Animal Político

Federalismo: preludio de una autonomía frustrada?

El planteamiento de federalismo hoy nos muestra que la autonomía no está llenando las expectativas de los ciudadanos; otra hipótesis es afirmar que la autonomía no es conocida en su verdadero alcance, por tanto, la sociedad civil la ignora, dejando de lado sus virtudes.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Ángel Foronda

00:02 / 16 de agosto de 2015

Los conflictos suscitados en anteriores semanas entre el Gobierno y el Comité Cívico Potosinista (Comcipo) han vuelto a sacar a luz una vieja demanda como es el federalismo. Esta propuesta no es reciente, ella tiene data desde el siglo XIX, cuando destaca el debate en torno a la denominada Guerra Federal.

La bandera federal surgió en otros momentos y escenarios, y su procedencia regional es diversa: la enarbolaron, entre otros, los parlamentarios Lucas Mendoza (Cochabamba), Adolfo Mier (Oruro) o Andrés Ibáñez (Santa Cruz). Para el siglo XX, la enseña federal es cambiada por la descentralizadora; y para el XXI surge como nueva la autonómica. En 2010, cuando comienza a funcionar el proceso autonómico, resurge el planteamiento federal de Potosí; poco después, este pedido fue replicado por entes cívicos de Tarija y Santa Cruz; paralelamente, se crea la agrupación ciudadana Fuerza Republicana Federal (FRF), cuyo objetivo es buscar la consolidación de un Estado federal.

HISTORIA. Como se ve, el federalismo fue un tema presente a lo largo de la historia. ¿Qué lectura podemos dar a estos procesos y demandas? En realidad, lo que está en juego es la distribución territorial del poder, la denominada (en el ámbito tecnocrático) “división vertical del Estado”. Podríamos intentar entender las causas de la demanda federal a partir de dos etapas: en primer lugar, las observaciones que surgen al desempeño directivo del gobierno nacional y/o de los gobiernos subnacionales; segundo, se da en el campo de generación de ideologías y modelos civilizatorios a partir de la formulación de propuestas de modelos de Estado que pueden apelar a la descentralización, autonomía y/o federalismo.

La primera etapa se concentra en observar el desempeño directivo del Estado, al ver que éste, en cualquiera de sus niveles, es incapaz de resolver los problemas de la ciudadanía. Esta situación provoca un proceso de movilización de organizaciones de la sociedad civil, como la de Comcipo, reclamando la atención y formulación de políticas públicas que resuelvan los problemas desatendidos o mal atendidos. Si no existe un proceso de respuesta a las demandas y que genere un escenario de lo que el profesor mexicano Luis Aguilar denomina “gobernanza”, comienza una fase de frustración respecto al modelo de Estado vigente, lo cual podría llevarnos a la segunda etapa.

Ese primer período puede durar muchos años; pensemos, por ejemplo, en el adormecimiento de las demandas de descentralización en el nivel departamental boliviano y que resurgieron a partir de 2004, pero esta vez bajo la bandera autonómica  encabezada por Santa Cruz.

La frustración mencionada puede desembocar en el desahucio del modelo de Estado vigente y, por ende, del modelo de Administración Pública existente. En este contexto es que se ingresa al segundo momento, de una disputa política intraterritorial por el poder detentado por el Estado. Este escenario es lo que perfectamente graficaría la inversión realizada por (Michel) Foucault del aforismo de (Carl von) Clausewitz, al señalar que “la política es la continuación de la guerra”.

Así, la demanda por política pública migra hacia la demanda por un nuevo diseño estatal y acá es donde emergen las propuestas de Estado que tienen por detrás un sustento ideológico. La disputa se abre para que el modelo estatal vigente sobreviva o sea cambiado; incluso el conflicto se traslada a que prevalezca una de tantas propuestas existentes. Lo dicho se grafica en nuestra historia reciente cuando entre 2003 y 2004 emergieron diferentes propuestas de reformar el Estado de ese entonces, bautizado como “neoliberal”. Esto se da a causa de que dicho Estado ya no cumplía las expectativas; fruto de ese proceso se aprobó un modelo plurinacional y autonómico; ello estuvo precedido por grandes batallas en escenarios formales e informales. Podemos citar los hechos de la Calancha en Sucre, Porvenir en Pando, el cerco al Congreso en La Paz para aprobar la convocatoria al referéndum constitucional, el referéndum revocatorio, entre otros. 

AUTONOMÍA. Volvamos al punto de partida. ¿Cómo explicar la demanda de un Estado federal ante un Estado autonómico que apenas acaba de cumplir cinco años? Podemos señalar que estamos en el preludio de la “crónica de una autonomía frustrada”. Preludio, entendiendo esto como “el antes de que pase algo”, lo que podría evitarse. El planteamiento de federalismo hoy nos muestra que la autonomía no está llenando las expectativas de los ciudadanos; otra hipótesis es afirmar que la autonomía no es conocida en su verdadero alcance, por tanto, la sociedad civil la ignora, dejando de lado sus virtudes. Si se observa el catálogo competencial contenido en la Constitución, podemos afirmar que algunos puntos del pliego petitorio de Comcipo podrían ser atendidos desde los gobiernos departamental y municipales de Potosí. Esto no deslinda los compromisos asumidos por el Gobierno, puesto que otros tantos puntos son de su competencia; por ejemplo, la construcción de un aeropuerto internacional.

Lo cierto es que la frustración viene de una falta de política pública comprometida ya en 2010 con los acuerdos firmados entre Potosí y el Gobierno, año en que curiosamente la autonomía comenzaba a dar sus primeros pasos. Pero, detrás de todo esto, no puede olvidarse un tema que acá solo lo mencionaremos: nuestra dependencia de un modelo extractivista, que se ve reflejada con mucha intensidad en los ingresos de los gobiernos autónomos; el dilema en este contexto es la capacidad de generación de ingreso por las autonomías y su capacidad de gasto sobre la base competencial existente y en relación a las demandas regionales.

La bandera del federalismo se propone, entonces, por tres razones. Primero, por el incumplimiento de acuerdos del Gobierno, lo que pone en entredicho su capacidad directiva para atender al hermano departamento. Segundo, se tiene una ausencia o cuando menos una débil vocación autonómica para acudir a los mecanismos que la autonomía nos ofrece, siendo que muchas de las demandas deberían ser solucionadas por los gobiernos subnacionales. Tercero, la ausencia de un diseño económico financiero que permita tener ingresos propios para los gobiernos subnacionales, además de criterios del gasto territorial.

No se puede pasar por alto este síntoma de frustración que hoy se hace visible a través de las protestas potosinas. Ciertamente es muy pronto pensar en federalismo; incluso se podría cuestionar esta idea, ya que el modelo autonómico boliviano es un diseño potencial, que sin duda requiere ajustes, pero en esencia ofrece alternativas que pueden irse potenciando en el tiempo.

El nivel central tiene un rol fundamental: por una parte, debe cumplir lo comprometido y, por otra, tiene el deber de orientar el proceso autonómico hacia donde la generación de una pedagogía de ello es indispensable. Al fin y al cabo, la autonomía debería ser ejercida desde el municipio, el departamento, el territorio indígena y la región, y no así esperar acciones del nivel central, porque es muy probable que la espera  de una respuesta sume otra frustración. Se trata de un tema de vocación autonómica: ¿se hace autonomía desde el centro o desde la región?

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia