Animal Político

Hegemonía y armadura

En la metáfora, Evo Morales es el caballero de la novela de Fisher, y su gobierno, la armadura. Seguro que la armadura seguirá brillando, a pesar de las sombras, en las elecciones de 2014, además de la ausencia de una alternativa en la oposición. El crecimiento de la economía no es buen parámetro para calificar la gestión.

La Razón (Edición Impresa) / Mario Espinoza Osorio

00:04 / 22 de diciembre de 2013

Propuesta  de un juego: Mezclar a Antonio Gramsci y a Robert Fisher. Para no pasar de pedante en un juego de cuyos protagonistas apenas conozco superficialidades, es bueno recordar a cada uno en su versión más simplificada:

Gramsci dice que el Estado tiene la función de difundir una concepción del mundo como un organismo que crea las condiciones para la permanencia y expansión de una determinada clase social, con fuerza coercitiva para que ésta logre la hegemonía en la sociedad.

En cambio, Fisher es un exitoso escritor. Su mayor obra  se llama El Caballero de la armadura oxidada, un sorprendente best-seller que se vende por millones en Estados Unidos y que en el resto del mundo se agota apenas sale la edición. Es un relato cuyo protagonista es un ejemplar caballero medieval que, cuando no está luchando en una batalla, matando dragones imaginarios o rescatando damiselas que muchas veces no quieren ser rescatadas, está ocupado en probarse su armadura y admirando su brillo. El Caballero se vuelve tan famoso por su armadura tan brillante, que sus súbditos decían que el sol salía por la mañana sólo para  posarse en ella. Un día, según el relato de la novela, el Caballero, obsesionado con su imagen, dejó de quitarse la armadura.

Lo que viene, a pesar de tener un más que interesante relato sobre el comportamiento humano,  es obvio: el Caballero que ya no puede sacarse la armadura, porque ésta se ha oxidado, y el relato con humor, con tragedia y con un profundo sentido de la vida en la lucha interna del hombre por  deshacerse de su coraza, de su peso y del miedo que ha ocasionado entre los suyos el uso continuo del atuendo de hierro para luchar y que hoy está obligado a comer, trabajar, dormir; es decir, vivir.  Mientras tanto, sus adláteres, concienzudos gramscianos, han logrado apoderarse de la intelectualidad (es un decir) del Caballero para forjar un relato, editar el pasado, forzar el presente y así asegurarse el futuro. 

Y ya que estamos recordando  libros célebres, Susanna Tamaro, en su libro Con la cabeza en las nubes, nos refuerza el pensamiento: “… cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer”.

Pero el relato hace lo que muchos analistas de la política boliviana suelen repetir constantemente. Es decir, culpar al entorno de lo que en verdad ocurre en el epicentro. Ese epicentro  es Evo Morales, que ha logrado meterse en una armadura que se hizo hacer a medida, que hoy le queda grande y que, paradójicamente, de todas formas no le sale.

Para fortuna de muchos, la armadura sigue brillando y el sol sigue posándose en ella aunque esté nublado. En tanto, el brillo genera un efecto  refractario de luz hacia el conglomerado social que vuelve a su retina  convertida en alucinación. Bolivia ha ingresado en un peligroso estado de alucinación en el que se observa  lo que no ocurre y se ciega ante lo que sucede.

La pregunta entonces es: ¿qué pasa dentro de la armadura? Encontrar respuestas cuando no se quiere mirar dentro de uno mismo es la cosa más fácil del mundo. Siempre hay culpas exteriores, encuestas amañadas y popularidades crecientes, a pesar del tiempo y de la vieja teoría del desgaste en el poder.

En el fácil y posiblemente superficial análisis del periodista, la respuesta está en dos cosas: primero, en la personalidad del caballero de la armadura y luego, en la economía.  No en su manejo, que es otra cosa.  Pero como hoy existen seis veces más ingresos que hace siete años,   éstos disimulan cualquier falla, cualquier discurso, cualquier gaje, cualquier frase por grande o pequeña, filosófica o incongruente que fuese.

Aviones, satélite, teleférico, canchas sintéticas, remodelaciones, carreteras, aguinaldos dobles, discursos antiimperialistas; todo, pero absolutamente todo, se puede disfrazar de buena gestión, incluso donde se encuentren cosas interesantes, a pesar de esa gestión.

Estos dos elementos le permiten al Presidente mantener su armadura brillante. Es lo que él simboliza y el dinero que parece no agotarse, y no otra cosa, el que  anula el discurso  de ese mal chiste de oposición que hay en Bolivia. Y eso aclara las cosas para el electorado: las decisiones son muy fáciles si no existe alternativa.

Las preguntas que emergen a partir de las cifras abrumadoras que  maneja el Gobierno, no tienen respuesta. No tienen que tenerlas. Hay seis veces más ingresos en el septenio.  Entonces, ¿hay seis veces más educación? ¿Seis veces más salud? ¿Seis veces más bienestar?

Como dirían los gringos, “¿who cares?”. Es decir, ¿a quién le importa? Hay un pueblo que protesta, que se queja, que pide un verdadero cambio, pero que al final seguirá enceguecido por el brillo de la armadura  sin saber que quien pagará al final el  derroche del preste será ese mismo  conglomerado que el año que viene volverá a acudir a las urnas con su atuendo azul y que luego bajará la cabeza eludiendo su responsabilidad en su futuro incierto.

La continuidad del grupo hegemónico que plantea Gramsci depende en todo caso del final demasiado acaramelado de la novela de Fisher. Porque una vez que el caballero, el nuestro se entiende, abandone esa coraza, es posible que pueda asumir el pago de  una deuda pendiente: es la esperanza de que en vez de seguir mirándose el ombligo, las dos Bolivias se encuentren y no como hasta ahora. A horas nada más de comenzar el año electoral, pedir eso es una locura, ¿no? Bueno, lo acepto, por algo escribimos en Animal Político, decimos cosas en Fides y nos peleamos en el Pan y Circo de Cadena A.

En todo caso, y por lo menos por ahí, nuestro personaje dentro de la armadura querrá salir, como el de la novela de Fisher. Si sale, por favor, alguien que le pregunte: “si realmente eras bueno, generoso y eficiente, ¿por qué no pudiste demostrarlo?".

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