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Galeano, 4 o 5 décadas después, tenía razón?

Una lectura de las certezas teóricas de Eduardo Galeano a partir del lente de la coyuntura del siglo XXI muestra que el uruguayo dejó  muchos equívocos.

La Razón (Edición Impresa) / Diego Ayo Saucedo

00:02 / 03 de mayo de 2015

Es justo reconocer que ilustres intelectuales como Gunter Franck, Fernando Henrique Cardoso, Theotonio dos Santos o el mismo Eduardo Galeano tuvieron la sensata intención de desarrollar un pensamiento propio que explique el devenir de América Latina. Apostaron pues por una autonomía intelectual que explique la realidad con “cabeza propia” (Osvaldo Sunkel). Tampoco es de desmerecer la impronta de sus escritos, basada en la denuncia enfática de las asimetrías mundiales, visualizadas fundamentalmente en la certeza de que América exportaba materias primas e importaba productos manufacturados. Y ni siquiera, al menos en el caso de Galeano, se puede obviar la fuerza (poética) de sus palabras, capaz de inspirar a muchas generaciones a no permanecer pasivas frente a una realidad injusta y opresiva. Por ello, lo que sigue no desvaloriza su aporte, aunque matiza su alcance o procura hacerlo. Y lo hago planteando una lectura, desde lo que acontece en el presente, de la tesis central de Galeano: “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”. A partir de esta sentencia se afirma que el continente fabrica sirvientes, contempla la muerte evitable de miles de niños, recibe a trasnacionales codiciosas, sufre los decesos de guerrilleros en el mismo útero materno y un largo etcétera de frases y dichos inobjetablemente conmovedores, cuyo desenlace solo puede ser uno: hay que aplicar la violencia para salir de esta situación oprobiosa.

Vuelvo a lo prometido: leer esas certezas teóricas desde el lente de esta coyuntura del siglo XXI (me baso en gran parte en el libro de Kishore Mahbubani, The Great Convergence. Asia, the West and the Logic of One World, Public Affairs, 2013). Comienzo con lo siguiente: en 2000, el 53% de las clases medias del mundo estaban dispersas entre Europa y Estados Unidos, el 28% en Asia y el 10% en América Latina.

¿Cómo va a ser esa distribución en 2020? Pues en ese año, el 32% residirá en Europa y Estados Unidos, en Asia estará el 53% y en América Latina el 8%. Vale decir, el mayor progreso de nuevas poblaciones se ubica y ubicará en Asia. ¿Dónde? Precisamente en aquellos países que han desarrollado modelos económicos de libre mercado, desde Singapur, Taiwán o Corea del Sur. Pero, ¿y América Latina? La proyección que se ofrece en alguna investigación es que el auge de prosperidad vivido en los primeros años del nuevo milenio, que desembocó en el empoderamiento de nuevas clases medias en el continente no solo cesará, sino tenderá a una reversión lenta pero segura. ¿Por qué? Gran parte de la explicación reside en el excesivo proteccionismo, intervencionismo y dirigismo estatal que caracteriza la dinámica económica de los países “progresistas” (aquellos de la Patria Grande), más ocupados en denunciar al imperialismo, negar las virtudes del mercado, insuflar de nacionalismo económico a los ciudadanos (más propensos a estirar la mano y pedir la cuota correspondiente proveniente de la renta hidrocarburífera o minera), entre otras recetas muy propias del discurso galeanista. En todo caso, si verdaderamente creemos que las tesis del autor uruguayo son ciertas, y es que lo son, es menos por culpa de agentes externos que por ineptitud propia. Lo demuestra el despegue impresionante de los países asiáticos, que aún siendo “países en desarrollo” lo han hecho indudablemente mejor. Sí, nos hemos especializado en perder, pero sobre todo por repetir consignas dogmáticamente, evitando emplear esa energía revolucionaria en crear y producir.

Asimismo, queda demostrado que la violencia no había sido la solución para enfrentar al imperio. A la luz de evidencia empírica actual, surge una certeza exactamente opuesta a este axioma latinoamericano: mientras más inversión extranjera directa haya en un país en desarrollo, menos violencia se produce. Lo que se detalla es que a cada 10% de incremento de inversión gringa, europea o japonesa en nuestros confines “tercermundistas”, el riesgo de conflicto se reduce en 3%. Eso no es lo único digno de resaltarse. Conviene mencionar que uno de cada 20 millones de ciudadanos de países en desarrollo mueren por culpa de la injerencia violenta del imperio (las guerras causadas por este maligno ser), pero 1 de cada 19.000 ciudadanos muere por causa de accidentes automovilísticos. Vale decir, la emotividad de Galeano debería fijar la atención, si de salvar vidas se trata, en el transporte, antes que en el imperio. Finalmente, resta decir que nunca en la historia de la humanidad hubo tan pocos muertos con relación a la cantidad de población existente. Antes de la Revolución Industrial se contabilizaban 500 muertos por cada 100.000 habitantes. En el sangriento siglo 20, hubo 70 fallecidos por los mismos 10.000 habitantes y hoy es de 30. No hay duda de que estos datos sugieren que la invocación a la violencia de nuestro autor como solución a la miseria fue desmentida por la historia. La solución pasa por el decremento de ésta y el aumento de soluciones negociadas.

También me interesa remarcar que el Occidente cruel que deja traslucir la pluma de Galeano tiene poco que ver con lo que dice el siglo 20. Basta ver que a comienzos del siglo anterior solo el 25% de la humanidad era alfabeta. A final del siglo el 75% logró alfabetizarse. Gracias, sin duda, a la introducción de la noción de derechos humanos, un invento muy occidental. Lo propio ocurrió con la salud: en 1900 solo 1/5 de la población humana fue bendecida con la vacuna pentavalente, mientras que en 2000 la estadística alcanzaba los 4/5. Hay más ejemplos, pero requería más espacio. Quede solo la certeza de que la “avidez” de los conquistadores vino también de la mano de enormes ventajas que nos han hecho mucho mejores.

Sintetizo: menos guerra, más aprovechamiento de los lazos con occidente y más clase media ligada al mercado han sido los factores que han posibilitado progresar como humanidad, incluida América Latina. Recetas que no tienen nada que ver con las frases de cabecera de Galeano: no al occidente, no a la empresa privada y sí a la violencia. Me encantaría creer que su equívoco se fue con él. Pero no es cierto. Hay miles que corean sus máximas, como mantras religiosos, asegurando para nuestro continente un destino menos luminoso de lo que él mismo hubiese querido.

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