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Evolatría y Evo- dependencia: más malas que buenas

El problema del MAS radica en que los caudillos no tienen sucesores, no renuncian al poder, pudiendo ejercer  liderazgo desde otros espacios, y se empeñan en estigmatizar la emergencia de voces críticas dentro y fuera de su propia estructura.

La Razón (Edición Impresa) / Erika Brockmann Quiroga es psicóloga, politóloga; exsenadora

00:00 / 29 de enero de 2017

Si los seguidores del proceso creen de veras que nada es posible más allá ni más acá de quien manda… se ha producido un quiebre de uno de los principios elementales de la dialéctica de la historia” (Carlos Mesa, 6/09/15, Los Tiempos). Recurro a esta genérica pero no casual reflexión para referirme a lo más malo que bueno de la idea de la imprescindibilidad de Evo Morales Ayma como líder del MAS-IPSP (Movimiento Al Socialismo-Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos) y presidente de nuestra Bolivia, diversa y republicana (conste, según el artículo 11 de la Constitución, seguimos siendo una República)

En esta línea y para reforzar mi posición contraria a la concentración de poder en una persona y al hiperpresidencialismo me remito a  Guillermo O’Donnell, teórico de democracia latinoamericana, quien en alusión a los riesgos y efectos perniciosos de un presidencialismo extremo indicaba que en esas circunstancias el “presidente se aísla de la mayoría de las instituciones” despliega “sus” políticas para convertirse en “ la encarnación del país, principal custodio e intérprete de sus intereses”.

¿Cómo se traducen estos criterios algo densos en la gestión del gobierno del MAS-IPSP? ¿Qué efectos tiene la Evodependencia o la Evolatria en el proceso de consolidación de transformaciones prometidas hace 11 años?

El Evocentrismo diluyó y paralizó el avance del Estado Plurinacional con Autonomías. Después del TIPNIS, el Fondo Indígena y otros escandaletes, se agotó el capital simbólico que hizo de Evo el paladín de emancipación de los indígenas y pueblos secularmente marginados. Lejos de contribuir a su avance, lo distorsiona el ejercer un mesianismo colonizador, es el “tata y padre proveedor”. Folkloriza e instrumenta de manera clientelar su relación con estos pueblos.

Hace un tiempo, un campesino originario de Oruro confesaba profesar incondicional agradecimiento a Evo: “gracias a él y su discurso en las Naciones Unidas, el precio de la quinua ha subido; ante el desplome del precio, la comunidad le pedirá que vuelva para pedir su incremento”. Triste testimonio preñado de fe ciega e ignorancia. Su sindicalismo andino céntrico es permisivo con el avasallamiento de identidades y prácticas de pueblos indígenas de tierras bajas. Con su afán prorroguista manipula el miedo, abusando de la devoción que se le profesa. “Después de mí, el diluvio”, pisotea  lo más valioso de la gestión y tradición comunitaria, la rotación de responsabilidades desde el poder, el repudio a los monarcas. 

El presidencialismo recentralizador le ha hecho un flaco favor al desarrollo institucional de municipalidades y gobernaciones, inhibe el fortalecimiento y funcionamiento  de mecanismos de coordinación y diálogo plural. Su centralismo no tiene que ver con el repunte de una vigorosa burocracia central, sino con la concentración personalísima del poder presidencial y de un entorno dócil, cuyos miembros perdieron la capacidad analítica que algún momento solían ostentar. Carlos Hugo Molina, connotado impulsor autonomista, opinaba que “el Presidente debe aceptar que Bolivia es autonómica y debe dejar de ser gobernador y alcalde”. La trica centralismo, personalismo y clientelismo” se consolida vía varios mecanismos.

Uno de ellos, el millonario programa Evo Cumple, inspirado en uno de similar diseño impulsado por Alberto Fujimori, lleva el sello de la improvisación, sobredosis de propaganda y de modalidades administrativas de excepción.

¡Ojo! que Evo Cumple no se hizo para complementar las debilidades municipales. Para ello, era suficiente reforzar las funciones del sistema de fondos de apoyo preexistentes o del Ministerio de Autonomías. ¿No resulta ridícula la imagen de un presidente que presume de sus faraónicas megaobras compitiendo infantilmente con alcaldes o gobernadores, principalmente opositores, con los cuales debiera coordinar y priorizar inversiones? Ni qué decir de los rasgos monárquicos del ritual de aprobación de proyectos y entrega personal de cheques de Evo Cumple. La tangibilidad de obras municipales le sirven para reafirmar su  vínculo clientelar con la gente a la que a cambio pide, por encima de la ley, pruebitas de amor y obsecuencia sin siquiera sonrojarse.

El mensaje es claro. Detrás del eficaz despliegue propagandístico y discursivo se advierte que Evo es insustituible. Solo él garantizaría el cumplimiento de la Agenda 2025.  Sin “el gran timonel” la ingobernabilidad y la inestabilidad política y económica se ciernen sobre nuestras vidas. Es el único capaz para lidiar con las tensiones internas que bullen al interior del MAS-IPSP, es decir de Conalcam (Coordinadora Nacional por el Cambio). Alternancia democrática significa parálisis; en otras palabras, se pone en duda la consistencia de un proceso de transformación cuya continuidad depende de la presencia del líder providencial.  En otras palabras, el problema del MAS radica en que los caudillos no tienen sucesores, no renuncian al poder, pudiendo ejercer liderazgo desde otros espacios y se empeñan en estigmatizar la emergencia de voces críticas dentro y fuera de su propia estructura. 

El chantaje emocional está cantado. Se siembra miedo y ya no esperanza, se pulveriza la autoestima lograda y las bases de confianza. ¿Es acaso impensable la política con otros liderazgos que, desde el MAS o fuera de él, tomen la posta y hagan  lo que Evo ya no pudo hacer en estos 11 años? No entiende que lo bueno y malo de este tiempo no es el monopolio del MAS ni de Evo.  Las cambios buenos le pertenecen a todos los bolivianos y sería ingenuo negar que no hay nadie más para continuar, corregir y avanzar.

Los efectos contradictorios del culto a la personalidad suman y siguen. Se mira al espejo, él encarna al pueblo y la ley misma. Ilustran este extremo expresiones como “meterle nomás” sin ninguna consecuencia. Pasa todo y no pasa nada, tiene luz verde para manipular la ley a su voluntad y disponer caprichosamente de los recursos públicos. Las cifras son elocuentes. Este año, el presupuesto del Estado le otorga al Ministerio de la Presidencia 2.836 millones de bolivianos, monto que equivale a más de lo que reciben otras 14 carteras de Estado. ¡Nunca antes visto!

El líder providencial concentra poder sin responsabilidad, porque al final, cuando las papas queman resulta que no sabe nada y, lo peor, es que no faltan quienes le creen. So pretexto de vivir crisis reales o imaginarias se le concede poderes extraordinarios, se coloca al caudillo  por encima de las reglas del juego que ordenan la vida del común de los mortales (A esto se le llama Bonapartismo presidencial). De todos, el más pernicioso de los efectos de la Evodependencia es que se le concede el derecho a despreciar la ley, a las instituciones y a la voluntad soberana del pueblo. En suma, estos son los riesgos y consecuencias de empoderar al caudillo que sí debieran dar miedo.

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