Animal Político

Equilibrio catastrófico

No es ético ni políticamente correcto ignorar la victoria electoral de Maduro ni expresar miopía ante la reacción de Capriles y sus bases sobre los recientes comicios en Venezuela. El ahora líder bolivariano ha perdido la oportunidad de superar la votación de Chávez en octubre de 2012. Falta saber cómo gobernará.

La Razón / Fabián II Yaksic

00:00 / 21 de abril de 2013

Como título de este artículo tomo prestada la expresión gramsciana de “equilibrio o empate catastrófico”, que es en lo que habría concluido un ciclo de dominación política de 14 años encabezado por Hugo Chávez, que al mismo tiempo abre un incierto proceso político en Venezuela marcado por la ausencia del fallecido caudillo, el reñido resultado electoral del domingo y los problemas económico sociales no resueltos.

Lo sucedido el 14 de abril y los efectos inmediatos de al menos ocho muertes y heridos marcan un poco auspicioso inicio de la gestión presidencial del heredero designado por Chávez, Nicolás Maduro, para dar continuidad al régimen.

Veamos algunos aspectos del resultado electoral, el accionar del chavismo oficialista y la oposición. Las encuestas previas se equivocaron, pues daban por seguro un triunfo significativo de Maduro, al menos para igualar el resultado obtenido por Chávez el 7 de octubre de 2012. El voto póstumo no gravitó, influyó más la grosera utilización de la imagen del líder por el candidato-heredero, pajarito de por medio, para que más de 680 mil votos por Chávez, hace seis meses no sean ahora para Maduro. Al contrario, casi la misma cantidad sumó Henrique Capriles a la votación que obtuvo en octubre. Chávez perdió en octubre en tres gobernaciones; el domingo Maduro perdió en ocho. Los más de un millón y medio de votos (10,76%) que sacó Chávez sobre Capriles en 2012 ahora se redujeron a menos de un cuarto de millón de votos (1,59%).

Si bien es legal la exigencia de Capriles de que se haga una auditoría electoral, que le hace bien a todo sistema electoral perfectible, esto de ninguna manera puede servir de argumento para desconocer la victoria de Maduro. En Venezuela y otros países se gana la elección por simple mayoría, es decir, basta tener un voto más para ser elegido. Política ni éticamente es aconsejable cuestionar el resultado de una elección cuando uno es el perdedor. Mientras no se demuestre lo contrario, a través de autoridades competentes, Maduro ganó la elección, pero sufrió una derrota política que la oposición debe saber administrar.

“Cuatro niños ricos no van a desordenar el país”, decía Diosdado Cabello, exmilitar y presidente del Congreso venezolano, al referirse a lo sucedido con las movilizaciones de la oposición. El pretender ridiculizar, denostar e ignorar el sentimiento de casi la mitad de los votantes venezolanos que apoyaron a Capriles sería una miopía que políticamente podría generar un cuadro de confrontación de imprevisibles consecuencias.

Maduro ha heredado una cómoda mayoría parlamentaria y 20 de las 23 gobernaciones dirigidas por el chavismo. Sin embargo, ha rifado en tan poco tiempo la acumulación política que le dejara el caudillo, que empieza a incomodar tempranamente a propios y extraños. Pese a la enorme cantidad de recursos que administra el Gobierno bolivariano como efecto del precio internacional del petróleo, Maduro tendrá que afrontar una difícil y contradictoria situación económica con una inflación poco controlada, un dólar paralelo que empieza a distanciarse del oficial, una administración ineficiente y el crecimiento de la violencia e inseguridad ciudadana, que marcan elementos estructurales que requieren ajustes gubernamentales en la administración a la altura de los problemas.

El resultado electoral ha dejado claro para el propio pueblo venezolano que Maduro no es Chávez y que existe un desgaste después de 14 años de administración del poder. Son 14 años que no han significado consolidar un proyecto hegemónico que no sólo sea dominante como el que ha liderado Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia. Lo fundamental es que estos regímenes dominantes no se han transformado en “dirección intelectual, moral y política” del Estado que atiendan los aspectos medulares de la transformación económica y social que implica al menos superar el extractivismo monoexportador de materias primas y dar el salto efectivo a la industrialización y fomento a la diversificación de la economía plural que caracteriza a los países latinoamericanos herederos de la Colonia.

Maduro no parece mostrar condiciones políticas para imprimir un necesario giro en la manera cómo se ha estado gobernando estos 14 años, caracterizado, a decir de Atilio Boron, “por un desbordante activismo del líder bolivariano y por el hiperpresidencialismo del régimen político construido desde 1998”. Esa caracterización en un primer momento molestó a Chávez, pero luego hidalgamente terminó por reconocer que era correcta. Premonitoriamente, Fidel Castro le había advertido, ya en 2001, que debía evitar convertirse “en el alcalde de cada pueblo”. En el país, bien haría el presidente Morales en escuchar estas recomendaciones, pues su hiperactivismo e hiperpresidencialismo hace que su gestión se caracterice como una suerte de alcalde mayor.

La manera cómo Maduro gobierne y el accionar de la oposición determinarán si se está abriendo un equilibrio o un empate catastrófico que implica, según Álvaro García Linera “una etapa de la crisis de Estado, (...) un momento estructural que se caracteriza por [la] confrontación de dos proyectos políticos nacionales de país (...) con capacidad de movilización, de atracción y de seducción de fuerzas sociales; confrontación (...) de dos bloques sociales (...), una parálisis del mando estatal y la irresolución de la parálisis”.

La polarización extrema lleva a equilibrios catastróficos, en los que las élites opositoras u oficialistas no ganan, pero es la ciudadanía la que siempre pierde.

Quienes en el país se entusiasmaron con los resultados electorales en Venezuela y alientan replicar iniciativas similares de una candidatura única para enfrentar a Morales, candidato inconstitucional a la rereelección, a lo máximo que podrían aspirar es a una posible polarización entre Evo y fuerzas conservadoras que beneficiaría a un presidente que se alimenta de la confrontación. No será posible reeditar un “empate catastrófico” en Bolivia. Quienes apuntan a esta posibilidad están apostando por la derrota política y electoral. Sólo una vigorosa alternativa programática progresista, que recupere los contenidos medulares del proceso de transformación abandonados por el Movimiento Al Socialismo (MAS), con mayor y mejor democracia, tendrá perspectivas de éxito electoral. Una alternativa política exitosa deberá estar asentada en impulsar la pluralidad política, la transformación económico-productiva, la institucionalidad democrática, la implementación plena del Estado descentralizado y con autonomías, el desarrollo a “escala humana” y vida digna para todos y todas, y la construcción de la plurinacionalidad intercultural. Lo que necesita el país es un programa para avanzar y no para retroceder a escenarios de confrontación y empates catastróficos aparentemente resueltos —según Lucio Oliver— con “distintas formas de cesarismo que prevalecen en la región, con personajes más o menos heroicos (Lula, Evo, Chávez, Lugo, Mujica, Ollanta, Kirchner, etc.)”.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia