Animal Político

Galeano interpreta nuestra historia

Quien tenga responsabilidad intelectual tendría que convenir en que Galeano, con sus textos, nos enseñó y nos enseña a leer o releer nuestra realidad.

La Razón (Edición Impresa) / Remberto Cárdenas Morales

00:01 / 03 de mayo de 2015

Eduardo Galeano afirma que Gabriel René Moreno era racista y que Arguedas vivió en París pagado por Patiño. Los escritos de este uruguayo y latinoamericano nos hacen pensar porque son diferentes a esa otra historia de los vencedores o de los sectores dominantes de la sociedad, reducida a fechas y autores, en vez del estudio de la historia como proceso.

Por su contenido y por su forma, los escritos de Galeano expresan el sentido y los intereses de la gente del pueblo; por lo que creemos que este uruguayo universal militaba por sí y por esos sectores sociales. En una nota suya señala: “Hace más de cien años, el historiador Gabriel René Moreno descubrió que el pueblo boliviano era ‘celularmente incapaz’. Él había puesto en la balanza el cerebro indígena y el cerebro mestizo, y había comprobado que pesaban entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de raza blanca”, dice en Memoria del fuego.

Sobre el historiador Arguedas, también en ese libro, afirma: “El boliviano Alcides Arguedas, becado en París por Simón Patiño, publica un nuevo libro llamado Pueblo enfermo. El rey del estaño le da de comer para que Arguedas diga que el pueblo de Bolivia no está enfermo: es enfermo.”

De Juana Azurduy, en el libro citado, anota: “Juana cabalga en las montañas al frente de los hombres. Su chal celeste flamea a los vientos. Un puño estruja las riendas y el otro parte cuellos con la espada.” “Todo lo que come se convierte en valentía. Los indios no la llaman Juana. La llaman Pachamama, la llaman Tierra.”

Asimismo, destaca los aportes a la reforma o revolución de la escuela, del maestro de Bolívar, Simón Rodríguez: “Con una escuela modelo en Chuquisaca, Simón Rodríguez inicia su tarea contra las mentiras y los miedos consagrados por la tradición. Chillan las beatas, graznan los doctores, aúllan los perros del escándalo: horror: el loco Rodríguez se propone mezclar a los niños de mejor cuna con los cholitos que hasta anoche dormían en  la calle. ¿Qué pretende?, ¿quiere que los huérfanos lo lleven al cielo?, ¿o los corrompe para que los acompañen al infierno? En las aulas no se escucha catecismo, ni latines de sacristía, ni reglas de gramática, sino un estrépito de sierras y martillos insoportable a los oídos de frailes y leguleyos educados en el asco al trabajo manual. ¡Una escuela de putas y ladrones! Quienes creen que el cuerpo es una culpa y la mujer un adorno, ponen el grito en el cielo: en la escuela de don Simón, niños y niñas se sientan juntos todos pegoteados; y para colmo, estudian jugando.”

Acerca del “tata Belzu”, destaca: “Una marea de indios sublevados ha devuelto el poder a Belzu. Manuel Isidoro Belzu, el tata Belzu, vengador del pobrerío, verdugo de doctores, regresa a La Paz en oleaje de multitudes.”

“Mientras gobernó, hace unos años, la capital de Bolivia estuvo donde él estaba, en las ancas de un caballo; y los dueños del país, que desataron contra él más de cuarenta golpes militares, no consiguieron voltearlo. Lo odiaban los mercaderes extranjeros, porque Belzu les prohibió la entrada y amparó a los artesanos de Cochabamba ante la invasión de ponchos fabricados en Inglaterra. Le tuvieron terror los leguleyos de Chuquisaca, por cuyas venas corre tinta o agua; y también conspiraron contra él los señores de las minas, que jamás pudieron dictarle un decreto.”

Respecto del alzamiento de alteños y paceños (2003), el autor de Las venas abiertas de América Latina, relata: “Una inmensa explosión de gas: eso fue el alzamiento popular que sacudió a toda Bolivia y culminó con la renuncia del presidente (Gonzalo) Sánchez de Lozada, que se fugó dejando tras sí un tendal de muertos.”

Sigue Galeano: “El gas iba a ser enviado a California, a precio ruin y a cambio de mezquinas regalías, a través de tierras chilenas que en otros tiempos habían sido bolivianas. La salida del gas por un puerto de Chile echó sal a la herida, en un país que desde hace más de un siglo viene exigiendo, en vano, la recuperación del camino hacia el mar que perdió en 1879, en la guerra que Chile ganó.”

“Pero la ruta del gas no fue el motivo más importante de la furia que ardió por todas partes. Otra fuente esencial tuvo la indignación popular, que el Gobierno respondió a balazos, como es costumbre, regando de muertos las calles y los caminos. La gente se ha alzado porque se niega a aceptar que ocurra con el gas lo que antes ocurrió con la plata, el salitre, el estaño y todo lo demás.” “La memoria duele y enseña: los recursos naturales no renovables se van sin decir adiós, y jamás regresan.” Así analiza el uruguayo y latinoamericano ese episodio de la historia boliviana.

Compartimos, asimismo, la afirmación de Carlos Soria Galvarro en sentido de que Galeano, en Las venas…, muestra que las riquezas mineras, oro y plata, sobre todo, contribuyeron a la acumulación originaria del capital, es decir, que esos recursos mineros, antes que beneficiar a España, sirvieron para que la economía mercantil se convierta en capitalismo.

Las venas… en aquella parte referida a lo que hoy es Bolivia —la que nos interesa para esta nota— otra vez son un ensayo histórico-literario o una interpretación histórica escrita con el estilo de Galeano, aunque éste en una ocasión dijo de su libro, muy apreciado en esta región, que es de economía política.

Sobre la revolución democrática y burguesa del 9 de abril de 1952, Galeano escribe: “Tambor del pueblo que bate y rebate y dobla y redobla, venganza del indio que duerme como perro en el zaguán y saluda al amo hincando las rodillas: el ejército de los de abajo ha peleado con bombas caseras y cartuchos de dinamita, hasta que por fin cayó en sus manos el arsenal de los militares.”

En otro fragmento de Memoria de fuego, su autor dice: “En los campos de toda Bolivia se viven tiempos de cambio (1952), vasta insurgencia contra el latifundio y contra el miedo, y en el valle de Cochabamba también las mujeres lanzan, cantando y bailando (en la fiesta de Santa Vera Cruz Tatala), su desafío.” Las dos últimas notas de Galeano citadas son, también, creaciones y recreaciones literarias e históricas.

Quien tenga responsabilidad intelectual tendría que convenir en que Galeano, con sus textos, nos enseñó y nos enseña a leer y/o releer nuestra realidad (y él también aprendió entre nosotros); lectura de la realidad que es y será facilitada con el apoyo de la obra del maestro uruguayo y latinoamericano.

Acerca de la interpretación histórica de nuestra historia (y la de América Latina), Galeano, en una especie de introducción al tomo dos, de su Memoria de fuego, narra: “No se trata de una antología, sino de una obra de creación literaria. El autor se propone narrar la historia de América, y sobre todo la historia de América Latina, revelar sus múltiples dimensiones y penetrar sus secretos.” Ese propósito, en el caso boliviano, creemos fue alzado por el uruguayo y latinoamericano universal: Eduardo Galeano.

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