Animal Político

Fin de ciclo o la era del ‘votante medio’?

Argentina muestra que no hay más electorados cautivos ni comicios fáciles, los errores se pagan caro y la capacidad de leer adecuadamente el contexto y las expectativas de los ciudadanos se está transformando en un valor indispensable si se quiere triunfar en la política.

La Razón (Edición Impresa) / Armando Ortuño Yáñez

00:02 / 30 de noviembre de 2015

La victoria del dirigente opositor Mauricio Macri en las recientes elecciones presidenciales en Argentina nos ratifica, una vez más, la naturaleza imprevisible de las decisiones de los electores. Nos recuerda que, con todo y sus imperfecciones, la democracia electoral sigue siendo un pilar esencial del funcionamiento de la política en América Latina. Cualquier cambio político, sea del signo que sea, parece que deberá culminar o ser producto de una elección. Este es un dato crucial para pensar los futuros escenarios políticos de América Latina, y es también una buena noticia.

Este evento es igualmente una ratificación de que no hay hegemonías invencibles y que los dirigentes políticos están obligados a relegitimar y renovar su poder permanentemente, en condiciones cada vez más inciertas y volátiles. No hay más electorados cautivos ni comicios fáciles, los errores se pagan caro, las malas gestiones gubernamentales acarrean costos tarde o temprano y la capacidad de leer adecuadamente el contexto y las expectativas de los ciudadanos se está transformando en un valor indispensable si se quiere triunfar en la política.

Frente a eventos que están rompiendo visiblemente la tendencia electoral que favoreció a las fuerzas políticas nacional-populares por más de una década, el debate se está concentrando en asociar estos hechos a simplificaciones, como la idea de “fin de ciclo”, que sirven para impactar a la opinión pública e insuflar ánimos a los correligionarios. Estamos pasando de una creencia cuasi religiosa en la invencibilidad electoral de ciertos líderes a convencernos de que hay designios de la fortuna que ahora favorecerían a los liberales-republicanos. La conclusión suele ser un “como se pudo allá, aquí también se podrá algún día”. De manera igualmente esquemática, los que se sienten afectados por la derrota del kirchnerismo redescubren la imposibilidad de comparar la situación de Bolivia con la de otros países.

Estas interpretaciones nos distraen de las cuestione esenciales para pensar el futuro: ¿Qué cambios relevantes han sucedido en los contextos sociales, culturales y económicos que facilitan o motorizan estas transformaciones políticas? ¿Cómo se están reconfigurando las percepciones, identidades y expectativas de los artífices de fondo de esos cambios, los votantes? De estas respuestas y de la manera cómo las élites políticas de uno y de otro lado las gestionen dependerá que eventos como la victoria de Macri efectivamente se constituyan en señales premonitorias de un nuevo ciclo político y no se queden en chispazos coyunturales llamativos, pero con escasa capacidad de sostenerse e impactar más allá de su momento y de su contexto local.

Un primer elemento que se debe considerar tiene que ver con la idea misma de “ruptura” y de “inicio” de un nuevo ciclo. Ciertamente la derrota de una fuerza que venía gobernando un país desde hace 12 años es muy significativa, aún más si se considera que este escenario no era el más probable hasta hace un semestre. Tampoco es menor que el recambio lo impulse una fuerza que se asume claramente como polar a las prácticas socioculturales y a las políticas del populismo peronista-kirchnerista. No ganó una “tercera vía” o un peronismo renovado, sino un liberalismo remozado.

Sin embargo, el suceso está lejos de expresar una transformación masiva en los comportamientos de los electores. La elección fue muy justa, dos puntos y algo de diferencia, y fue definida por variaciones en el voto de un segmento relativamente pequeño de electores, no más del 6%. Macri logró, hábilmente, aglutinar al voto tradicional antikirchnerista y convenció, o se subió a la ola, de la necesidad de cambio de un segmento pequeño pero crucial de exelectores del Frente Para la Victoria (FPV).

Así pues, la imagen marcadamente polarizadora y casi épica de los promotores de la idea de “fin de ciclo”, que supone que el cambio es el resultado de voluminosas modificaciones en las orientaciones políticas de la población, contrasta con una realidad más modesta: elecciones altamente competitivas que se ganan con estrechos márgenes gracias a votos volátiles, coyunturales y sin grandes alineamientos ideológicos.

Más que rupturas, estamos quizás ante clásicas alternancias en el poder, fruto del debilitamiento relativo de las coaliciones oficialistas y su reemplazo por otras que para triunfar deben moderar sus radicalismos y apelar a un “votante medio” que en cualquier momento puede cambiar de opinión.

Un segundo elemento llamativo es que estas nuevas coaliciones, para ser competitivas frente a los movimientos nacional-populares, deben sustentarse primero, antes de siquiera intentar seducir al “votante medio”, en una compactación del electorado tradicional liberal-conservador. Son pues coaliciones que pueden modernizar su lenguaje y formas políticas, y moderar sus propuestas liberales, pero que mantienen su identidad en la centro-derecha. La ilusión de que serían las “izquierdas modernas” las que reemplazarían a las izquierdas nacional-populares no se está verificando en la región. Al contrario, en un contexto de cierta normalización del campo político, sin crisis o rupturas bruscas que modifican los comportamientos y expectativas, parecerían consolidarse dos bloques que son entendidos y percibidos como izquierdas y derechas por la gran masa de los votantes, y que en su misma composición sociológica reflejan en gran medida los intereses detrás de esas orientaciones. Bloques que para triunfar deben, no obstante, superar sectarismos para seducir al estrecho porcentaje de electores fluctuantes e indecisos que podrían evitar que sean una minoría del país.

Así pues la identidad del “votante medio” se transforma en determinante en este nuevo juego: ¿quién es? ¿qué desea? ¿qué le preocupa?, son cuestiones fundamentales. Jaime Durán Barba, el asesor favorito de Macri, sostiene que se trata de individuos con escaso interés en la política institucional, preocupados por necesidades materiales pero también por aspiraciones de reconocimiento social, imbuidos de valores ligados al consumo pero también con la meritocracia y una búsqueda de modernidad. Es interesante anotar que este perfil parecería haberse masificado en contextos en los que las necesidades de la sociedad están transitando de aspectos tales como la estabilidad política o el mantenimiento de condiciones sociales básicas, propias del mundo de las grandes crisis de los años 90, hacia otros con otra “cualidad”, propios de los mundos pospopulistas, es decir de los contextos en los que hay grandes segmentos de población que han mejorado sus ingresos, que han ingresado al consumo y que tienen menor temor a la inestabilidad política y social, porque no la han conocido o porque ya no se acuerdan de ella.

Los votantes posmaterialistas que se imaginaba Durán Barba en sus textos de hace 10 años, cuando empezó a asesorar a Macri, habrían sido, entre otras cosas, un producto masivo del largo ciclo populista que trajo estabilidad y crecimiento a la Argentina. Paradojas de la vida.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia