Animal Político

Eduardo Gudynas: La reelección indefinida debilita a los partidos de izquierda

Acaso en la propia Bolivia no se valore lo suficiente el Vivir Bien, señala el ambientalista uruguayo. Es un concepto que permite abordar el drama del actual desarrollo  global, pero basado en un saber y sentir tradicional, ancestral.

Eduardo Gudynas.

Eduardo Gudynas. Foto: Luis Salazar.

La Razón (Edición Impresa) / Iván Bustillos Zamorano / La Paz

00:02 / 07 de septiembre de 2014

Académico ambientalista, el investigador uruguayo Eduardo Gudynas llama la atención sobre cómo los gobiernos de izquierda en la región (Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Uruguay) han evolucionado hacia lo que llama “progresismo”, una suerte de estancamiento que ha sufrido la izquierda en el poder, uno de cuyos signos es la reelección indefinida. Sin embargo, es contrario a quienes opinan que estos regímenes son “neoliberales encubiertos”; no son gobiernos neoliberales —dice— pues “hay otro papel del Estado, otra (forma de) intervención en el mercado”; con todo, esto no da para callar la crítica: “Creo que es un animal político nuevo y distinto, que tiene sus claroscuros, aspectos positivos y negativos; (la gente) está mucho mejor con estos gobiernos, pero no participo en que éstos sean toda la alternativa y que aquí ya se terminó y no hay más para seguir cambiando hacia adelante”.

— Haber llegado al poder, la real política, el “otra cosa es con guitarra”; ése parece ser el problema...

— Sí, bueno, es parte del cambio hacia el progresismo; en unos casos renuncia, en otros casos incapacidades; también yo creo que  hubo una cierta falta de grandeza de algunos liderazgos en aceptar la necesidad de fortalecer las estructuras políticas y los recambios; la insistencia en la reelección continua es a la larga malo para los países y para la propia izquierda; porque si yo instalo un sistema de reelección continua, nada impediría que de acá a un tiempo se instale de vuelta la derecha y sea reelegida eternamente. Por otro lado, (la reelección) no genera recambio dentro de las estructuras partidarias, termina debilitando a los partidos; eso se ve muy claro con el vacío que hay en Venezuela tras la muerte de Hugo Chávez.

— ¿No es el manejo del poder, la necesidad de mantenerlo, lo que los ha carcomido?

— Sí, (esos gobiernos de izquierda) han tenido que responder a las condiciones del poder por el lado bueno y por el lado malo. Por el lado bueno necesitaban mantener actividades productivas para sostener el Estado e iniciaron programas de asistencia social. Por el lado malo, han tenido que aceptar condiciones económico financieras que al final se han convertido en camisas de fuerza que les han impedido nuevos cambios; pero también hay una cierta haraganería: dejaron de cultivar espacios de reflexión para buscar alternativas; prevaleció cierto miedo    e incomodidad ante la crítica; toda la crítica es tomada como conservadora o de derecha, y eso es bastante injusto con muchos movimientos sociales y actores políticos.

— Ahora, ¿es inevitable todo esto y  alcanza a todos los sectores?

— Punto y aparte de esto, otra cosa es lo que hacen las organizaciones ciudadanas o los movimientos sociales frente al tema político; para ellos sigue siendo válida la búsqueda de alternativas y cambios, y eso lo pueden hacer desde una mirada de izquierda; sus dinámicas no tienen por qué estar constreñidas o limitadas a lo que haga o deshaga el gobierno de turno.

— Estos “progresistas”, afirma usted en un texto, son muy formalistas, muy dados a la democracia representativa, liberal...

— Son gobiernos demócratas, ¿no? Sin duda, pero para emprendimientos muy comprometedores socialmente, como el extractivismo, ellos avalan llevar la democracia al mero plano electoral; dicen: una vez que el Presidente fue elegido con votos, eso ya lo habilita para que tome todas las decisiones que considere oportunas; eso está bastante elaborado por algunos politólogos argentinos asociados al gobierno de (Cristina Fernández de) Kirchner.

— Es la perfecta delegación de la democracia liberal, digamos.

— Es la delegación, que se da cada cinco años en el acto eleccionario. Pero cuando la gente vota, está votando por los legisladores y por el presidente; no está votando por una agenda agropecuaria, en aguas, en tierra, en industrias, no está habilitando decisiones sobre eso, sino tiene que haber mecanismos participativos para tomar varias de esas decisiones.

— También protesta por un mayor distanciamiento entre estos gobiernos y la base social.

— Sí, ese es otro aspecto increíble, por ejemplo, el distanciamiento del gobierno de (Rafael) Correa con el movimiento indígena, pero además no solo se distancian, sino que a veces muy enérgicamente critican y castigan a los movimientos sociales, los cuestionan, se burlan de ellos.

— Sobre todo cuando la economía va bien, ha surgido, dice usted, una suerte de “mercantilización” también de la relación entre Gobierno y movimientos, la compensación monetaria.

— La izquierda, ésa de los 90, criticaba lo que se llamaba neoliberalismo, diciendo “ustedes tienen tanto énfasis en el mercado, mercantilizan todas las relaciones sociales”, pero ahora el progresismo en el Gobierno, cada vez que tiene un problema, con un sector, un sindicato o una comunidad, termina discutiendo algún tipo de compensación económica, allí están mercantilizando la discusión. La forma más abarcadora de esta mercantilización de nuevo cuño es todo ese debate sobre el excedente; qué hacer con el excedente de los extractivismos; quién capta qué y quién se reparte qué; entonces, se termina en una discusión en que no se discute si es bueno o malo el extractivismo, sino que se debate si el excedente lo capta el Gobierno central o el municipio, si tiene una parte la comunidad local, o tiene que quedársela el Estado; toda una discusión sobre cuál es mi tajada del pastel del excedente del extractivismo; toda la discusión sobre qué desarrollo deben seguir los países queda opacada por esto; cuando usted quiere discutir esas estrategias de desarrollo, le replican: “¡Ah, usted está en contra de que el país reciba dinero y que haya fondos para la educación o la asistencia social!”. Pero ese no es el debate, no es la discusión de fondo.

— El vivir bien o el buen vivir es la panacea, el concepto grande de la izquierda de hoy...

— Creo que es un concepto muy potente y eso explica por qué desde algunos gobiernos y sectores afines, todavía hay una disputa sobre lo que finalmente quiere decir esta expresión. Es muy potente, eso explica por qué Naciones Unidas está considerando que el reemplazo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio tal vez se llame Objetivos del Vivir Bien.

— Mucho hace el aporte indígena, la interculturalidad...

— A mí me parece inevitable hablar de eso y en esos términos en América Latina, por la exigencia que tenemos de lo multicultural, lo intercultural; entonces, necesariamente tenemos que incorporar otras concepciones, visiones y valoraciones en los debates para salir del desarrollo; así, el vivir bien es una postura incómoda y por eso la disputa con los gobiernos progresistas, porque en su sentido original, de radicalidad, es una alternativa que es tanto postsocialista como postcapitalista. Eso no es fácilmente entendible para las corrientes políticas tradicionales, y por eso es cuestionado: para algunos es demasiado radical, para otros es casi conservador; habrá aquellos que dicen que es un invento de indígenas, otros que es una promoción de ambientalistas burgueses, por esa condición de que es postsocialista y postcapitalista e intercultural. El vivir bien abre el campo a una discusión que está por fuera de todo este conjunto, por eso es postcapitalista y postsocialista.

— ¿Cuáles son los mayores peligros del vivir bien? En algún texto usted habla del riesgo de que se banalice o que se convierta en mero asistencialismo.

— El mayor peligro que yo veo ahora es que pase algo como la historia del Desarrollo Humano, que en su inicio era una aproximación radical y contestataria al desarrollo, y lo terminaron agarrando los economistas convencionales y de Naciones Unidas e hicieron el Índice de Desarrollo Humano; entonces, si Naciones Unidas lanza el “Índice del Vivir Bien”, sería una catástrofe.

— Tampoco se trata de confundirlo con, por ejemplo, el “vivir mejor”.

— El otro problema que veo es que la discusión sobre el vivir bien se termine confundiendo con una discusión sobre calidad de vida en términos occidentales modernos tradicionales, que para nada es eso.

Perfil

Nombre: Eduardo Gudynas

Nació: Montevideo, Uruguay, 1960

Cargo: Secretario Ejecutivo del Centro Latinoamericano de Ecología Social (Claes)

Vida

El trabajo de Gudynas principalmente apunta a las estrategias en desarrollo sostenible en América Latina, con énfasis en la conservación de la naturaleza, la situación de las áreas rurales, y los límites y posibilidades que ofrecen la integración regional y la globalización para alcanzar la sustentabilidad. Profesor universitario, ha escrito más de diez libros sobre el tema.

Es discutible que el Estado deba ser fatalmente extractivista

Lo que divide a ambientalistas y “progresistas” es el denominado extractivismo, la actividad económica, dice Eduardo Gudynas, de depredación masiva de recursos naturales con el exclusivo fin de alimentar el mercado global.

— El extractivismo no solo es minero, destaca usted.

— Una cosa que quiero aclarar para los lectores de Animal Político. No toda la minería hace extractivismo, ni toda la agricultura; entonces, cuando hacemos una crítica al extractivismo nosotros no estamos haciendo una crítica al uso de los recursos naturales, estamos haciendo una crítica a la extracción masiva de recursos para mandarlos a la globalización.

— Y eso define todo.

— La extracción masiva de los recursos naturales es el principal problema socioambiental de América Latina, y además es el problema socioambiental y económico que menos controlan los gobiernos.

— El vicepresidente Álvaro García dio a entender que el extractivismo es inevitable y que más bien se trabaja por reducirlo.

— Hay cosas que no entiendo. Los gobiernos un día dicen “no tenemos plata” y si no hacemos extractivismo, nos fundimos; pero al día siguiente dicen “esta ha sido la década de oro (García) y tenemos más plata como nunca, y vean todo lo que hemos hecho con este dinero”. Entonces, primera respuesta, aquello de que el Estado no tiene dinero y que fatalmente tiene que ser extractivista, es muy discutible. Segundo, el extractivismo tiene consecuencias en el resto de la economía, una de éstas es que termina deprimiendo al sector industrial, y pasan cosas como una denuncia que leí la semana pasada, que más del 90% de las importaciones de manufacturas en Bolivia son de China; yo les mando estaño y cobre, pero les termino comprando el producto manufacturado más caro, eso hay que revertirlo. Tercero, tiene consecuencias también sobre las capacidades del Estado para insertarse globalmente y con los vecinos, porque un país extractivista termina compitiendo con el vecino del lado extractivista y no puede haber integración real, porque todos son mineros y todos compiten en la minería; los del sur son todos sojeros y todos compiten en vender soja; entonces, hay mucho discurso sobre la integración, pero pocas medidas efectivas.

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