Animal Político

Espinal de Bolivia y Romero de El Salvador

El 22 de marzo de 1980, en La Paz, Bolivia, tras ser torturado por paramilitares, murió Luis Espinal Camps; dos días después, el 24 de marzo, en San Salvador, El Salvador, cuando oficiaba una misa, fue asesinado Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Viscarra Quezada es parte del colectivo Café Semilla Juvenil

00:00 / 02 de abril de 2017

Y pasaron 37 años… 37 años de ese fatídico marzo que nos rompió el corazón cuando fueron asesinados Luis Espinal Camps, “Lucho de Bolivia”, y Óscar Arnulfo Romero, monseñor Romero de El Salvador.

Era las seis y treinta de la tarde del lunes 24 de marzo de 1980, cuando bajando del Cementerio General de La Paz, luego de haber enterrado con mucho dolor, indignación y lágrimas, junto a una inmensa multitud, el cuerpo tremendamente torturado de Luis Espinal Camps, “Lucho”, nos informamos por los medios de comunicación que ese día había sido asesinado en San Salvador, mientras celebraba la eucaristía (misa), monseñor Óscar Arnulfo Romero.

Nos preguntamos: ¿por qué otra mala noticia? ¿no era suficiente haber sufrido esos días al saber que Lucho había sido asesinado, luego de ser despiadadamente torturado? ¿por qué una muerte más en la Patria Grande Latinoamericana que tenía ansias de liberación?

¿Por qué y quiénes los asesinaron?

Lucho y monseñor Romero no se conocían, el uno estaba muy lejos del otro, a miles de kilómetros; sin embargo, estuvieron muy cerca en una comunión de ideas, principios y opciones. Ambos tenían:

• Una militancia por la vida.

• Una fe inclaudicable en el Dios de la Vida, en el Dios Liberador, en el Señor de la Historia.

• Un espíritu fuerte de oración (no rutinaria ni alienadora), su oración los llevaba al compromiso por el pueblo y éste a la oración.

• Una opción verdadera, sin poses ni teatros por el pueblo marginado y sufrido.

Los asesinaron los enemigos de la Vida porque los sintieron peligrosos. ¿Cómo tolerar que estuvieran con su vida y palabra en favor del pobre?

Como dice el obispo Pedro Casaldáliga del Brasil: “Asesinados a sueldo, a dólar, a divisa, como Jesús por orden del Imperio…”

Qué orgullo sentimos los latinoamericanos de que “Lucho de Bolivia” y monseñor Óscar Arnulfo Romero de El Salvador fueron fieles al pueblo hasta el final, ni las incomprensiones —a veces de sus propios hermanos—, ni las censuras, ni las calumnias (hoy día seguramente los tildarían de narcotraficantes y terroristas), ni las amenazas, ni las torturas, ni el martirio y ni la muerte misma pudieron vencerlos. Por el contrario, ellos vencieron a la muerte.

Espinal: “Jesucristo, nos alegramos de tu triunfo definitivo, que la historia no es más que un devenir hacia tu triunfo final”.

Romero: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

A 37 años las cosas cambiaron. Es la hora de los pobres y marginados. En un poema que escribió el obispo Casaldáliga a monseñor

Romero con motivo de su asesinato, menciona: “Las curias no podían entenderte”. Pero la Curia Grande de Roma está cambiando: hay un Francisco…Bolivia vive un Proceso de Cambio, lo mismo que El Salvador.

En las tres instancias hay fallas, debilidades y retrocesos, pero hay avances y esto nos llena de júbilo y valor para seguir construyendo la iglesia Liberadora de Jesús y la patria grande.   

Espinal y Romero ya son santos del pueblo. Monseñor Romero ya ha sido beatificado, reconocido oficialmente por la iglesia y otro tanto pasará con Luis Espinal, nuestro “Lucho de Bolivia”.

Una Oración a quemarropa y la Última carta

SINCERIDAD(*)

Somos insinceros. Por miedo a la verdad, controlamos los medios de información; procuramos desconocer la miseria; gritamos ante quienes no piensan como nosotros, para no escucharles.

Nos asfixia la insinceridad. La de la hipocresía; la de la adulación; la de la apologética; y la de la demagogia.

¿Qué sentido tiene este miedo de los “buenos” ante la verdad?

En el fondo, no creemos que la verdad nos hará libres.

Jesucristo, nos da miedo la verdad, para serte sinceros. La verdad nos pone en carne viva; delata nuestra cobardía; descubre nuestras tergiversaciones; y nos obliga a actuar.

Danos fuerza para aceptar la verdad, la que vuelve a sus justas proporciones nuestras hinchadas apariencias.

Danos el coraje de aceptar la verdad, aunque la diga un enemigo, aunque la diga un subordinado.

Enséñanos, Señor, a creer en la fuerza de la verdad, para que no la tengamos que proteger con nuestras reticencias, y nuestras mentiritas.

Quisiéramos tener la sinceridad de la sencillez; de no aparentar lo que no somos. De seguir profesando lo que pensamos, aunque llegue la noche, y aunque cambie el gobierno.

La sinceridad es diálogo; la sinceridad tolera también la sinceridad ajena. Concédenos la sinceridad de admitir que nos podamos equivocar, y de que a veces nos equivocamos.

Si tenemos la verdad, no podemos camuflarla, no podemos ocultarla por miedo a la contradicción. Sabemos que la verdad triunfará.

Te pedimos, Señor, que cada día aumente nuestra verdad, escuchando todas las pequeñas verdades de los “otros”.

Última carta de Romero (**)

“… Querido hermano en el episcopado:

Con profundo afecto le agradezco su fraternal mensaje por la pena de la destrucción de nuestra emisora.

Su calurosa adhesión alienta considerablemente la fidelidad a nuestra misión de continuar siendo expresión de las esperanzas y angustias de los pobres, alegres por correr como Jesús los mismo riesgos, por identificarnos con las causas justas de los desposeídos.

A la luz de la fe, siéntame estrechamente unido en el afecto, en la oración y en el triunfo de la Resurrección.

Óscar A. Romero, arzobispo”

(*) Del libro Oraciones a quemarropa, de Luis Espinal Camps.

(**) En su Carta abierta al hermano Romero, el escritor y religioso español Pedro Casaldáliga reproduce la última carta de Romero, escrita el mismo día de su muerte; él cuenta: “Tú escribiste otra última palabra, más definitiva aún, pero menos conocida. El 19 de abril de ese 1980, monseñor Arturo Rivera Damas, administrador apostólico de San Salvador, me escribía: “… nos permitimos incluir aquí la carta que dejó redactada nuestro querido Mons. Romero el mismo día de su asesinato y que esa noche  él habría de firmar”.

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