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Helmut Kohl, estadista de nuestro tiempo

Kohl fue el enemigo favorito, fanáticamente odiado y denigrado por la izquierda y los “movimientos progresistas”, empeñados en denostarlo personalmente. Sus últimos años fueron penosos, marcados por la enfermedad y una virtual invalidez.

Helmut Kohl, estadista de nuestro tiempo.

Helmut Kohl, estadista de nuestro tiempo.

La Razón (Edición Impresa) / Robert Brockmann / La Paz

00:00 / 02 de julio de 2017

Imaginemos que por una hecatombe histórica de su propia hechura —no por una presunta conspiración imperial— Bolivia hubiera quedado dividida en dos países antagónicos durante nueve lustros.  ¿Cómo percibiríamos al estadista que hubiera logrado una reunificación boliviana contra todas las probabilidades? Sería el padre de la patria, por encima de Bolívar y Sucre. Pues eso, precisamente, es Helmut Kohl para la moderna Alemania: el Gran Unificador de las dos Alemanias, separadas a resultas de la derrota del Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial. Un Bismarck moderno, sin las rimbombancias del siglo XIX.

Miembro conspicuo de la Unión Democristiana (CDU), Kohl entró en el radar internacional luego de remplazar en la Cancillería (la jefatura del gobierno) de la República Federal de Alemania (RFA) al otro Helmut, el popular y querido canciller socialdemócrata Helmut Schmidt en 1982, cuando el Parlamento Federal lo destituyó por voto de desconfianza.

En más de tres lustros al timón de la política alemana y europea, Kohl pasó por varias etapas políticas. Pero ninguna importa apenas, salvo su hora más gloriosa: la reunificación alemana en 1990, después de la caída del Muro de Berlín.

Para la mayoría de los alemanes, como para el resto del mundo, la caída del Muro en 1989 salió de la nada. En Alemania Federal había un sentimiento encapsulado, una resignación básica con la existencia de dos Alemanias y hasta cierta resistencia a la persistente pretensión de que solo había una. En 1983 una encuesta reveló que el 43% de los estudiantes alemanes menores de 21 años consideraba extranjeros a sus similares de la comunista República Democrática Alemana (RDA). Cuando llegó 1989, no había discusión o indicio de planificación alguna para una eventual unificación. La cuestión era irrelevante porque era inexistente. Solo los alemanes occidentales más románticos soñaban con el día en que cayera el muro. Ni Kohl ni nadie en su gobierno lo esperaban.

En 1989, la izquierda alemana se había apropiado de la agenda antiarmamentista para atacar a Kohl y su gobierno. El 79% de los alemanes occidentales quería el retiro de todas las armas nucleares de Europa, y el 44% favorecía el retiro de Alemania Federal de la OTAN. El desarme unilateral, la Glasnost y la Perestroika propugnadas por el nuevo secretario general de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Mijaíl Gorbachev, había hecho que los europeos comenzaran a percibir la alianza atlántica como una reversión a las durezas de la Guerra Fría.

Por su parte, Estados Unidos era incapaz de ver en Gorbachev una oportunidad real de paz y estaba convencido de que la apertura soviética era una treta, presionando a Kohl para permitir el despliegue de más armas nucleares estadounidenses en Alemania.

Kohl compartía el punto de vista de Gorbachev, de que Washington padecía de “mentalidad de las cavernas”, enquistado en la Guerra Fría.

En ese año crucial el fin de su carrera parecía inminente. Incluso sus adversarios dentro de la CDU se habían agrupado en su contra y a duras penas logró mantener el timón de su propio partido. A fines de abril, los estadounidenses lo presionaron aun más, pensando que Kohl había entrado en pánico preelectoral intentando apaciguar a la izquierda.

Luego, la historia entró en acción. Cuando la URSS soltó su puño de hierro, los países del bloque socialista se liberaron en rápida sucesión: primero Polonia, luego Hungría. En las vacaciones del verano boreal, decenas de miles de alemanes orientales fluyeron hacia el occidente prohibido a través de la brecha en que se había convertido la frontera abierta de la Hungría ex socialista. Es que los muros han sido, usualmente, socialistas. La húngara no había sido una puntada sin hilo. Cuando el líder húngaro Niklos Nemeth expresó su temor de que los regímenes comunistas pudieran bloquear a su país una vez abierta la frontera occidental, Kohl le aseguró apoyo económico y un cordón umbilical.

Mientras los regímenes de Checoslovaquia, Bulgaria y Yugoslavia implosionaban, los líderes comunistas de la República Democrática Alemana permanecían imperturbables ante la evidencia de que también su reino se corroía por dentro. Multitudes cada vez mayores invadían las calles de sus principales ciudades. Al principio se hubieran contentado con que solo los dejaran salir fuera de las fronteras.

Ninguna gran crisis internacional creó el escenario para el 9 de noviembre de 1989. No surgió de una gran confrontación entre las superpotencias. No hubo retórica inspiradora ni ruido de sables ni políticos actuando ante las cámaras. Cuando producto del caos se abrieron los pasos fronterizos a lo largo del Muro de Berlín, ningún líder occidental estuvo allí para saludar a las víctimas de tantos años de opresión comunista. El propio Kohl estaba de visita en la nueva Polonia. Despojada de sus muros, la Alemania comunista se desangraba y se desvanecía rápidamente.

Era la hora en que brillaron las virtudes de estadista de Kohl. Solo tres semanas después, presentó ante el Parlamento Federal una hoja de ruta para la reunificación de Alemania, una obra maestra de 10 puntos. Había que persuadir a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial de que una nueva Alemania unida no representaría un peligro. El hueso más duro de roer fue Francia, uno de cuyos líderes dijo una vez que “amo tanto a Alemania, que estoy encantado de que hayan dos”. La URSS de Gorbachov no opuso grandes reparos; Kohl persuadió a Estados Unidos con el argumento de una Alemania europea. Gran Bretaña y Francia terminaron aceptando de buen grado la fórmula. Siempre resulta conmovedor ver la escena del 3 de octubre de 1990, de un Kohl brindando por Alemania sin el menor asomo de nacionalismo o patrioterismo chauvinista.

A la hazaña de la reunificación alemana le siguió el fortalecimiento de la amistad con Francia para cimentar la integración europea y la reconciliación con Polonia, así como una lucha vigorosa por la instauración del euro.

Por el otro lado empero, Kohl fue el enemigo favorito, fanáticamente odiado y denigrado por la izquierda y los “movimientos progresistas”, empeñados en denostarlo personalmente. Hasta que, siendo ya un monumento en vida, el padre de la reunificación alemana se vio involucrado en un escándalo de malversación de fondos de su partido, que provocó su caída en 1998 y el fin de su carrera política. Una mácula para el resto de su vida.

Sus últimos años fueron penosos, marcados por la enfermedad y una virtual invalidez. En su vida política fue respetado y apreciado por sus electores, pero nunca tan popular y querido como el otro Helmut (Schmidt), aunque en los últimos 10 años recuperó el respeto de sus detractores.

Quizás el mejor testimonio a su estatura se le deba a Cem Özdemir, el líder del opositor B90/Los Verdes, quien, tras la muerte de Kohl, afirmó: “nos ha dejado un gran europeo”. Y es que tras su muerte, la estrella de Kohl resplandece inmaculada en Alemania. En el extranjero su reputación siempre fue buena y no requiere correcciones..

La muerte lo libró de sus males. Y ahora sí, es inmortal.

  • Robert Brockmann es historiador y periodista

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