Animal Político

¿Fin del capitalismo democrático?

Estamos saliendo de la alianza del capitalismo y la democracia que evocaba Lenin. Hoy la democracia es cada vez más un problema para el capitalismo. El divorcio entre ambos implica que el espacio público probablemente se vaya a contraer en los próximos años y décadas.

La Razón (Edición Impresa) / Razmig Keucheyan

00:01 / 18 de mayo de 2014

La izquierda europea está hoy en día en crisis, no hay duda al respecto.  Llama la atención constatar que la crisis más grave del capitalismo desde 1929 no haya beneficiado a la izquierda, ni electoralmente ni desde la perspectiva de un renacimiento de los movimientos sociales y sindicales.  Como la crisis de 1930, la crisis actual parece más bien favorecer a las fuerzas reaccionarias, como el Frente Nacional en Francia y otros movimientos equivalentes en otros países de Europa y el mundo.

Otra característica notable de esta crisis es que ha empujado a los herederos de la socialdemocracia histórica, como el Partido Socialista en Francia, hacia el centro y no a la izquierda. Tanto es así que se hizo más difícil distinguir que estos partidos estén aplicando políticas de la derecha. Si se aplicaron soluciones “neo-Keynesianas” al principio de la crisis, éstas han sido efímeras. Contra toda expectativa, la crisis no ha ocasionado el deceso del neoliberalismo, sistema que se lleva hoy mejor que nunca.

Y entre tanto, la izquierda de transformación social —la denominada “radical” que nosotros representamos— no llega a pesar de manera significativa en esta coyuntura. Ya sea de manera política, sindical, social o intelectual, nuestra izquierda encuentra las peores dificultades para convencer a la población de lo que es evidente: el capitalismo siembra el desempleo y la miseria, el capitalismo genera racismo y conflictos.

¿Cuáles son las razones de esta dificultad de la izquierda para hacerse entender en medio de la crisis? Yo libero dos hipótesis a discusión, aunque de seguro deben haber otras. Mi primera hipótesis: En el texto El Estado y la Revolución, escrito por Lenin en 1917, se sostiene que la democracia es la mejor forma, o la mejor “cobertura” política posible para el capitalismo. Una vez que el capitalismo toma raíz en la democracia, este régimen se revela como el más estable posible. Efectivamente, durante una buena parte del siglo XX, el capitalismo y la democracia han ido de la mano. En el siglo XIX, pocos eran los que creían la alianza entre los dos, este “capitalismo democrático”, como posible.

No obstante, Lenin no vislumbra un punto crucial desde mi punto de vista: para que funcione esta alianza entre el capitalismo y la democracia es necesario que el capitalismo sea lo suficientemente dinámico en el plano económico. La democracia permite a la población formular sus reivindicaciones en términos de salud, educación, seguridad social, infraestructura, etc. Si el capitalismo no produce suficiente riqueza, si se estanca o si está en crisis como ahora, cesa entonces de satisfacer estas expectativas.

En caso de una crisis económica de larga duración, el capitalismo democrático tiene dos soluciones. La primera es endeudarse a fin de mantener un nivel de gastos públicos que permitan contener, al menos en parte, las expectativas de la población; la apariencia de un Estado legítimo depende, en estas circunstancias, de su endeudamiento creciente. La segunda solución posible es que el Estado deje de ser poco a poco democrático, haciéndose sordo a las demandas de la población.

Estas dos soluciones son precisamente la evolución de los Estados europeos en la actualidad: endeudamiento masivo y de-democratización. Es importante visualizar que estos dos fenómenos tienen una misma causa: la incapacidad que tienen los Estados para satisfacer el nivel de gasto público al que se encuentra acostumbrada la población desde la post-guerra, en el contexto de un estancamiento o crisis del capitalismo.

El endeudamiento masivo, está bien entendido, pone a los Estados a merced de los mercados financieros, mismos que fijan las condiciones del préstamo, y por tanto, obligan a los Estados a poner en marcha planes de austeridad, lo que en otras palabras implica la destrucción de los sistemas de protección social.  La de-democratización, por su parte, supone que las instituciones democráticas pierden su vitalidad o aun más, ocasionan que instituciones poco democráticas tomen mayor poder.

En cuanto a esto último, pienso en particular en los bancos centrales “independientes”, o en instituciones aisladas de toda presión democrática como las cortes constitucionales o las cortes de cuentas que van tomando mayor importancia durante estos últimos decenios.

En conclusión, estamos saliendo de la alianza del capitalismo y la democracia que evocaba Lenin. Hoy en día, la democracia se convierte cada vez más en un problema para el capitalismo ya que éste, al no ser lo suficientemente dinámico desde el punto de vista económico, es incapaz de asumir los niveles de gasto público requeridos para atender a la población en los términos anteriores de prosperidad.

El divorcio en curso entre el capitalismo y la democracia implica que probablemente el espacio público se vaya a contraer en los próximos años y décadas. Desde luego que nosotros no vamos a regresar a las condiciones de clandestinidad en las que Lenin hacía política, pero yo apostaría a una situación intermedia: no regresaremos a la clandestinidad, pero tampoco estaremos en los regímenes democráticos que conocimos después de la Segunda Guerra Mundial.

De todos modos, la parte extra-institucional de la política será cada vez más importante en los próximos años. Si queremos influir en el sistema, se lo tendrá que hacer desde la calle, o desde los espacios que estén lejos de las instituciones que son cada vez menos democráticas (por supuesto que esto no significa que se deje de luchar desde dentro de estas instituciones). No obstante, por las razones expuestas, esto podrá ser más difícil que antes.

La Unión Europea es la encarnación de este internacionalismo del capital. Se trata de un proyecto de clase —de las clases dominantes dicho sea de paso— que se ha estructurado en parte para servir a sus intereses.  Se trata de un espacio político donde las clases populares son casi por definición excluidas.

Además, desde el comienzo de la crisis de 2008, las instituciones europeas menos democráticas (en primer lugar el Banco Central, que está fuera de todo control democrático), no han cesado de reforzarse en detrimento de las instituciones que pretenden seguir siendo democráticas como es el caso del Parlamento Europeo.

Sugerir que este sistema podría ser reformado desde dentro o que hay margen de maniobra es, en mi opinión, ignorar la historia y razón de ser de la construcción europea. Desde luego que no se trata de oponerse al internacionalismo del capitalismo con un imposible “nacionalismo de izquierda.” Esto supondría ser poco marxista y poco dialéctico. Pero, para evitar cualquier internacionalismo abstracto y para asegurar que la izquierda pueda finalmente hacerse entender en el contexto de la crisis, se deben identificar de manera precisa las fuerzas sociales y políticas con las cuales se va a intervenir en la coyuntura.

Pero nos guste o no, estas fuerzas están organizadas en el ámbito nacional. Podemos deplorarlo, pero así es. Para lograr un restablecimiento del verdadero internacionalismo, un desvío temporal al nivel nacional parece inevitable. Más precisamente, es necesario plantear un nuevo nexo o una nueva dialéctica entre lo nacional y lo internacional, que no sea en torno al capital.

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