Animal Político

Evo y su comunicación gubernamental

El discurso oficial

00:03 / 24 de junio de 2012

Evo Morales y su gobierno se enfrentan cada vez más a una densa y creciente espiral de demandas sociales que, desde el plano de lo político-simbólico, tratan de cuestionar las mismas bases del imaginario y el discurso propuesto para el llamado “proceso de cambio”.

Más allá de las particularidades con que cada uno de estos conflictos pudo haberse estructurado, lo cierto es que la acción/reacción de la comunicación gubernamental ha sido invariante y se ha orientado a consolidar un esquema poco afortunado y menos aún eficaz para prevenir, enfrentar o mitigar las recurrentes tensiones.

Por obvias razones, cualquier acción gubernamental debiera estar articulada a un conjunto de estrategias comunicacionales orientadas a visibilizar la gestión en términos de logros y cumplimiento de compromisos, por un lado, y a enfrentar y neutralizar los errores o desaciertos que desmerezcan su desempeño, por el otro.

Ambas tácticas en el marco de la consolidación del mito de gobierno, como núcleo edificante de la comunicación presidencial, y comprendido nada más que como aquellos pactos y promesas efectuados en la etapa electoral y puestos en escena durante el tiempo de la gestión.

Sin embargo, la esquemática respuesta comunicacional del Gobierno no parece comprender estratégicamente este proceso, aunque sea cierto también que parte de ella es expresión de tendencias en la comunicación de los gobiernos de la región, sean o no entendidos como “progresistas”.

Una de ellas es el marcado presidencialismo que se refleja en una concentración enunciativa en la figura de Evo, el emisor único, al que se acompaña con transmisiones en vivo por la radio y la televisión estatales. Asociado inmediatamente a ello el despliegue saturante de campañas multimedia con una diversidad de temas que termina provocando el efecto de “fuga” más que el aparentemente deseado de información o adhesión.

La comunicación gubernamental está caracterizada además por una información pública sesgada, con escasos espacios, medios y recursos para que el complejo panorama político y económico del país sea comprendido mínimamente por amplios sectores sociales. Un esquema simplista de dividir el mundo político entre dos identificaciones taxativas: “nosotros, los buenos”; “ellos, los malos”, “los que apoyan el proceso de cambio”, “los que están en contra del proceso de cambio” aún se mantiene intacto desde la victoria electoral de 2005.

La lógica de descalificación y de eliminación enunciativa y práctica del enemigo político, altamente útil en los procesos electorales generales de 2005 y 2009 y en otros similares, parece constituirse en la piedra fundamental de la acción política y correspondientemente comunicacional del gobierno de Morales.

Paradójicamente, mientras existen marcadas acciones por el potenciamiento y la ampliación técnico-operativa de los medios del Estado (o mejor gobierno) se da en paralelo un decrecimiento notorio de su credibilidad.

Tras la movilización indígena y lo acaecido en Yucumo, en septiembre de 2011, momentos en que erráticamente también se apostó por una comunicación sustentada en argumentos acusativos y posiciones ego-defensivas, orientados hacia la afirmación de la autoridad, vale decir, la necesidad de transmitir sensaciones de decisionismo y personalismo, el discurso de Evo/gobierno se ha debilitado en el núcleo que precisamente sostenía la identidad política del proceso: la defensa de los derechos de los pueblos indígenas, la toma del poder de los indígenas, encarnada en la propia humanidad de Evo y su historia personal, y la postura ambientalista anticapitalista.

El acercamiento y la proximidad afectivos con los sectores indígenas y populares, mediante formas lingüísticas y no lingüísticas, con hibridaciones simbólicas, culturales, sin una gramática pulcra, con un estilo sencillo y directo de habla que permanentemente resalta la épica indígena, la memoria de la colonización, el despojo, la insurgencia y la liberación de los pueblos originarios presentes en las interpelaciones evistas se muestran hoy insuficientes para alimentar y mantener las adhesiones de varios sectores.

Ante este escenario de indudables exigencias, la reacción comunicacional se ha mantenido invariable en su esquema operativo, por lo que sus resultados son, a todas luces, limitados. Los elementos discursivos y simbólicos que tratan de ser restituidos en el relato gubernamental presentan ahora retos mayores ante un escenario en el que otros actores han quebrantado el monopolio y la apropiación enunciativos de sus dos temas clave.

Desde este horizonte, es casi coherente entender, pero no de aceptar, que la comunicación gubernamental apunte más a un desempeño propagandístico, pero que desafortunadamente ligada a su comunicación reactiva —responder sobre las iniciativas de los adversarios— no generará por sí misma la re/construcción de aquel mito de gobierno que lo proyecte de nuevo al próximo y ya iniciado proceso electoral de 2014.

Si se entiende, además, que “el presidente es el mensaje”, un intenso y sistemático trabajo debiera ser efectuado sobre las apariciones de Morales y sus no pocas desafortunadas declaraciones que, sin embargo, tienen un doble y contrario efecto: por un lado, generan críticas y rechifles, especialmente mediáticos, y, por otro, logran capturar la atención de sus ya rutinarias apariciones.

La comunicación gubernamental de Evo transita así en los ya híbridos senderos de la comunicación de gestión y la propiamente electoral, bajo dispositivos tendencialmente propagandísticos y con esquemas que infelizmente han reportado resultados adversos.

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