Animal Político

EEUU: la crisis de los conservadores

Las primarias electorales

La Razón / Antonio Caño

01:00 / 15 de enero de 2012

La enorme presencia de periodistas en New Hampshire y la exagerada cobertura en la televisión no pueden ocultar el desinterés general del público hacia unas elecciones primarias que resaltan más las carencias, la crisis del conservadurismo norteamericano en la actualidad, que sus virtudes. El 58% de los votantes, según una encuesta de CBS, considera que ninguno de los candidatos que compiten despierta sus simpatías o representa sus intereses, el 12% más que hace tres meses, lo que demuestra que la campaña sólo está sirviendo para introducir más dudas.

Es una crisis que afecta a las ideas, la práctica y la organización del Partido Republicano, y que se refleja claramente en las figuras que actualmente compiten por la candidatura presidencial. Eso no anula por completo sus posibilidades de ganar elecciones, incluso la del próximo mes de noviembre, sobre todo porque sigue disponiendo de un arma muy poderosa en la política norteamericana: la de ser el partido que resiste al crecimiento del Estado. Pero sí lo está separando del público y le está dando a todo el movimiento conservador una imagen de marginalidad y embarcado en aventuras.

“El Partido Republicano es impopular y, a veces,  embarazoso”, afirma el columnista conservador David Brooks. George Will, otro influyente comentarista de derechas, ha advertido que “el nominado (republicano) puede surgir muy disminuido por un proceso repleto de candidatos negligentes y delirantes en quienes la mayoría de los ciudadanos no dejarían la responsabilidad de una tienda de refrescos, mucho menos de las armas nucleares”.

La crisis del conservadurismo es, en todo caso, una crisis engañosa, más relacionada con la falta de liderazgo y con una cierta confusión de propuestas en el momento actual que con la llegada de un cambio de ciclo. El número de estadounidenses que se definen como conservadores todavía casi dobla a los que se definen de izquierdas. El ciclo conservador, que se inició con Ronald Reagan y que se vio interrumpido por la presidencia de Bill Clinton (que gobernó como un “nuevo demócrata”, como una alternativa conservadora al progresismo tradicional), no ha concluido todavía. La victoria electoral en 2008 de Barack Obama, que ganó en nueve estados que habían votado tradicionalmente republicano, hizo pensar en el nacimiento de una nueva era demócrata. Pero esa victoria se vio inmediatamente sucedida por el surgimiento del Tea Party, que insufló energías renovadas a las estructuras del partido y lo llevó a un gran triunfo en las legislativas de 2010.

Ese triunfo no se ha visto, sin embargo, sucedido por una gran actuación de los republicanos en el Congreso ni fue suficiente para crear una buena plataforma de cara a las elecciones presidenciales. El Tea Party, en cierta manera, aportó energía pero enterró ideas. Al margen de oponerse a Obama y bloquear cualquier alternativa que surgiera del Presidente, los conservadores no han tenido nada que ofrecer al país. Simplemente se han parapetado contra cualquier concepto de modernidad y de progreso, los que les ha dejado en una posición bastante excéntrica, negando el cambio climático, oponiéndose al matrimonio homosexual (que respalda ya la mayoría de la población), tratando de dar marcha atrás en el aborto o discutiendo avances esenciales de la ciencia, como el uso de las células madre o la teoría de la evolución.

Su política económica, que siempre ha sido un terreno de dominio conservador, tampoco consigue conectar plenamente con los votantes. La obsesión conservadora contra cualquier subida de impuestos bajo cualquier condición hace todas sus propuestas económicas irrealistas. Ni siquiera su política de seguridad, un asunto que siempre ha sido la razón de ser del republicanismo, es un factor a favor de la derecha, que está invadida por propuestas aislacionistas (Ron Paul) o de crudo enfrentamiento con el resto de la humanidad (Rick Santorum).

Los conservadores han renunciado a todo espacio de moderación. La moderación, que siempre es considerada una virtud en política, aunque sea de forma hipócrita, se castiga como un grave pecado en esta campaña presidencial republicana. Las figuras moderadas del partido, como John Boehner o John McCain, están condenadas al ostracismo o al silencio. Eso ha creado, al mismo tiempo, un gran abismo entre la dirección republicana —o sus principales figuras en el Congreso— y las bases, que desprecian a sus líderes y quieren actuar por su cuenta. De ahí las dificultades de Mitt Romney para obtener apoyo.

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