Animal Político

EEUU en Bolivia, un antes y un después a partir de 2003

Decir que expresar malestar por las actitudes de las agencias de los Estados Unidos es privativo del MAS es olvidar que fueron los gobiernos de Carlos Mesa y Rodríguez Veltzé, en diferente grado, los que ya manifestaron su molestia por las prácticas de injerencia de los norteamericanos durante sus administraciones.

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:05 / 12 de mayo de 2013

Es conocido el papel que jugó Estados Unidos durante la época de las dictaduras en Centroamérica y Sudamérica. El apoyo a los anticastristas y a la contrarrevolución sandinista mediante el programa Irán-Contras, que  financió con dinero del narcotráfico (como demuestran documentos desclasificados), son sólo unos ejemplos. Tras la llegada de las democracias, Estados Unidos cambió de estrategia y pasó de la injerencia militar a la económica con el diseño e implementación, en toda la región, de las políticas neoliberales.

Al ser realmente poco el tiempo que separa lo que hoy sucede en el país, en su relación con Estados Unidos en tiempos de las privatizaciones, aún está fresca en la memoria la dependencia de algunos políticos bolivianos de entonces. Esta actitud comenzó a cambiar en 2003, tras las masacres de febrero y octubre, cuando cayó Gonzalo Sánchez de Lozada, un estadounidense-boliviano que gobernaba la nación.

El punto de quiebre es 2003. La caída del mandatario, hoy prófugo de la justicia boliviana, posibilitó la transmisión constitucional al vicepresidente Carlos Mesa, quien sintió inmediatamente la presión de la embajada estadounidense.

En una entrevista con Animal Político, aquél contó que luego de desligarse de las matanzas del gobierno de Sánchez de Lozada y quitar el apoyo a éste, el 13 de octubre de 2003, cuatro días antes de la caída del Gobierno, Estados Unidos le hizo saber que no iba a respaldarlo si aceptaba la sucesión.

La noche del 16 tuvo una reunión con el embajador David Greenle, cita en la que  —según relató— el estadounidense planteó dos cosas: una, su deber democrático (“el deber democrático lo define Bolivia, no Estados Unidos”) y, dos, Estados Unidos no va a respaldar al gobierno que salga tras la renuncia de Sánchez de Lozada. Mesa contestó: “Estados Unidos puede hacer lo que le parezca conveniente y prudente, y sabrá si quiere respaldar o no al nuevo gobierno democrático; yo simplemente soy el vicepresidente constitucional de Bolivia y si me toca ser presidente lo seré con o sin el apoyo de Estados Unidos”. Reconoció repetidas veces lo tensa que fue esa relación durante su gobierno.

Luego le tocaría el turno de asumir la presidencia a otra persona no ligada a la política profesional, Eduardo Rodríguez Veltzé, quien también sintió y manifestó, de manera menos pública, el malestar por la injerencia estadounidense. El caso de los misiles chinos es un ejemplo en que el actual agente de Bolivia en La Haya vivió la presión de esa nación.

El politólogo Manuel Canelas califica los casos de Rodríguez Veltzé y Mesa como ejemplos de cómo la injerencia de Washington comenzó a incomodar. “Antes de 2003, la relación casi de vasallaje estaba muy naturalizada. Una preocupación para los políticos de la democracia pactada era tener una visa o no. Esa clase política internalizó la subordinación”, dice.

En 2006 llegó el gobierno de Evo Morales, que expulsó a distintas agencias de Estados Unidos. Según el delegado presidencial para la Agenda 2025, César Navarro, con la expulsión del exembajador Philip Goldberg, el país se liberó del brazo político de Washington; con la suspensión de la DEA (Drug Enforcement Agency), de su brazo militar; y con la de USAID (United States Agency for International Development) del brazo financiero “del imperio”.

Antes, en los 90, el panorama era otro. La administración diplomática de Donna Hrinak solía exponer sus excentricidades ante el poder político boliviano, recuerda Canelas.

En dos recepciones del 4 de julio, fiesta nacional de Estados Unidos, “obligó”  —durante la segunda presidencia de Hugo Banzer Suárez— a los políticos invitados a la residencia a disfrazarse una vez de cowboys y la otra de rockers. No se comprende cómo en ese tiempo autoridades y políticos ni se inmutaban por la actitud y, al contrario, aceptaban sin mayor reparo las condiciones para asistir a la celebración.

Así, se puede recordar al exministro Tito  Hoz de Vila disfrazado de vaquero llevando a Hrinak en una motocicleta Harley Davidson o a Jhonny Fernández con su sombrero y botas texanas. El epítome de la injerencia de Hrinak fue cuando dijo que Banzer no tenía “cojones” para luchar contra el narcotráfico.

Pero fue el exembajador Manuel Rocha quien provocó una reacción ante la manipulación extranjera. Aquél interfirió directamente en la política interna al prohibir votar por Evo Morales en las elecciones de 2002. Entonces, el presidente Jorge Quiroga no dijo nada y, al término de la misión del diplomático, Gonzalo Sánchez de Lozada le impuso al embajador el Cóndor de los Andes.

En realidad, todos los políticos de ese tiempo querían tener una invitación para la recepción del 4 de julio, pues si la tenían significaba que poseían visa de ingreso a Estados Unidos o, políticamente hablando, respaldo.

Esa actitud estaba “tan naturalizada”, que se incrustaba en el discurso de la cotidianidad. “La gente se refería a ‘la embajada’ a secas, sin especificar de qué país se hablaba, pues estaba implícito que se trataba de la de Estados Unidos”, subraya Canelas.

Pero las relaciones del país en cuestión y Bolivia nunca fueron buenas. “Lo que pasa es que antes no nos llevábamos bien, otra cosa es que éramos los subordinados. ¿Acaso lo que pasaba en las recepciones del 4 de julio, las conversaciones de quién tenía o no visa, la injerencia en unas elecciones puede llamarse ‘llevarse bien’?”, cuestiona el analista.  Hoy hay que especificar de qué embajada se habla, pues cualquiera podría referirse a la de Venezuela como a la de Estados Unidos u otro país.

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