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Evita, viva o muerta

Las dos semblanzas biográficas que encumbran al biógrafo boliviano Alfonso Crespo Rodas en el campo de las letras son: ‘Santa Cruz, el Cóndor indio’ (1944) y ‘Evita, viva o muerta’ (1980), pequeñas obras maestras en su género.

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Zárate

00:06 / 28 de diciembre de 2015

La prolífica producción biográfica del escritor y diplomático boliviano Alfonso Crespo Rodas (1916-2011) pasó de forma relativamente desapercibida en el seno del sector intelectual y universitario. Las semblanzas escritas por el “señor de la biografía” fueron en muchos casos realizadas a pedido. Es fácil suponer que estas vidas descritas por Crespo carecerían de cierta objetividad y reflejarían visiones interesadas.

Alfonso Crespo brindó su pluma a Hernando Siles (1985), Hernán Siles Zuazo (1997), Lidia, una mujer en la historia y Banzer, el destino de un soldado (1999). Debo manifestar que por esta razón no me llamaba la atención el autor ni mucho menos sus libros. Pero hace algunos meses atrás me topé con un curioso ejemplar de Alfonso Crespo que lleva el título Evita, viva o muerta, publicado por la editorial Fontalba (Barcelona, 1980). La cubierta del libro lleva una fotografía donde aparece una mujer bella y elegante. Esto concitó mucho más mi atención e interés acerca de esta biografía.

En los últimos tiempos me puse a estudiar las obras de Crespo, y para mi propia sorpresa, debo manifestar que las dos semblanzas biográficas que encumbran a este autor en el campo de las letras son: Santa Cruz, el Cóndor indio (1944) y Evita, viva o muerta (1980), pequeñas obras maestras en su género.

A mediados del siglo XX, Argentina vivió uno de sus procesos políticos más conmovedores y más aún, con un desenlace melodramático que tuvo nombre y apellido: Evita Perón. Hasta el día de hoy llama la atención que esta mujer supo condensar brillantemente en la praxis el poder autoritario y concebir discursos esperanzadores. Eva María Ibarguren nació en Los Toldos (1919). Eva Duarte, proveniente de una familia marginal tuvo que emigrar de Junín a Buenos Aires (1935). Llevaba consigo el sueño de ser actriz de teatro, con una maleta de cartón y 100 pesos argentinos. Al llegar a la estación de ferrocarriles nadie la conocía. Nadie la esperaba.

Era una artista mediocre y una locutora anónima, cuando se le abrió otro camino inesperado. La cita con el destino estaba fijada el 22 de enero de 1944, día en que Eva Duarte trabó amistad con un sonriente coronel del Ejército argentino, llamado Juan Domingo Perón (1895-1974). Eva se acercó a Perón y le dijo la frase que cambiaría su vida: “Gracias por existir”. Estas palabras llegaron al corazón de Perón. Al año siguiente Evita contrajo nupcias con Juan Domingo. Desde entonces adoptó para sí el apellido de gran prestigio militar y político: Perón.

La doble personalidad de Eva estuvo entre ser la esposa del presidente Perón, cuyo rol era recibir honores, ir a cócteles y lucir de gala; la otra Evita, era la mujer del caudillo carismático. En ambos casos, hay una mujer elegante, impactante y pomposa que lucía los diseños del afamado diseñador francés Christian Dior, quien llegó a afirmar: “A la única reina a la que vestí es a Eva Perón”. Su forma de vestir era deslumbrante y de un lujo casi inmoral ante la pobreza del pueblo argentino, era incongruente con las ideas populistas que ella misma abanderaba.

En 1946 el general Perón fue elegido presidente de Argentina, momento a partir del cual la figura de Eva Perón va en ascenso en el espectro político. Ella misma afirmó en su autobiografía titulada La razón de mi vida (1951): “Una mujer superficial, escasa de preparación, vulgar, ajena a los intereses de patria, extraña a los dolores de pueblo, indiferente a la justicia social, y sin nada serio en la cabeza, me hice de pronto la fanática en la lucha por la causa del pueblo y haciendo mía esa causa”. Mujer infatigable, fundó innumerables escuelas, hospitales, asilos y consolidó su propia fundación, que llevaba su nombre. Estos rasgos mencionados son los más resaltados por partidarios peronistas y los que ven en ella una mujer revolucionaria. Su fama trascendió a que la ciudad de La Plata, pasó a denominarse ciudad Eva Perón, que fue el nombre oficial por tres años. También los títulos universitarios que confería la Universidad Nacional de La Plata llevaban la inscripción: Universidad Nacional de Eva Perón.

Se ha escrito bastante en la propia Argentina sobre la personalidad de Eva Perón. La abundante literatura en favor del peronismo nos remiten a esa vieja sentencia: “La historia la escriben los vencedores”. El estudio de Crespo trata de reflejarnos de manera objetiva tanto la parte emotiva que personificó la figura de Evita como la parte negativa que conllevó este régimen populista. El autor del Cóndor indio nos relata que la Santa Evita incurrió en pecadillos como favoritismo a sus partidarios, nepotismo familiar, persecución y odio a sus opositores. Lo humano en Evita fue que no ignorara los peculados, las malversaciones, los desfalcos, las extorsiones y el despilfarro de fondos públicos a que se consagraban, en diversa escala, tanto el general del pueblo, como el hermano Juan Ramón Perón y sus allegados más próximos. Crespo indica el caudal económico de la Santa Evita: “Es probable que Eva estuviese en colusión con ellos, como puede inferirse por la colosal fortuna personal que acumuló y que a su muerte sería causa de un complicado pleito entre los Duarte y Perón”. Se habló de $us 300 millones.

En plena juventud (30 años) Evita cayó enferma, víctima de un mal irreversible: el cáncer. Sin doblegarse siguió luchando hasta sus últimos días, apenas sostenida por inyecciones de morfina. Murió el 26 de julio de 1952. Sus restos fueron embalsamados e idolatrados por más de dos millones de personas durante 8 días. Sobraron ofrendas florales y rebasaron las lágrimas alrededor del féretro montado sobre un cañón. El régimen peronista en la praxis favoreció una cultura política del autoritarismo; el descalabro de las instituciones estatales; la instrumentalización de los medios masivos de comunicación y la formación de nuevas élites muy privilegiadas. Pero a pesar de este nefasto legado, muchos argentinos y románticos revolucionarios prefieren recordar este periodo populista como Eva Perón misma alentó a recordarla: “Hubo, al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al presidente las esperanzas del pueblo, que luego Perón convertiría en realidades […]. De aquella mujer solo sabemos que el pueblo la llamaba cariñosamente Evita”.

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