Animal Político

EEUU y gobierno quieren hacer de Bolivia una república de pastores

En 1962 René Zavaleta Mercado escribió dos cartas a Mariano Baptista. Las misivas son una mirada crítica, lúcida, del joven Zavaleta (tenía 25 años) sobre cómo se encontraba en aquel momento la Revolución.

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega

00:07 / 11 de abril de 2016

Corre 1962, una década después de la revolución de abril de 1952. René Zavaleta Mercado redacta, en máquina de escribir, dos cartas al historiador Mariano Baptista Gumucio. En estas misivas, aún inéditas, el orureño por entonces militante del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el partido de la Revolución, hace un descarnado recuento de lo que a su juicio parece ser una franca declinación del proceso que empezó 10 años atrás.

Hoy, a 64 años y un día de la “Revolución Nacional”, Animal Político rescata estas dos reveladoras misivas del joven Zavaleta (tenía entonces 25 años), de cómo allí ya se anunciaba una de las mentes más lúcidas del saber político de la segunda mitad del siglo pasado en el país.

DESENCANTO. La primera carta está fechada el lunes 10 de septiembre de 1962; se trata de tres hojas con el membrete de la Honorable Cámara de Diputados; recién retornado de Santiago de Chile, Zavaleta había sido elegido diputado por Oruro.

Al recordar la campaña electoral para las elecciones de 1960 (en las que Víctor Paz Estenssoro fue nuevamente electo Presidente y él diputado), Zavaleta no deja de añorar el pasado insurreccional: “Algunas veces quisiera volver a la violenta inocencia de los primeros años de la Revolución” (siempre que se refiere al levantamiento de abril escribe con mayúscula la palabra revolución).

Abril del 52 nació años atrás, en el conflicto bélico que enfrentó a Bolivia con Paraguay (1932-1935). Como dice Carlos D. Mesa en su Historia de Bolivia: “En un contexto de graves contradicciones económicas, sociales y políticas, la Revolución de 1952 marcó la culminación de un proceso que se había desencadenado en la Guerra del Chaco”. Aquel histórico 9 de abril, el futuro diputado y ministro tenía 15 años y vivía en Oruro, según la tesis de Hugo Rodas Morales Expresión barroca e intersubjetividad nacional-popular boliviana en René Zavaleta Mercado (1937-1984).

En la carta cuestiona la modorra del Parlamento. “Algunos dicen que el pesimismo es un estado de la madurez. Yo lo detesto pero los que ven terminan así maduros. Es como en la Cámara si uno no hace sino votar según lo que se elige como revolucionario, acaba de socio incómodo de gobierno ajeno, poco menos que de diputado opositor”. Cierra la idea con una frase de antología: “La gloria es magnífica pero de mal gusto”. Y, lanza una mirada crítica a su entorno: “Tal vez haya llegado el momento de plantearnos ya no las formas del poder ajeno, sino nuestro propio poder”.

También dispara contra el ADN de la revolución movimientista, la alianza de clases: “Nunca se ha sentido tanto como ahora la inconsistencia clasista de la Revolución, al margen de esa famosa lata de ‘alianza entre tres clases’. Creo que ya nadie sensato y sobre el suelo cree todavía que los panaderos de Bolivia son verdaderos proletarios”.

Por entonces, el partido rosado era el único referente y había monopolizado el poder. Así lo dibuja Zavaleta: “Por lo pronto la solución es muy viable: no saldrá por cierto de otra parte que del MNR cuyas derecha e izquierda ideológica son las únicas derecha e izquierda con porvenir en el país y así bien verás que la solución podría ser un civil sostenido por militares y salido de una convención del MNR”.

Provinciana. El domingo 18 de noviembre de 1962, nuevamente Zavaleta redacta en máquina de escribir una carta a Baptista, que está en Caracas. Esta vez la misiva es de cinco hojas, escritas en una sola carilla. Es certero en el manejo del lenguaje y plasma sus ideas claramente. Citando a un amigo judío belga que decía que “el epistolar es el género de los guarangos pulcros, la intimidad de los cobardes en sociedad”, sale en defensa de la necesidad de mantener correspondencia con sus amigos.

Por eso, afirma, se sintió feliz al recibir la carta “creadora y jugosa” de Baptista y dice que la compartió “con la gente con quien todavía se puede hablar en este país, es decir, Céspedes y creo que nadie más”.Augusto Céspedes fue figura clave en la formación política de Zavaleta. Solo como un dato de la confianza de uno sobre el otro, el hombre fundador del MNR y a quien le decían El Chueco nombró a Zavaleta director del diario oficialista La Nación en 1959, menciona el académico e investigador Hugo Rodas.

A propósito de la ‘jugosa’ carta de Baptista, en la que elogia los temas que el historiador evoca de “este mundo grande y ya marchito de la Revolución”, no deja de traslucir su fina ironía: “La depresión quiere hacerme escribir que Dios se acuerda siempre tarde de Bolivia”.

En este mismo tono acaso fatalista, y recordando a Ernesto Ayala, quien escribió que “la frustración básica de la Revolución boliviana es el ser provincial”, Zavaleta echa sal sobre la herida: “Si, a más de provincial, se añade como es tantas veces necesaria, el ser provinciana es ya más de lo que un estómago honradamente normal puede tolerar y sucede lo inevitable”. Ernesto Ayala Mercado —un teórico del partido rosado— es otro referente para Zavaleta.

Y he aquí que continúa el Zavaleta crítico a la visión de desarrollo económico del país que tenía el MNR de entonces, cómo para él el parteaguas era lo que se creía debía ser el desarrollo industrial del país: “El problema que irá definiendo cada vez más a las fuerzas políticas del país es la marcha hacia la industria pesada. No hay manera de hacer entender al Gobierno que hay un desarrollo que libera y un desarrollo que no libera”. Avisando a Baptista que el gobierno había conseguido la promesa norteamericana de financiamiento de 80 millones de dólares para el primer año del Plan Decenal, Zavaleta describe la tensión que esto significa con Estados Unidos:

“La posición del Gobierno está ligeramente a la izquierda de la del Departamento de Estado, porque mientras aquél defiende, no sin cierto mérito, el financiamiento global de un Plan con vacíos, los norteamericanos insisten en los créditos por obras, para deformar de una manera más perfecta la economía del país”; remarcando, en cambio, la coincidencia fatal: “Los que dan y los que aspiran a recibir parecen coincidir en hacer de Bolivia una república pastoril, de acuerdo a las mejores tradiciones de la división del trabajo por el capitalismo”.

Es en esta línea de razonamiento, pues, que remata: “La Alianza para el Progreso es el desarrollo dentro de los términos de la semicolonia y habría que suponer que el desarrollo revolucionario es lo contrario”. Una herencia de la Alianza para el Progreso fue el pacto militar-campesino del gobierno de Barrientos que acabó por disparar contra lo que podía considerarse el bastión de la revolución: los mineros.

Zavaleta, quien luego fue designado ministro de Minas y Petróleo en 1964, en la carta protesta contra “los reformistas de corazón agrario” que postulan “una política más o menos dadivosa de aumento del consumo, en sus ramas miserables, pero nada de una economía de independencia”.

A esos que se resisten a que el país procure la industria pesada, les acusa Zavaleta: “Eligen para Bolivia el destino de una mediocridad más o menos feliz, se niegan de principio a toda grandeza y por ahí se asocia la pobreza de una clase media de cabeza birlocha a la negación desde el principio a marchar hacia una industria pesada. Se reduce así: más arroz, más azúcar, más cigarrillos pero no política de energía, no hornos de fundición (hasta Nigeria los tiene), no industria química”.

REALISMO. Pero acaso cuando más pesimista se muestra Zavaleta en su carta a Baptista es el momento en que habla de las propias filas, del movimiento social de entonces y de su fortaleza, debilidad, más bien habría que decir: “Diez años después (de abril del 52), no podemos hacernos ilusiones respecto a los grupos sociales que pueden componer una izquierda”.

Pasa revista a las filas: “Este es un campesinado que es dueño de su tierra y en la medida en que reciba más de su tierra será más parecido a ciertos campesinados reaccionarios de Europa. Porque son pobres (los campesinos), son todavía revolucionarios, provisionalmente, corrompida su fuerza desde  arriba y desde abajo”.

Tampoco se ahorra palabras para los trabajadores: “No se puede tampoco hablar de un proletariado mucho más consistente. Los fabriles son tan pocos que reciben la continua influencia disociadora de los mitos, supersticiones y leyendas de las clases medias urbanas. El lumpen es enormísimo y nadie sabe para quién trabaja ni a qué lado dispara”.

“Los que llamamos ‘proletarios’ son excrecencias de la clase media (...) y hasta los mineros tienen ahora la acción de desclasamiento que está a cargo de los muchísimos ‘supernumerarios’ cuyas características dentro del rol de las clases sociales es el no trabajar, mirar a los despreciables de interior mina”. Es entonces que Zavaleta lanza una sentencia fulminante: “Las clases medias de Bolivia son las más ignorantes, racistas y antinacionales del continente”.

“¿Habrá peor panorama en parte alguna?”, pregunta el futuro ministro, y apela, otra vez, al análisis: “Pero, por lo demás, por lo mismo que las clases no están aquí definidas, en un sentido moderno su dinámica social suele ser espectacular, su sensibilidad es menos rígida que en otras partes, el heroísmo puede ser aquí todavía un personaje”.

Identificando ese heroísmo con “el terror”, la violencia en la historia, Zavaleta afirma elegir, como lo hace Baptista, el “segundo camino”, la “acumulación del ahorro interno”, pero relacionando ello “con el problema de la libertad y la democracia política”. Con todo, no deja de reconocer un papel decisivo al “terror”, la violencia en el desarrollo histórico: “Lo que precipitó la lucha de clases en Bolivia fue el terror de la masacre de Catavi y los fusilamientos de la Radepa. Antes la cosa no iba en serio”.

La masacre de Catavi es una página negra de la historia y fue escrita el 21 de diciembre de 1942, En tanto que el 20 de noviembre de 1944, Razón de Patria (Radepa) mató a un grupo de personas y fue el inicio del fin del gobierno de Gualberto Villarroel.

“Lo único verdaderamente necesario —concluye ya su carta— es estar dispuestos para la historia (...) es necesario advertir que estos 10 años nos han corrompido tanto como nos han enseñado. El MNR, incluyendo ciertamente a los jóvenes, es el sueño de los comanduleros (la palabra correcta es camandulera y es sinónimo de hipócrita y embustero), el paraíso hostil de los puesteros. Nadie pierde la ocasión de hacer trampa. No hay, empero, para qué ser delicados: de estas astucias tendremos que hacer historia”. Y fue así. El MNR hizo historia y Zavaleta dejó una huella honda en el análisis de aquella Revolución.

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