiempo se encargaría de demostrar que se trataba sencillamente de patrañas electorales.

El “proceso de cambio” —que comenzó a toda máquina con los movimientos sociales, el MAS y con el carisma y la actitud decidida de Evo por delante, en 2006— sufrió su primer sacudón de realidad capitalista y unipolar con el “gasolinazo” que se fue a dar de narices contra la soberanía popular encarnada por la indignación alteña.

Hasta ese momento estaba claro que para el Gobierno no había lugar a confusión de eso que Luiz Inácio Lula da Silva diferenció con extraordinaria lucidez en la estrategia del Partido de los Trabajadores (PT) brasileño: no se debe confundir a los diferentes con los antagónicos. Los primeros podrán discrepar en ciertas temáticas pero son aliados naturales y parten de un solo proyecto histórico, mientras que los antagónicos son aquellos que forman el ejército del enemigo principal, agentes criollos del imperialismo o celosos guardianes del antiproyecto nacional extractivista, privatizador y de derecha.

Si el gasolinazo fue un traspié gubernamental, el definir —cupularmente y omitiendo la nueva Constitución— la construcción del tramo dos de la carretera Beni-Cochabamba fue un disparo al pie izquierdo y con arma de doble cañón.

Si el Gobierno hubiera comenzado por negociar desde un principio con la CIDOB, observando en primer lugar los preceptos constitucionales relacionados con la ahora publicitada consulta previa a los pueblos indígenas, y hubiera intentado montar la legitimidad desde adentro para este propósito, los resultados habrían sido otros. Tendríamos que los indígenas del TIPNIS estarían convencidos de la necesidad de la carretera y casi nadie estaría preocupado por un supuesto sobreprecio en la construcción de semejante vía de vertebración nacional. Y es que la acción política se hace con activismo y eficiencia operativa, distinguiendo a aliados y enemigos, y no con declamaciones en los medios de comunicación, las que adquieren sentido y consistencia solamente cuando el conjunto de maniobras previo ha quedado sellado.

El MAS y el Órgano Ejecutivo debieron haber partido de la certidumbre de que los indígenas de tierras bajas podrán ser diferentes —vaya descubrimiento en un país por ellos mismos asumido como plurinacional— pero nunca antagónicos. Debieron afirmarse que así como los colonizadores (interculturales, cocaleros o campesinos con visión individual y mercantil de la tierra), los 34  pueblos originarios del oriente, la Amazonía y el Chaco, con vocación comunitaria y colectiva, todos ellos juntos y aunque revueltos, permiten la preservación y la continuidad del proceso.

Con un pragmatismo digno del más preclaro neoliberalismo, Adolfo Chávez, ejecutivo máximo de la CIDOB, que fuera agredido en tiempos de la Asamblea Constituyente en Sucre, no ha dudado en cerrar un acuerdo con sus persecutores para la instalación de una dirección de asuntos indígenas en la Gobernación de Santa Cruz; mientras que, paralelamente, los parlamentarios indígenas de tierras bajas electos por el MAS se encuentran desmarcados del partido que los llevó a la Asamblea Legislativa.

En buenas cuentas, los aliados, aunque diferentes, fueron satanizados como antagónicos y es en tal cosa que han sido convertidos para dar lugar al enfrentamiento entre “trillizos” (colonizadores, campesinos, “bartolinas”) y “mellizos” (indígenas alineados con la CIDOB y el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu, Conamaq). Con la ruptura del Pacto de Unidad y la falta de sagacidad política de quienes fueran ayer asesores técnicos de los pueblos indígenas de tierras bajas, hoy ministros y asambleístas del Estado, el Gobierno no sabe dónde encontrar la nueva cartografía de un campo político en continua mutación.

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