Animal Político

Gramunt: Tres siglos y cuatro generaciones

El sacerdote jesuita murió tras cumplir 96 años; 50 de los cuales dirigió a la agencia ANF.

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Quiroz / La Paz

00:00 / 05 de septiembre de 2018

Una selección con las canciones de Jhon Lennon, el líder pacifista de los Beatles, está entre los últimos post de su cuenta en Facebook. “Es la única persona que conocí que pudo ver en directo al cuarteto de Liverpool”, afirma el colega José Luis Columba, quien trabajó junto con el jesuita José Gramunt de Moragas, justamente antes de que el sacerdote se jubilara, tras 50 años en la Agencia de Noticias Fides (ANF).

Gramunt, que había cumplido 96 años el 5 de agosto, se fue hace nueve días; antes de zarpar, estuvo conectado con la actualidad, amigos y su familia a través de las redes sociales y la Internet. Vivió de cerca las atrocidades del siglo XX, las dos grandes guerras y la conflagración civil de su España natal; vio las revoluciones bolivianas y capeó las dictaduras militares, además de los autoritarismos de todos los colores, siempre impunes. En su formación bebió los saberes del siglo XIX y los proyectó hasta hoy. Fue el hombre de los tres siglos que formó periodistas.

Con la noticia de su muerte, decenas de colegas expresaron gratitud por su legado. Al menos cuatro generaciones se formaron con los valores de la ANF. “Lo hicimos con fe, lo hicimos bien”, me dijo Gramunt el sábado 24 de agosto de 2017. ¿Cómo saber que ese sería nuestro último encuentro? Ese día, hablamos de la familia, del apoyo que le había dado doña Dolores, su madre, para que la ANF —su hija “mimada y caprichosa”— tenga una casa propia, la oficina que la cobijó por más de 20 años en el edificio Mariscal de Ayacucho.

El padre José había terminado de escribir un último libro para tributar el merecido homenaje a su familia. Habló con dificultad, pues la voz le fallaba. “Toma unos dulces y dame uno”. Recordó que sus padres, hermanos y sobrinos fueron a despedirlo al puerto de Barcelona desde donde emprendió su primer viaje a América del Sur. Mientras el navío surcó el Atlántico, en Bolivia había estallado la Revolución del 9 de abril de 1952. Atracó en Buenos Aires y tras unos meses se instaló, a finales de ese año, en Sucre y luego en Potosí. “¿Y no piensa visitar España”? le pregunté. “Ya no hay nadie allí; ya es difícil ahora”. comentó.

Recordamos los buenos momentos en la ANF, la casa periodística que fundó en 1963 y que la dirigió durante 50 años. El padre José Gramunt no dejó de escribir en ningún momento. Desde que se jubiló en 2013 publicó tres libros; incluido el texto familiar, abundante en fotografías; me permitió hacer algunas tomas de esas imágenes tan preciadas para él.

Más recuerdos: Doña Felipa ha servido el café y reparte las marraquetas; llegó la esperada tregua para los castigados teclados de la redacción del edificio Mariscal de Ayacucho. La voz del jesuita casi octogenario, profunda como un bramido en una iglesia, repercute en todo el sitio, pues ha convocado a Walter Patiño, el jefe de prensa de la ANF, y a sus periodistas para planificar la cobertura de los actos del 6 de agosto de 1999.

El presidente Hugo Banzer —El dictador elegido, como señala la biografía no autorizada de Martín Sivak— enfrentaba una situación compleja de corrupción en la Policía, además de una presión cada vez mayor de Estados Unidos y la cooperación internacional para alcanzar el plan Coca cero. Gramunt quería organizar a sus periodistas para “distribuir las tareas”.

Marcelo Arce y Nelson Vila, encargados de la información en el escenario Legislativo, tenían la misión de armar las reacciones “sin concesiones con el poder”, mientras que Edwin Flores era el hombre clave de las noticias de seguridad; publicó una serie de reportajes sobre tráfico de influencias entre policías y políticos. Julieta Tovar, quien en 2014 presentó el libro Del papel carbónico a la computadora sobre la historia de la ANF, tenía a mano los datos sobre los nuevos hallazgos de gas natural y petróleo. “Es una danza de millones que no se ven”, comentaba Tovar.

Marianela Mercado, con la agenda de sociedad, tenía el desafío diario de reportear huelgas de médicos y maestros, mientras que Enrique Zenteno era el hombre entendido en las finanzas del país y la buena música; Gerardo Bustillos editaba el boletín Notas Económicas, una especie de vespertino que circulaba entre empresarios, ministros y políticos necesitados de información. Miguel Vera (+) cubría el Palacio Quemado.

El equipo se completaba con José Luis Valdez y Janeth Mendoza, quienes estaban a cargo del monitoreo desde la mesa de redacción de la ANF, que durante más de 30 años fue administrada por Arminda Limpias, una mujer de temple que manejó acertadamente las finanzas de la primera agencia informativa del país. “Esto es más una cuestión de fe”, decía ella cuando llegaba el fin de mes.

Luego vino la camada liderada por Jaime Loayza, el colega bien conectado con las siempre escurridizas fuentes de la seguridad del Estado; Yuri Flores, Hans Franco, Rodolfo Huallpa, Rolando Flores, junto a Columba y Tovar formaron parte del grupo de colegas que vieron la jubilación de Gramunt hace apenas cinco años.

Gramunt sufrió mucho, en abril de 2011, cuando falleció uno de sus periodistas, David Niño de Guzmán. Un año después tuvo que comparecer a la Fiscalía por una demanda planteada por la Presidencia respecto a una declaración confusa del presidente Evo Morales sobre “flojos y flojera”.

El fundador de la ANF ha marcado la vida de decenas de profesionales que pasaron por su sala de redacción y que, a pesar de la distancia, lloraron su partida. Tovar (2014) refleja bien esas vivencias en su texto que es clave para entender una buena parte de la historia del periodismo nacional. El Gato Salazar en sus Semejanzas (2018) dibuja al jesuita en los albores de la Agencia, cuando los periodistas aprendían del oficio en las redacciones. También está el libro de Hernán Maldonado Tres grandes del periodismo boliviano (2016) que da testimonio y la fe del catalán para poner en marcha este maravilloso proyecto.

“Fue el mayor defensor de la democracia y obró con sabiduría, rectitud periodística y recia ética. Ha sido uno de los mayores orientadores y generadores de la opinión pública y formador de varias generaciones de periodistas”, afirmó Edwin Flores.

Gramunt expresaba sus opiniones en su columna ¿Es o no es verdad? que estuvo vigente 40 años. Sus puntos de vista políticos generaron debate entre los colaboradores de la ANF, sin afectar la información que esta casa periodística divulgó.

“Trabajé más de dos décadas bajo su dirección y pese a que nuestras posiciones políticas eran y son diametralmente opuestas, no le guardo más que respeto, agradecimiento, cariño y gratitud por haber terminado de forjar mi espíritu y carácter de periodista, con el añadido de pertenecer a la otrora gloriosa ANF”, escribió Marcelo Arce en su cuenta en Facebook.

Es difícil cerrar este artículo sin dejar escapar alguna lágrima; además llegan muchos más recuerdos y el espacio se acaba por aquí cerca.¡Gracias por tanto! ¡Hasta pronto!

Y, amigos y colegas, disculpen esta licencia; no es la “autocomplacencia” estéril que detestaba Gramunt, simplemente es gratitud; solo eso.

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