Animal Político

Gobierno de Cristina (¿de Fernández o de Kirchner?)

El segundo mandato de la presidenta

La Razón / Diego M. Raus

01:00 / 11 de diciembre de 2011

El experto considera que el gobierno de Cristina Fernández, que comenzó ayer, va a implicar un giro en la administración del Estado argentino. Halla en la Mandataria un sello distinto al de su esposo y expresidente Néstor Kirchner: otras alianzas y otros cuadros de confianza.Vale el título de este artículo. Aclarémoslo. Una pregunta que flota hoy en la política argentina es si este nuevo mandato de Cristina seguirá guardando la impronta del anterior, cuyo ADN era netamente kirchnerista, o se impregnará progresivamente de un estilo propio? ¿Kirchnerismo o cristinismo? Como señalaba un artículo reciente que interpretaba declaraciones de funcionarios leales a Cristina: “¿El cristinismo como etapa superior del kirchnerismo?”.

El gobierno de Cristina, que se inició ayer, nace en un contexto diferente al que tuvo el kirchnerismo desde 2003, ya que lo hace mirando los nubarrones que para esta región empuja la crisis económica de Europa, que afecta a China, principal mercado de las commodities de nuestras economías, y a Brasil, socio económico privilegiado de la Argentina, más allá de nuestro déficit comercial con el vecino. Si bien los analistas señalan que el impacto de esa crisis en América Latina será menor, en este momento no hay Gobierno que no esté mirando sus números macroeconómicos y tomando cuidadosa nota de ellos.

En relación con lo anterior, pero principalmente referido a ciertos desfases que fueron produciéndose en los dos períodos pasados, las primeras medidas y/o anuncios del Gobierno, aún antes de asumir, fueron, por un lado, un drástico corte a los subsidios a las tarifas energéticas que gozaba la sociedad argentina (a un altísimo costo fiscal) y, por otro, una clara reorientación del Gobierno hacia el sector productivo, al que posiciona en una situación de protagonismo y responsabilidad en el devenir económico del país ante la recesión cercana. Por el primer punto se prevé una caída de los ingresos debido al encarecimiento de las tarifas y la subsiguiente subida de precios, que golpeará principalmente a los sectores más desprotegidos y, en segundo término, a los sectores medios. Por el segundo punto, se advierte un cambio en las alianzas gubernamentales. La necesidad económica deja de lado el discurso político: ya no hay oligarcas y entreguistas; hay productores y empleadores.

Ahora bien, ¿por qué se habla de “cristinismo” en la política argentina contemporánea? Hay algunas señales que pueden sostener ese giro político más allá de lo razonable, que es que la Presidenta no es el expresidente y, por lo tanto, hace cosas distintas. Veamos algunas de esas señales.

Se observa claramente un cambio sustantivo en los acuerdos gubernamentales. Se está dejando de lado la alianza privilegiada con los sindicatos que estructuró Néstor Kirchner, y aquélla se redirecciona a los sectores económicos más concentrados. Esto no tiene que ver sólo con generar incentivos al capital dada la crisis que se avecina, sino también con que Cristina nunca tuvo una relación estrecha con la CGT (Confederación General del Trabajo) y la estructura sindical ortodoxa. Esto quizás se deba a que Cristina no es tan “peronista” como lo fue Néstor, lo que le permite ser más flexible y estratégica en la definición de sus alianzas.

En la misma dirección comienza a notarse una relación más distante con los actores claves del peronismo tradicional —gobernadores, intendentes del Gran Buenos Aires, dirigentes de segunda línea— al mismo tiempo que desde el Ejecutivo se presiona para lograr puestos de dirección para los sectores juveniles del kirchnerismo (La Cámpora) y para ciertos movimientos sociales. Si bien Néstor era afín a esta política (sobre todo porque el fundador de La Cámpora es su hijo Máximo), sabía que para los momentos álgidos las alianzas tradicionales proveían más soporte, y muchos más votos, que los jóvenes de clase media urbana.

El estilo que está ofreciendo la Presidenta desde la noche triunfal del 23 de octubre, quizás sostenido en la amplitud de su triunfo electoral, es mucho menos confrontacional y, con cierta relatividad, más constructora de consensos. Esto no es tan novedoso como sí lo es la capacidad que muestra la Mandataria para evitar confrontaciones superfluas, es decir, aquéllas que se producen “en caliente” y que no aportan nada al Gobierno aunque se gane la contienda. Incluso, se ha visto hacer “silenzio stampa” o desdecir a comentarios o declaraciones agresivas lanzadas por algunos partidarios en la intención de obtener la aprobación presidencial. A Néstor le costaba mucho esquivar esos “combates”; más aún, ahí afloraba su carácter político.

Si bien prematuro, no se ve a la Presidenta muy entusiasmada en “fogonear” a la Celac (Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe) más allá de haber participado de su reunión inaugural. Posiblemente advierta que el contexto de crisis que se avecina no sea el mejor para generar confrontaciones políticas en el continente, más cuando ellas todavía no definieron un objetivo estratégico por el que sea sustentable provocarlas. Al menos se ha visto a Cristina, esta semana, más ocupada, y preocupada, en resolver el déficit comercial con Brasil que en transformarse en abanderada acrítica de la nueva construcción regional.

Por último, el secreto con que se guardaba, a tres días de la asunción, la conformación del nuevo gabinete así como de los liderazgos parlamentarios. El kirchnerismo siempre se destacó por tomar grandes decisiones en el mayor de los secretos y reduciendo el debate a un grupo muy estrecho de fieles. Después de todo, una estrategia válida en la construcción del poder político. Pero en Cristina asoma, para el mismo objetivo estratégico, otra característica, otra cualidad, algo así como el secreto a la manera femenina. Cristina delibera las grandes decisiones, y este cambio de estructura de gobierno es la más importante, sólo con su hijo Máximo. Ni siquiera los grandes amigos de Cristina y Néstor, ésos que vinieron con ellos desde el sur el 2003 y que son amigos antes que funcionarios, están al tanto ahora de las decisiones de último minuto. Sólo el hijo. Sólo ese insuperable instinto femenino para saber cuándo confiar y cuando no.

¿Cómo tomar decisiones de manera distinta? Quizás el mismo instinto, sagaz, certero, con que Dilma Rousseff elimina ministros acusados de corrupción antes que la acusación —corrupción— entre en los vericuetos de la corporación política, y haga del acusado un acusador y del ladrón un mártir nacional.

Hay algo en la política femenina que es novedoso, sutil, valioso. Por ahí debe andar parte de la esperanza de ciertos cambios en la forma de ser y hacer política, tan largamente esperados y fracasados mientras la política fue sólo “cosa de hombres”.

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