Animal Político

Don Antonio Peredo, profesor

Reflexiones de un alumno

La Razón / Iván Bustillos

00:02 / 08 de julio de 2012

Para mí, don Antonio Peredo Leigue fue uno de los pocos profesores universitarios de periodismo, lo que se dice profesor: ése que antes que darte los instrumentos te enseña a sentir el oficio, a quererlo y a cultivarlo. Don Antonio ya no está entre nosotros. Tarde para muchas cosas, sin embargo acaso sirvan estas líneas para trascenderlo un poco más, dar fe de que también estas cosas dijo o hizo, y eso quedó como lección para su alumno.

La primera imagen que guardo de don Antonio es aquella de ser parte de la buena época de los periodistas-profesores en la Universidad Mayor de San Andrés (ochentas-noventas); aquélla en que viejos periodistas, formados a fuego en la máquina de escribir, sin ser “licenciados”, se dedicaron a compartir lo suyo a jóvenes que más o menos entendían que estudiaban Ciencias de la Comunicación, aunque algunos ya intuían que el piso fuerte era nomás Periodismo.

La máquina de escribir, esa que no acepta la fácil reescritura que hoy podemos hacer en la computadora y que sólo admitía la frase, el párrafo, la nota entera; la noticia de un solo tirón bien pensado, como sale, como debe salir, en realidad, todo buen párrafo, con la idea armada de una sola mirada.

Tentado estoy de citar nombres, de esos viejos periodistas-profesores universitarios. No lo hago para no pecar de algún injusto olvido, pero esos maestros de este oficio a su modo lo saben; es esa generación del Semanario Aquí, algo de Presencia, Hoy, Última Hora y hasta El Diario… A propósito de esos medios, la mayoría de ellos desaparecidos, hago eco de lo que una vez dijo uno de esos periodistas: “en el caso de Presencia, por ejemplo, las futuras generaciones no nos van a perdonar el haber dejado que se cierre...”; por algo será.

Pero volvamos a don Antonio. Fue él, que con su trato siempre cálido, nos enseñó en la universidad que evidentemente el periodismo no es una profesión sino un oficio, y en esto nada tiene que ver la diferencia entre arte y artesanía, “cultura” y folklore y otras discriminaciones. Ese periodista, don Antonio, que escribía por lo menos en la máquina de escribir con nada más los dos dedos índices, como picoteando el teclado pero con una rapidez pasmosa de manos y pensamiento; ese periodista (como los de su camada, reitero) sabía del oficio de informar diez veces más que muchos modernos licenciados en Comunicación. No hay menosprecio aquí al profesional comunicador (que también tiene su arte y vida); lo único que digo es que el oficio periodístico, se sea o no licenciado, se lo aprende, sufre y goza en la práctica; en la práctica nomás también se lo aprende a querer o —¿por qué no?— a odiar.

Una lección especial que conservo de don Antonio es de cuando nos enseñó el “espíritu de la entrevista”. “Antes de la entrevista preparen a su entrevistado, denle confianza, háganle ver francamente que lo suyo es importante (cada fuente tiene algo que decir, como aquello de que ‘cada loco con su tema’), háganse su amigo. Una vez que hayan logrado todo esto… cómanselo”.

Todavía sigo pensando qué es lo que realmente quiso decir. Claro, en el buen sentido: obtengan todo lo que puedan, información, detalles, en fin. Luego fue más claro: “¿Y con las autoridades, ministros, diputados...?”, preguntamos. “Ah, no. En ese caso ustedes tiren a matar, a matar…”, arengó el profesor. Y es que una cosa es clara: el funcionario público, público nomás es pues.

Todavía me pregunto cómo se habrá sentido don Antonio periodista luego de diputado y senador, autoridad, hombre público, blanco “a matar” de nuestros envenenados dardos.

A propósito del periodismo político, un hecho paradigmático sin duda es lo que pasó en el Semanario Aquí en julio-agosto de 1988. A fines de julio, el semanario compuso una tapa en la que aparecía el expresidente Víctor Paz Estenssoro diciendo “¿Sobresueldos? ... yo me hago el oso?”; pero lo más impactante fue el cintillo que el periódico puso sobre la imagen del exmandatario, simplemente: “Cabrones ¡váyanse!”.

El semanario salía los sábados, el lunes mismo fue detenido don Antonio (aunque varios de los redactores y colaboradores habían sido arrestados con anterioridad). Don Antonio estuvo preso en San Pedro 26 días. Para otorgarle la libertad provisional, la Corte de Justicia del Distrito de La Paz le impuso 5.000  bolivianos de fianza, los cuales el Semanario tuvo que recolectar.

Pero fue paradigmático porque recuerdo el debate que en esos días se armó a propósito del referido titular y lo ético y estético del “cabronesváyanse”. ¿Estuvo bien? Como decía don Antonio, ¿no será que “se pasaron”?

“(...) la Asociación de Periodistas y algunos periodistas han publicado que no fue ético el tratamiento que se dio en el periódico, yo lo que he preguntado es si es ético lo que hicieron los ministros (recibir sobresueldo de parte de un organismo internacional). La verdad muchas veces no puede ser bella, generalmente es fea, generalmente es grosera, y cuando la verdad es grosera, la forma de expresar esa verdad tiene que ser grosera. Esto es lo que ha sucedido. Podía comportarme más diplomáticamente, eso ya no tiene que ver con la ética. La ética son los principios profundos, estética es la formalidad, y entonces lo que se me está criticando es la formalidad. Yo les pregunto a esos periodistas, lo que hicieron los ministros es una indignidad, y para denunciar una indignidad pretenden que los periodistas seamos diplomáticos. Yo no lo entiendo, esto me parece que es una tergiversación de lo que significa la ética. La ética tiene un principio fundamental en cuanto al periodismo, se trata de la búsqueda de la verdad, y en la búsqueda de la verdad nos encontramos con barro, y al barro hay que nombrarlo así, barro”, decía don Antonio en una entrevista aún en San Pedro.

Ya en el aula, tiempo después, don Antonio nos compartía que lo que más quería era que le sigan un juicio a través del Tribunal de Imprenta; para plantear el debate pues... he ahí el polemista.

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