Animal Político

Nosotros, Domitila

La edición BBB de “Si me permiten hablar...” se presentará el 28 en el Archivo de Comibol, en El Alto.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont es periodista

00:00 / 28 de noviembre de 2018

De quién es la autoría de “Si me permiten hablar…”? ¿Quién hace de sujeto de la enunciación en este importante libro, quizá el que más ediciones tiene entre aquéllos relacionados a Bolivia? Los niveles que responden ambas cuestiones se sobreponen de un modo complejo.

La autoría de “Si me permiten hablar…”. Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia —recientemente reeditado por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB)— es de Moema Viezzer, sin embargo hay lectores que atribuyen el libro a la enunciadora, Domitila Barrios (de Chungara), exejecutiva del Comité de Amas de Casa, quien narra detalladamente su vida a una grabadora. Sin esas entrevistas         —que Viezzer transcribió y ordenó modelando un relato y un discurso— esa obra jamás hubiese existido; lo mismo puede decirse de lo inverso.

Al mismo tiempo, Viezzer se borra deliberadamente de la narración testimonial, no deja marcas, se hace a un lado. La palabra es de Domitila. Esto ha facilitado que quienes nunca escucharon de Viezzer estén convencidos de que Domitila es la sola autora, si bien en muchos sentidos lo es.

Si esto no sería de por sí suficientemente imbricado, queda el tema de la enunciación. Nadie duda de que es Domitila quien habla. No obstante, nada es simple en este libro de fuerza subyugante, entre otras cosas, gracias a sus múltiples niveles de densidad de los que en este artículo solo se ven de refilón dos de ellos relacionados entre sí: la autoría y la enunciación.

El sujeto que enuncia, Domitila, realiza un movimiento similar al de Viezzer cuando ésta se hace a un lado y evita dejar cualquier huella de que estuvo ahí, en el ordenamiento del discurso de la sindicalista, quien revisa y aprueba el contenido del libro antes de que ingrese por primera vez a la imprenta. Naturalmente, esa similitud tiene su contraste, Domitila no se puede borrar de la misma manera, no puede dejar de contar su vida al lector porque, en última instancia, todo lo que tiene para dar es el relato de su vida. Además, la desaparición de la voz de Domitila, por algún hipotético artificio del lenguaje como el de Viezzer, significaría nuestro propio enmudecimiento, la pérdida de nuestra propia voz, pues en lo enunciado por esta mujer de las minas de Bolivia se concentra, se acumula, una pluralidad: ella no se relata a sí misma, narra a través suyo al país, a las mujeres bolivianas, a los bolivianos.

Viezzer subraya cómo la primera persona singular del testimonio es en realidad una exclamación en primera persona plural: “Este relato, que Domitila considera la ‘culminación’ de su trabajo en la tribuna (Tribuna de la Mujer, México), es el grito de un pueblo que sufre porque es explotado”.

La misma narradora, Domitila Barrios, explicita que cuando ella habla, ahora que se lo permiten, lo hace por nosotros:

“La historia que voy a relatar, no quiero en ningún momento que la interpreten solamente como un problema personal. Porque pienso que mi vida está relacionada con mi pueblo. Lo que me pasó a mí le puede haber pasado a cientos de personas en mi país”. Y más: “Por eso digo que no quiero hacer nomás una historia personal. Quiero hablar de mi pueblo. Quiero dejar testimonio de toda la experiencia que hemos adquirido a través de tantos años de lucha en Bolivia”.

Como hablando de esta voz plural, para el crítico literario Javier Sanjinés —en su libro Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia (también reeditado por la BBB)— “Si me permiten hablar…” es una de las tres manifestaciones estéticas que devuelven la expresividad a la sociedad boliviana, luego de que la literatura “culta” fracasara, según su argumento, en ser esa voz de todos (los otros dos ejemplos fructíferos son Interior mina, de René Poppe, y El coraje del pueblo, de Jorge Sanjinés).

Sobre la complejidad de la enunciación, Sanjinés señala: “su declaración de principios como emisora real de los acontecimientos narrados produce el efecto metonímico de equiparar la situación del narrador con la situación social colectiva, hecho que muestra, por otra parte, que el testimonio es una forma cultural esencialmente igualitaria porque revela que toda vida popular narrada tiene su valor testimonial”.

Entonces, lo que subyuga de “Si me permiten hablar…” es que nos enfrentamos a nuestros propios y nuevos mitos nacionales. El sentido clásico de la catarsis (sentir temor y compasión porque la desgracia de alguien podría sucedernos a nosotros) es excedido: lo narrado por Domitila, todo lo que ha sufrido, no es una posibilidad: nos ha sucedido, nos sigue sucediendo, es nuestra historia y nuestro presente. Pero la sabiduría de la más famosa mujer de las minas es grande, pues ella tiene puesta la mirada en el futuro: “Finalmente, quiero esclarecer que este relato de mi experiencia personal y de la experiencia de mi pueblo, que está peleando por su liberación —y a la cual me debo yo—, quiero que llegue a la gente más pobre, a la gente que no puede tener dinero, pero que sí necesita de alguna orientación, de algún ejemplo que les pueda servir en su vida futura”.

Sanjinés acierta entonces al decir que este testimonio (y el género testimonial en general) no es “una historia muerta, una evidencia del pasado, sino una manera diferente, solidaria, de vivir el ahora”.

El relato de Domitila va más adelante. Como dice Viezzer, se trata de que el acto de “narrar lo que [Domitila] ha vivido, cómo lo ha vivido y lo que ha aprendido [sirva] para continuar en la lucha que ha de llevar a la clase obrera y al movimiento popular a ser dueños de su destino”.

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