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Gaza: el espejo que habla

Al Estado  de Israel no le interesa cualquier solución democrática y justa. Si así fuera, ya podía haber obedecido las innumerables resoluciones en vez de metérselas al bolsillo, secundado por su socio, otro “outlaw” (“fuera de la ley”) de reconocida fama internacional.

La Razón (Edición Impresa) / Antonio Mitre

00:00 / 24 de agosto de 2014

Era una vez un pueblo que sufrió indecible violencia en manos de un régimen totalitario que decidió borrarlo de la faz de la tierra. Perseguidos, desapropiados de sus bienes, torturados, asesinados en cámaras de gas fueron millones los victimados por la máquina de horrores responsable por el holocausto judío, hasta que los aliados derrotaron a las fuerzas enemigas, no sin antes lanzar un par de bombas atómicas en dos ciudades densamente pobladas que mataron al instante cerca de 130.000 civiles. La potencia que realizó semejante hazaña luego cayó en la cuenta de que tenía en sus manos un poder divino, más devastador que todos los rayos de Zeus, y que, como el dios del Olimpo, podría realizar el bien y el mal arbitrariamente, y repartirse el mundo con sus amigos.

Quedó decidido, entonces, que la mejor solución para que la tragedia del reciente holocausto no se repitiese era crear un Estado judío en Palestina, aunque ello significase la usurpación violenta de las propiedades y el exilio masivo de la gente que hacía siglos vivía allí. Y, para que la cosa no quedase tan fea para los palestinos, los arquitectos del nuevo paraíso planearon que se instituyese, al mismo tiempo, un Estado palestino con la población remanente. La primera parte del plan —la creación del Estado de Israel— se puso en marcha rápidamente, y todo lo que sería útil para consolidarlo: armas, dinero, apoyo logístico y hasta la tecnología necesaria para que tuviese su bombita atómica, se le ofreció puntualmente. Sin embargo, la otra parte del proyecto —la idea de establecer un Estado palestino— no solo se quedó en el papel, sino que se tomaron todos los recaudos para que permaneciera allí, mientras el Estado judío continuase expandiéndose, importando colonos, desalojando, saqueando y ocupando las tierras de la población palestina. Y, cada vez que sucedían esos atracos, el Consejo de Seguridad se apresuraba a emitir nuevas resoluciones, condenando las ocupaciones ilegales, pero bastaba que Estados Unidos vetase tales iniciativas, como lo hizo religiosamente, para que el vandalismo continuase prosperando en Tierra Santa.

Entretanto, al otro lado de la geografía, muchos de los responsables por las atrocidades cometidas contra el pueblo judío comenzaban a ser presos, juzgados, ejecutados, otros se suicidaron o huyeron a lugares remotos donde continuarían siendo cazados hasta el fin de los siglos. Al mismo tiempo, se hizo un esfuerzo portentoso para divulgar y rememorar en escala planetaria los crímenes de lesa humanidad cometidos contra los judíos, se levantaron museos de la memoria, se emprendieron campañas masivas por la prensa, la radio y, sobre todo, el cine, subvencionando un caudal filmográfico, derramado anualmente por Hollywood, en cuyas películas de guerra no solo el régimen nazista, sino el propio pueblo alemán aparecía como la encarnación del mal absoluto, el judío como el arquetipo de la víctima propiciatoria y Estados Unidos invariablemente en el papel de justiciero del planeta.

PALESTINA. Así las cosas, el proyecto del Estado palestino se transmutó en “la cuestión palestina”, y los crímenes contra su gente pasaron a ser un desiderátum de la “seguridad nacional” del Estado de Israel, que comenzó a utilizar cuanto dispositivo consiguió imaginar para evitar que los palestinos llevasen una vida decente en su tierra, albergando ardientemente un sueño imposible: que algún día desaparecieran del mapa. A esa altura, Estados Unidos ya había reconocido en su criatura, Israel, la esencia de su propio limo: la exaltación de la guerra y el culto al dinero por sobre todas cosas. Y qué mejor que un amigo así en pleno Medio Oriente, tan estratégico y vital a sus intereses. La santa alianza que llevó a la materialización del Estado de Israel comenzó, entonces, a funcionar a todo vapor bajo el entendimiento tácito de la posguerra: ustedes ponen la plata y nosotros las armas. Consecuente con lo acordado, Estados Unidos redobló esfuerzos con el fin de dotar periódicamente a su vástago con armas de última degeneración: bombas, tanques, cañones, aviones, escudos de la más refinada tecnología para consolidar el pillaje.

En vez de alcanzar la seguridad por la justicia, remediando la causa de la violencia palestina, los gobiernos de Israel prefirieron asegurarla por las armas, ensañándose contra un pueblo que no tiene tanques, ni fuerza aérea, ni buques de guerra, ni dónde guarecerse de los bombardeos del Ejército más cobarde del planeta. Las estaciones del calvario palestino se han vuelto cada vez más cruentas. No se aquieta aún la ira por la sangre derramada en Jenín, que ya vuelve la brutalidad de los ataques a Gaza. Al final, todo lo que nos enseñaron que fue el holocausto: prisiones arbitrarias, campos de concentración, despojo de bienes, desalojo de poblaciones, la doctrina del espacio vital, la invasión de territorios, las cercas y los muros, la tortura, el racismo, todo, absolutamente todo lo ha reproducido el Estado israelí en su trato con los palestinos, y de una manera tan simétrica que los palestinos son hoy los judíos del holocausto, y el Gobierno de Israel otra versión del nazismo.

Al Estado de Israel no le interesa cualquier solución democrática y justa. Si así fuera, ya podía haber obedecido las innumerables resoluciones en vez de metérselas al bolsillo, secundado por su socio, otro outlaw (“fuera de la ley”) de reconocida fama internacional. En realidad, para los estrategas del Estado-Búnker, lo más conveniente es que la táctica de bloquear reiteradamente las iniciativas tendientes a encontrar una salida a la “cuestión palestina” promuevan el brote de “grupos radicales”, puesto que así, de una sola vez, se alcanzan tres objetivos: se paraliza todo tipo de negociación, alegando que el Gobierno de Israel no conversa con “terroristas”, se mantiene el statu quo, y se insufla en la población israelí el sentimiento de guerra santa. Y si, aun así, alguna propuesta promovida por la comunidad internacional avanza un milímetro, o existen embarazos domésticos —casi siempre electoreros— para el gobierno de turno, o normalmente por la convergencia de ambos motivos, entonces, el expediente más trillado por Israel es provocar una nueva guerra para matar dos pájaros de un tiro. ¡Guerra!: palabra mágica que une al rebaño bajo la bandera de la amenaza externa y, al punto, pone en movimiento la portentosa máquina repetidora y lavadora de cerebros para la cual trabajan ejércitos de periodistas, cadenas de televisión, cines, diarios y una legión de profesores universitarios que hacen creer a los desprevenidos que la culpa de todo la tienen los palestinos, que Israel tiene “derecho a defenderse”. A todos se les cae la baba por la comisura de los labios cuando pronuncian la palabra “terrorista”   —el fetiche que les exime de pensar sobre las causas de la violencia y del fanatismo, recrudecidos actualmente en escala planetaria.

La mayoría de los “analistas” de la política norteamericana e israelí ha pasado por alto el papel de la guerra en sus “democracias” respectivas, o lo ha tratado como algo extemporáneo al sistema de gobierno de esos países, cuando, en realidad, es la pieza clave en ambos casos. Para no ir muy lejos, basta repasar la historia de las últimas décadas. Bajo el manto de gobiernos cada vez más teocráticos, tanto en Israel como Estados Unidos, duermen el sueño de los justos dos sociedades que, hace algún tiempo, fueron domesticadas para escuchar la voz de sus amos, con sectores ampliamente fanatizados por partidos de ultraderecha, y por una caterva de pastores y sacerdotes del dinero. Para esos pillos y falsarios, el hecho de que los gobiernos de Estados Unidos hayan sido, durante décadas, maestros en técnicas de tortura, asesinatos encubiertos, espionaje, prisiones clandestinas, además de especialistas en la promoción de dictaduras y, sobre todo, de guerras perversas, seguidas de operaciones de saqueo, cuyas secuelas hacen padecer hoy a millones de personas en Irak como en todo el Medio Oriente, no le resta brillo a la más antigua “democracia” del planeta. Y qué decir de su mentado congreso que, según se ha visto tantas veces, no es otra cosa que territorio ocupado por el poder monetario del sionismo. Hoy está muy claro que los tipejos que llegan al cenáculo norteamericano, sea como diputados o senadores, lo hacen después de haber sudado la camiseta, dando pruebas patéticas de amor eterno a Israel, y de haber jurado que tildarán de terroristas, como un acto reflejo, a todo y a todos los que se opongan al terrorismo del Estado judío. Y, sobre todo, que serán fieles a la norma que rige en ambas cámaras cuando se trata de la “cuestión palestina”: unanimidad en todas las decisiones que favorezcan a Israel y censura unánime a los palestinos, no importa si para ello sea necesario culparlos hasta de su propia muerte, provocada por las acciones cobardes del Estado judío. ¿Defender alguna vez a los palestinos? ¡Imposible! ¡Antes habría que invertir todas las leyes de la mecánica celeste!

DECLARACIONES. Y si aún existe el aspirante al cargo que tenga fibra moral y carácter para expresar abiertamente sus opiniones, ese no alcanzará nunca su meta, será eternamente un candidato al fracaso. Y si acaso pretende ser presidente, es decir, jefe de la cuadrilla, entonces, que se patrulle siempre, que ensaye muchas veces delante del espejo sus declaraciones oficiales sobre Israel, de modo que no se note que se tragó sus propias ideas y sentimiento, y diga, delante de las cámaras, sin pestañar, lo que de él espera la cosa nostra, ¿Acaso no llegó donde está por causa de ella? Entonces, vaya señor Obama a servirla, como buen capo di tutti i capi (expresión italiana, “jefe de jefes de organizaciones criminales”), vaya sin miedo que ya es usted un consumado artista del embuste, y mientras camina a la sala de prensa, entérese de que ya pasan de 400 los niños palestinos masacrados por los ataques de Israel, entonces, recurra al consabido “estirón de orejas” que, al final, su socio debe entender que sus acciones comprometen los intereses globales de la gran potencia; llámele pues la atención, señor presidente, guiñándole el ojo, con las frases de rigor: “We ask Israel for self-restrain” (Pedimos a Israel auto-restringirse), “We ask not to use excessive force” (Nosotros pedimos no utilizar una fuerza excesiva), “The government sees with discomfort” (El Gobierno ve con molestia)… “I will do all in my power to stop the bloodshed of innocent people (Haré todo lo que esté en mi poder para detener el derramamiento de sangre de personas inocentes)…” Y, como el río de sangre inocente no para de crecer ante sus ojos, entonces, simule prisa, señor presidente, y, con su trotecito de atleta fementido, póngase nuevamente delante de los micrófonos y cámaras del mundo y diga con aire compungido que “It is heart breaking to see children, women and old people dying” (Se rompe el corazón ver a niños, mujeres y ancianos que mueren), porque seguramente debe causarle espanto, señor Obama, la sangre de niños sobre el piso de una escuela destruida por el bombardeo de Israel, debe apretarle el corazón presenciar en la pantalla chica la explosión de edificios con gente dentro, la pira de cuerpos destrozados en hospitales, el rostro de padres que acunan a sus hijos muertos y el dolor iracundo de las mujeres que levantan sus brazos impotentes al cielo —tamaña violencia debe quitarle el sueño, ¿no es verdad? ¡Pobrecito, señor presidente! Pero no se aflija tanto, y agradezca al Dios que más le convenga que no son sus hijos, ni sus padres, ni sus abuelos los masacrados con las armas que su gobierno le regaló a Israel para que se protegiera de semejante ejército de niños, mujeres y ancianos “terroristas”.

Delante de tales evidencias de inmoralidad, no habrá que esperar nada del futuro, señor Obama o, quien sabe, algún día, la apertura de un tétrico mausoleo, donde, al lado de las víctimas del holocausto judío, conste también la lista con los nombres y apellidos de todos los niños, mujeres y civiles palestinos masacrados por el Estado de Israel hace más de medio siglo. ¡Y ha de ser una pena, señor presidente, que, cuando ese día llegue, usted ya no esté para rendir homenaje, en una sola visita protocolar, a las aterrorizadas víctimas de los dos holocaustos!

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