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Fernando Díez de Medina, creador de mitos profundos

En la actualidad, toda la prédica andina de Fernando Díez de Medina empieza a tener sentido en la política. Los pilares teóricos del gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) son similares a la idea trazada por aquél, en cuanto a su contenido, emotividad, imaginario y superstición.

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Zárate

00:03 / 23 de noviembre de 2015

A los 32 años, Fernando Díez de Medina (1908-1990) publicó una biografía titulada Franz Tamayo. Hechicero del Ande (1942). Pasaron solo 15 días para que este libro diera lugar a una polémica muy sonada con el propio biografiado. El poeta Franz Tamayo (1879-1956) calificó al libro como una agresión directa a su persona y su estirpe de “sangre india”. La respuesta al biógrafo llevó el título Para siempre. En este folleto, Tamayo descargó su furia contra su devoto admirador incriminándolo por desconocer a los Tamayo tanto en Perú como en Bolivia. Lo catalogó de “calumniador”, “difamador”, “rufián” y “triple cretino”. La respuesta inmediata de Díez de Medina al “Hechicero del Ande” tuvo por título Para nunca. En estas líneas, defendió su obra con energía y pasión frente a su denostador. A raíz de este altercado con Franz Tamayo, Díez de Medina fue adquiriendo relevancia en el campo académico y, posteriormente, en la política.

TIERRA. Cinco años más tarde, nuestro autor publicó una colección de estudios literarios y sociológicos bajo el título de Thunupa (1947). A partir de ese momento, gran parte de su producción literaria y política estuvo enérgicamente influida por concebir “una mística de la tierra”. Lo arcano del Ande fue la guía espiritual que inspiró al propagador de “mitos profundos” en: Pachakuti, Siripaka, Sariri, Nayjama, Ollanta el jefe kolla, La teogonía andina, Imantata, Copakawana y Tiwanaku.

A finales de la década de los 40,  jóvenes encabezados por Díez de Medina organizaron un efímero grupo denominado Pachakutismo. Lo que motivó a crear este partido político —según él— fue la desnaturalización de la cosa pública: “El país tiene un fondo de inercia que lo arrastra todo hacia abajo. ¿Para qué luchar?” Este sentir existencial, que condensa el desorden, la indiferencia y el escepticismo frente a la política, pretendió ser alivianado por el Pachakutismo. Para Díez de Medina, una de las contrariedades de la época fue el sentido de país: “No podemos hablar de patria en sentido integral, mientras el indio siga como paria y el cholo (mestizo) de elemento disolvente. Hay que redimir al indio. Hay que dignificar al cholo”. Para este cambio de mentalidad, el Pachakutismo propuso una “metanoia” (‘retractación’). Esto significó una mutación del alma: “Propugnamos la revolución moral, antes que la revolución política”.

Obviamente, los portavoces y reformadores de la nueva Bolivia estarían en manos de los dirigentes del Pachakutismo: “Si los indios, los cholos, los obreros y los empleados no tienen quienes les defiendan, nosotros hablaremos por los empleados, por los obreros, los cholos y los indios”. La prédica moralizante de este partido fue plasmada en Siripaka (La batalla de Bolivia) y Aynoka (Ideario del Pachakutismo), ambos publicados en la década de los 50. Entre los principales dirigentes del Pachakutismo figuraban Gonzalo Romero, José Romero, Renán Estenssoro, Carlos Serrate Reich, Guillermo Rivera, Armando Montesinos, Jaime Otero Calderón, Mariano y Fernando Baptista Gumucio, entre otros. Cabe señalar que los propios partidarios de esta corriente indianista advertían sus limitaciones a corto plazo: “No es un programa inmediato de gobierno, sino el planteamiento necesario para los próximos cincuenta años”.

A mediados del siglo XX, Díez de Medina publicó Nayjama (1950). El autor se pregunta a sí mismo en sus páginas: “¿Pero es que hubo verdaderamente una gesta andina? (…). Si la hubo, alcanzaré su huella. Si no la hubo, voy a fabular la vida”. El hilo conductor que trazó el autor de Nayjama fue conferir profundidad cósmica a las montañas, al paisaje, al indio y a los animales. Esta introducción a la mitología andina le valió el Primer Gran Premio Nacional de Cultura en Bolivia en 1951, que le fue concedido por el odiado gobierno del “sexenio”. Un año más tarde, toma el poder el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en abril del 52. Muchos intelectuales y políticos se sumaron a los victoriosos. Nuestro autor ingresó a filas del movimientismo por sus credenciales nacionalistas. Todavía resonaban las páginas de su libro Pachakuti (1948), donde denunciaba (al igual que el Chueco Céspedes y Carlos Montenegro) a los multimillonarios Simón I. Patiño y Carlos Víctor Aramayo por la defraudación de impuestos al Estado.

EDUCACIÓN. El 30 de junio de 1953 se nombró una Comisión para el Estudio de la Reforma de la Educación (1953-1955). La dirección estuvo presidida por Díez de Medina. El resultado de la investigación fue la promulgación del Código de Educación (1956). Luego fue nombrado Ministro de Educación (1956-1957). A tres meses de dejar el cargo ministerial, es designado Embajador ante la Santa Sede. En la década de los 60 terminó excluido, posteriormente se apartó del MNR. Años más tarde, reapareció como colaborador de los regímenes castrenses de René Barrientos, Hugo Banzer, Juan Pereda y Luis García Meza.

A inicio de los 80, Díez de Medina terminó persuadido por su labor intelectual, creyó que su labor académica sería reconocida en el ámbito mundial por medio del Premio Nobel de Literatura: “No puedo creerlo. Sinceramente pienso que en Sudamérica hay escritores de mayor mérito que el mío; ¿o será que algunas de mis obras como Nayjama, Ollanta y La teogonía andina tienen una jerarquía que yo mismo ignoro?”, escribe en sus memorias. Hasta el día de su muerte el “maestro del Ande” esperó ansiosamente el reconocimiento mundial en su morada en Sopocachi.

Pero había algo mucho más fuerte que agobiaba la vida del escritor a partir de la década de los 70: las deudas contraídas por su amado hijo. Parte del crédito financiero fue cubierto por él. Al no poder pagar sus compromisos con el Banco —en un lapso de desesperación— llegó a escribir: “He dicho al Señor que con gusto renunciaría al Nobel si se me concede que pueda sacar a mi hijo del fango de las deudas”. Terminó sus días quebrantado, decepcionado, olvidado en vida y con una interrogante en su corazón: “No me rebelo ante el destino pero pregunto: ¿Por qué, Señor, por qué?”.

in duda, fue uno de los grandes impulsores de ideas autóctonas en Bolivia. Su doctrina indianista no tuvo asidero en su época por ser el tiempo de mineros y campesinos. En la actualidad, toda esa prédica andina empieza a tener sentido en la política. Los pilares teóricos del gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) son similares a la idea trazada por Díez de Medina en cuanto a su contenido, emotividad, imaginario y superstición. Por otro lado, este autor nos revela los tortuosos caminos del intelectual. Estas ideas andinas pueden ser utilizadas de forma instrumental: el hablar en nombre de las mayorías postergadas es un mero pretexto para los verdaderos intereses de estos apologistas de la indianidad, la toma del poder o, en el mejor de los casos, conseguir un cómodo cargo en la administración pública.

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