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Empapados, breve historia de una visita del Papa

Semanas antes, ya se sabía que el Papa iba a pasar a más o menos un barrio de, le llamaremos así, Villa Esperanza.

La Razón (Edición Impresa) / Iván Bustillos Zamorano / La Paz

00:05 / 05 de julio de 2015

No recuerdo ni cómo titulaba. Era una película argentina de los 90 en la que se relata lo que significó para un barrio pobre la visita del papa Juan Pablo II. Semanas antes, ya se sabía que el Papa iba a pasar a más o menos un barrio de, le llamaremos así, Villa Esperanza. Para todos estaba claro que ésta era una oportunidad de oro para ganar algún dinero, pues el barrio quedaba justo en el camino por el que la gente acudiría a por lo menos “ver pasar al Papa”.

La radio local, eufórica, anunciaba la llegada incluso de gente de otros barrios, ciudades y hasta países, justo a Villa Esperanza, para “ver pasar al Papa”.

La gente comerá, comprará recuerdos, se divertirá, necesitará guías, algunos acaso beban... en fin, en verdad, ésta es la oportunidad que le daba Dios a Villa Esperanza para un poco salir de la pobreza. Ora doña Panchita que alista diversidad de masas y panes, ora don Alcides que invierte todo su ahorro para multiplicar su producción de chorizos; ora don Fermín que redoblará el trabajo con sus hijos para transformar las artesanías de barro que hace en pequeñas papitas...

Pero he aquí nuestro protagonista: Camilo, digamos. Desocupado mil oficios, con alguna caída en un delito menor (como el contrabando hormiga), buen corazón al fin, incansable soñador, y a veces realizador, de innumerables negocios, también se devanaba los sesos para hacer algo que dé dinero el día en que la gente pase por Villa Esperanza “para ver pasar al Papa”. Y no se sabe cómo se le ocurrió: “¿y el baño?, la gente necesitará ir al baño, con tanta gente necesitada de... ¡Zas! ¡Éste es el verdadero negocio!”

La vaina es que como su familia misma no tenía un baño en forma, como para vender el servicio... pues lo invirtió todo, todo, para construir un “baño de ciudad”, presentable, en la puerta de su casa.

Daba ganas de llorar cuando al fallarle la entrega de la taza, él la tuvo que traer en hombros justo el día del “paso del Papa”, para instalarla a las volandas...

Lo que nadie previó es que toda la gente que pasó por Villa Esperanza, “para ver pasar al Papa”, precisamente hizo nada más que esto, pasar... Nadie, o casi nadie, comió, se divirtió o compró, y nadie, o casi nadie, tenía tiempo para ir al baño, pues, se sabe, “ver pasar al Papa”, apenas iban a ser unos segundos.

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