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La Razón / La Paz

00:02 / 28 de octubre de 2012

Ay, internet; ay, las redes

Las nuevas tecnologías de comunicación e información, esa revolución; internet, esa inagotable ventana; las redes sociales, esa telaraña de diálogo-encuentro sin límites… Nunca antes habíamos tenido tantos y semejantes instrumentos para expresar, mostrar, decir. Y lo más importante: en pleno ejercicio de nuestras libertades, sin mediaciones, libres de censura. ¿Por qué entonces hay quienes cuestionan estos espacios y hasta pretenden regularlos?

La respuesta a ese por qué es contundente: debido a un “perverso e impremeditado efecto: el de poner en manos de la canalla intelectual y política, del resentido, el envidioso, el acomplejado, el imbécil o simplemente el aburrido, un arma que le permite violar y manipular lo que hasta ahora parecía el último santuario sacrosanto del individuo: su identidad”. Qué tal. Técnicamente se pueden provocar “irreparables daños”.

¿Pero se trata de conspiraciones políticas, conjuras empresariales, maquinaciones culturales? ¿De dónde provienen estas “operaciones delictivas”? “De pobres diablos que tratan de combatir el tedio o la pavorosa sequedad de sus vidas. Necesitan divertirse y ¿no es acaso un deporte divertido envilecer o ridiculizar o poner en situaciones de escándalo a los otros si, además, ello se puede perpetrar con la impunidad más absoluta?”. 

La identidad personal, derecho humano fundamental, “aquello que creíamos el último reducto de la libertad”, puede ser vulnerada y violada a gusto y capricho en la red. También nuestra identidad “nos puede ser arrebatada”. ¿Por quién? “Por tiranuelos y dictadores invisibles que en vez de látigos, espadas o cañones usan teclas y pantallas”. Ah, estos “enemigos de la libertad”. A la larga también lograremos derrotarlos.

En esos términos se expresa, libre de sospechas totalitarias, el probadamente liberal y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Víctima él mismo, dos veces, de suplantaciones de identidad, quiso hacer algo. Consultó a sus abogados, preguntó a sus amigos fanáticos de la red. Y con impotencia tuvo que concluir que ante esa canalla, las veces anónima, no hay nada que hacer. “O, más bien, sí: tomarlo a la broma y olvidarse”. Ay, internet; ay, las redes sociales.

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