Animal Político

Gabriel Tabera Soliz, un año de ausencia

Con una línea crítica y de denuncia permanente, se pronunció en contra de las transnacionales y el despojo de las riquezas naturales en nuestro país, las inequidades, desigualdades y las injusticias, afirmando la defensa de los intereses de los pueblos, sobre todo.

La Razón (Edición Impresa) / Vania Solares Maymura

00:03 / 09 de noviembre de 2015

Era como si estuviera listo, ligero, atento al último viento fuerte para elevarse. Sus ojos tenían algo más que nostalgia y se sentía como si cayeran todas las estrellas juntas, la noche, el cielo y Dios. Un firmamento colmado de luces se detenía por completo dentro su pecho. Su corazón, sus lunas y sus soles, dejaban de latir de facto y sin dejar ni un solo amén en su boca.

Despeñaban por los cielos paceños, dos años antes, meteoritos, estrellas fugaces más errantes que nunca en aquellos ocasos primaverales cruzados por los hados. Esferas que se incendiaban mientras caían en algún lugar de la tierra y que en mi ventana, presagiaban, como señales divinas, su partida.  

El 24 de noviembre de 2014, Gabriel Tabera Soliz junto a los ángeles que levantaban una a una las estrellas caídas, se lo llevaban iluminado. Por un camino, rodeado de las Flores de Bach que recogí, para aliviar los dolores y ayudar a crecer campiñas con sus recuerdos y ausencias. Jamás despedirlo, las evocaciones del pasado ya desprendían el perfume de esos brotes curativos y los recuerdos se soldaban solitos entre la tierra y el cielo.

NACIMIENTO. El niño de las pecas. Nació el 5 de julio de 1959, en la ciudad de La Paz llena de madrugadas diáfanas y eternidades. Tenía la piel tan blanca que sin dificultad se veían las venas azules de su menudo cuerpo, como recordaba siempre su madre. Cabellos rizados que seguramente eran dorados, porque cuando lo conocí, los tenía entre rubio y bermejo oscuro. 

A los ocho años tenía la cara llena de pecas y motas, como en las fotografías en blanco y negro que descubrí la primera vez que lo visité en su casa, hace 15 años. Tenía los ojos color verde agua, a veces melaza de caña, o solo color miel. Una mirada por la que fácilmente se veía un interior soleado y se sentía calidez.

Era el segundo de seis hermanos. El de la batuta para las diabluras, el de las ideas para ensuciar con barro el piso de madera que todos los días limpiaba su hermana mayor, Elizabeth, y el que, con un tapete de croché en la cabeza, celebraba misas a modo de travesuras, como el sacerdote para escuchar las confesiones de sus hermanos y enterarse de sus secretos.

El primer día que visité su casa, su madre Emma Soliz Torrico, me contó que su mayor deseo era que su hijo Gabriel sea realmente un cura. Detrás de ese íntimo anhelo de años, estaba una historia que para ella nunca dejó de doler y que la recordaba tristemente en varias reuniones familiares. Cuando él tenía 17 años, estuvo al borde de la muerte por una peritonitis y la última alternativa era invocar, con las oraciones, los milagros del cielo. El médico le pidió de inmediato que firme la autorización para la cirugía y lo hizo junto a una promesa a la Virgen, ofrendándole la vida de su hijo para servirla como sacerdote católico.

MILITANTE. El militante consecuente. A los 18 años, Gabriel ingresó a la carrera de Economía en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y se involucró políticamente, de inmediato, con las corrientes trotskistas, para reafirmar ya sus ideologías revolucionarias, adquiridas desde muy joven. 

Su credo había cambiado por completo y de los años de escuela, en los que seguía fielmente la religión católica junto a la filosofía del colegio Don Bosco, donde su padre Germán Tabera Herrera era un destacado profesor, se perfiló después como un comprometido defensor de la clase obrera de nuestro país, del sindicalismo, un militante consecuente, férreo y honesto; partidario de los líderes políticos León Trotsky, Federico Engels y Carlos Marx. 

Como alumno del colegio Don Bosco, todos los años enorgullecía a sus padres con sus libretas llenas de sietes, hasta que por un error de dactilografía, un cura le puso un cinco y doña Emma decidió cambiarlo de colegio, pese a las reiteradas disculpas de su profesor. Se bachilleró en el Colegio Boliviano Canadiense, también con los mayores reconocimientos. En la carrera de Economía, los catedráticos incluso le adeudaban más notas, por las calificaciones que superaban las máximas.  

Mientras estudiaba, trabajaba ya en actividades relacionadas a la comunicación y el periodismo. Comenzó con la radio desde muy joven y emprendió luego toda una especialidad en el área económica como editor en importantes medios de comunicación, como La Razón, en tres etapas; Presencia, en el Semanario Nueva Economía, Última Hora y La Época.

Consciente de la gran necesidad de aportar a la formación y especialidad de periodistas en el área de economía en los medios de comunicación, logró organizar el primer círculo de periodistas económicos que se llamó Cipeco, congregando a trabajadores de la prensa, de la televisión, radio y de medios alternativos.

Cuando lo conocí, el año 2000, comenzaban las primeras difusiones de la agencia de informaciones Econoticias, fundada por él y por otro periodista especializado en el área económica. Sin embargo, la falta de publicidad, de patrocinadores y contratos por parte de los medios de comunicación, derivaron en su inminente cierre.

AGENCIA. Econoticias, entre sus mayores logros. Fue la mayor satisfacción de Gabriel, posteriormente, crear el primer periódico digital boliviano en temas económicos, ampliándose después a temas políticos, sociales, reportajes y crónicas. Econoticiasbolivia.com logró tener una fuerte presencia, a través de la información que se producía diariamente y las investigaciones periodísticas, en sitios virtuales de gran importancia a nivel latinoamericano y en otros continentes. Con una línea crítica y de denuncia permanente, se pronunció en contra de las transnacionales y el despojo de las riquezas naturales en nuestro país, las inequidades, desigualdades y las injusticias, afirmando la defensa de los intereses de los pueblos, sobre todo. 

La primera vez que lo vi, era tan grande que de inmediato tuve que sacarme los zapatos de taco alto. De él escuché diariamente la palabra humildad junto a sus obras y el contacto muy cercano con la gente. Me convertí, rápidamente, en discípula de su doctrina de humildad, sabiduría y transparencia. Y cómo no amar a un ateo así, hijo de Dios por completo, que pensaba que la única forma de luchar contra la pobreza era cambiar el modelo económico injusto del mercantilismo y el capitalismo, también con el aporte de cada uno y su conciencia. 

HOGAR. Un amor para siempre. Lo había convocado como periodista para pedirle su asesoramiento sobre un tema económico para la sección de Presencia, donde yo trabajaba. Después de esa primera colaboración, nunca más pudimos desvincularnos y aunque luego del cierre de ese periódico viajé, por varios meses al exterior, nuestra relación se fortalecía a través de la comunicación permanente por internet. Y era solo una pantalla la que nos distanciaba.   

Cuando volví, cuando lo encontré, todo estaba cabal y se reinventaban uno tras otro los inviernos, las primaveras, otoños con estrellas y las lunas vacías que se volvían a llenar. En 2003 nació nuestro Santiago Gabriel y un año y ocho meses después, en la casa de las ventanas chiquitas ya existía nuestra María Manuela.

Parecía simplemente otro de mis grandiosos sueños. Los ocasos de esa primavera, me regalaban a través de un pequeño cristal, la caída de estrellas fugaces, mientras los espíritus celestiales se lo llevaban más que nunca iluminado, por los caminos gloriosos.

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