Animal Político

Entendernos desde el conflicto

Las contradicciones o diferencias que terminan en conflicto son más visibles que aquellas contradicciones y diferencias que son gestionadas de forma suficiente y oportuna. Para el estudio de la conflictividad, unas y otras son igualmente importantes, o deberían serlo. De ambas podemos extraer enseñanzas.

La Razón (Edición Impresa) / Claudia Peña Claros es escritora, fue ministra de Autonomías

00:00 / 19 de febrero de 2017

El azoro genera memoria. Algunas veces esa memoria resulta colectiva, cuando son también colectivos los ojos que miran, azorados, la realidad. Pero no solo desde la observación pura, también desde la calle, desde el puño en alto, desde el grito desesperado, la memoria colectiva se construye. ¿Cómo le llamamos? ¿periodo de movilizaciones? ¿ciclo rebelde? Buscábamos conceptos que pudieran reflejar esa esquiva, compleja, naciente, escandalosa realidad. Nos faltaban las palabras, pero no las imágenes. De esos años movilizados de 2000 a 2008, nuestra memoria guarda las imágenes.

¿Quién no recuerda las marchas de la Guerra del Agua? Imposible olvidar aquellos campesinos vejados en la plaza, ese mayo en Sucre; o las tomas aéreas de los cabildos en Santa Cruz. Enero en Cochabamba, ese doloroso enfrentamiento, ¿quién no se acuerda? La sensación de extrañeza de cuando el Presidente no podía aterrizar en la mitad del territorio boliviano. Las arengas, las pocas imágenes del cerco a Santa Cruz, poco antes de dirimir la pulseta entre el gobierno y el bloque cívico cruceño.

Nicole Jordán Prudencio repasa nuestra historia reciente y recupera aquella incertidumbre que, entre medio de aquellos años, nos quitó el sueño más de una noche: la sombra de la guerra civil. ¿Por qué no hubo conflicto armado en Bolivia? ¿Cuáles fueron los factores que exacerbaron la polarización de aquellos años? ¿Cuáles fueron los que impidieron que el conflicto escalara? ¿Cómo se abrió paso la negociación? ¿Qué posibilitó que los actores enfrentados llegaran a acuerdos?

El libro se llama El resorte de la conflictividad en Bolivia. Dinámicas, riesgos y transformaciones, 2000-2008 y fue publicado por el Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia. Este trabajo de tesis divide en dos el periodo: el primero va de 2000 a 2003, y abarca la Guerra del Agua, septiembre negro y las movilizaciones indígena-campesinas entre 2000 y 2001, y la Guerra del Gas. El segundo momento abarca un único conflicto, que es nombrado como conflicto autonómico-constituyente por la autora.

Cada uno de estos conflictos son primero abordados con una mirada cronológica, para luego caracterizar su dinámica. A continuación, la autora repasa aquellos factores causantes de conflicto armado interno, y se los coteja con la experiencia boliviana, para conocer cuáles de ellos son aplicables a nuestro país, y en qué grado.

Ya más cerca de las conclusiones, Jordán Prudencio rescata cuatro variables que permiten explicar la ausencia de conflicto armado en Bolivia: la cultura política boliviana como una cultura política del conflicto, la inexistencia e inviabilidad en Bolivia de grupos armados, las expectativas positivas de cambio que permearon a la sociedad civil entre 2000 y 2008, y la presión social sobre la toma de decisiones de los líderes del gobierno.

Es importante no perder de vista que muchas veces, cuando nos enfocamos en el estudio de los conflictos y de qué modo éstos son gestionados, dejamos de lado todas aquellas acciones, iniciativas y negociaciones que no han permitido la manifestación de otros posibles conflictos. Lo que quiero decir es que, para evaluar el rol de los gobiernos y la sociedad civil respecto de los conflictos, no es suficiente centrarse en aquellos problemas que se manifiestan como tales, porque dejamos de ver la gestión exitosa que en ciertos casos logra evitar escenarios de enfrentamiento. No podemos formarnos un cuadro suficiente de la realidad, mirando solamente aquello que ha sido mal, insuficiente o tardíamente gestionado.

Es obvio que las contradicciones o diferencias que terminan en conflicto son más visibles que aquellas contradicciones y diferencias que son gestionadas de forma suficiente y oportuna. Para el estudio de la conflictividad, unas y otras son igualmente importantes, o deberían serlo. De ambas experiencias podemos extraer enseñanzas pertinentes.

Los escenarios políticos son siempre complejos. El ejercicio del poder requiere miradas que vayan al detalle sin perder de vista el cuadro general, requiere un trabajo de relojero al mismo tiempo que iniciativas estructurales, requiere conocimiento e intuición, sensibilidad al mismo tiempo que frialdad y determinación.

Cuando volcamos la mirada a ese ciclo rebelde de principios de siglo, todavía sentimos vértigo al pensar que un detalle, cualquiera, hubiera podido encender la mecha de la guerra fratricida. Había más de dos bandos en disputa. Había liderazgos que incluían otros muchos liderazgos más pequeños, inmersos en negociaciones constantes, en equilibrios cambiantes. Había identidades flexibles, que se abrían o se cerraban coyunturalmente. Había presiones hacia uno y otro lado.

¿Cómo se tomaban las decisiones? La presión de los sectores movilizados no siempre terminó en decisiones acertadas. No todas las decisiones acertadas fueron fruto de esa presión. No pocas veces, una chispa de genialidad, una palabra justa, una reflexión dirigida a calmar los ánimos en el momento de mayor tensión, abrieron las puertas del consenso y la pacificación. ¿Cómo dar cuenta de esa complejidad desde la ciencia política?

Jordán Prudencio construye dos conceptos que abren caminos en esa dirección. El primero se refiere a que nuestra cultura política se configura sobre una mentalidad híbrida-dualista, que se refleja en “puntos de vista y comportamientos contrapuestos que suscitan, simultáneamente, conflictividad y diálogo.

Por un lado, la cultura política no cuestiona a la democracia como régimen político, puesto que la considera como la mejor opción por sus valores y preceptos; por otro lado, se cimienta en tendencias autoritarias, expectativas paternalistas-clientelares y en tradiciones de protesta y movilización social que continúan reproduciéndose a través de su adaptación a los tiempos democráticos, pero que, al mismo tiempo, generan tensiones conflictivas en las relaciones políticas, sociales y económicas.”

El segundo concepto es el de resorte de la conflictividad, y es una metáfora que nos habla del carácter circular de la dinámica del conflicto en Bolivia, que parece siempre volver a emerger, aunque con características diferentes cada vez. También se refiere a que, en un escenario de conflicto, los actores enfrentados jalan de ese resorte en direcciones opuestas, o desde posiciones opuestas oprimen el resorte (dependiendo del tipo de conflicto), acrecentando el peligro de que el resorte en cualquier momento salte con la misma fuerza con la que ha sido forzado.

El peligro de que las partes salgan gravemente perjudicadas a partir de cierto momento en que la tensión se torne insostenible, hace que los actores encaminen el diálogo antes de que todo vuele por los aires.

El resorte de la conflictividad en Bolivia es un esfuerzo por darle sentido a nuestra práctica política, para que el azoro cuaje no solo como memoria, sino también como entendimiento, como encuentro.

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