Animal Político

Historias de la publicidad camuflada

La ética en el periodismo

La Razón / Édgar Toro Lanza

01:00 / 08 de enero de 2012

Qué tengo que hacer para que el Alcalde de Monteblanco también hable todos los domingos en ese programa dominical como lo hace su colega de Montenegro? Ésa fue, hace siete años, la pregunta de un director de comunicación social a la gerente comercial de una radioemisora local de alcance nacional.

La respuesta de la ejecutiva de ventas de “espacios publicitarios” fue la siguiente: “Usted ponga publicidad en tres programas de la radio durante la semana y nosotros llamaremos al Alcalde para que lo entrevisten todos los domingos”. El Alcalde de Monteblanco no pudo acceder a esta propuesta por los altos costos.

“Basada en una historia real. Los nombres de los personajes y los lugares han sido cambiados sólo para guardar la identidad de los difuntos”, aclaran las grandes novelas. Lo mismo podríamos decir sobre la realidad de este artículo, porque el negocio funciona tan bien que no deja rastros en papeles.

“En este momento estamos en contacto con el Alcalde de Montenegro y al parecer está  entregando una obra importante en un barrio de la ciudad”, es el inicio de la supuesta entrevista. El entrevistado comienza agradeciendo por la “llamada” del medio para que en un minuto “venda” la entrega de su obra. Inmediatamente después el locutor simula que “aprovecha” el contacto para conocer la posición del alcalde sobre un “x” tema político. Ahí está el verdadero tema del contacto o del contrato, para que la autoridad edil, que no es otra cosa que un político, haga conocer la posición de su partido o lo que le interese.

Esto se llama manipulación y tráfico de la información. La verdadera publicidad camuflada que algunos medios y “productores independientes” cobran para dar cobertura. Están acostumbrados a lucrar engañando a la población que supone que el medio le está informando verazmente.

Recuerdo que, hace dos años, a un dirigente confeccionista de ropa le pregunté cómo hace para que esa radio le entreviste siempre. Sin escrúpulos, el tránsfuga que pasó por varios partidos políticos y hasta fue asambleísta me dijo: “Es que yo les confecciono chalecos para los trabajadores de la radio y de esa manera me llaman...”. Hoy lo sigo escuchando. ¿Cuál será el trato que tiene una vez que llegó        a la presidencia de una cooperativa de teléfonos?

También me viene a la memoria que cuando cubría el Congreso nacional, hace 15 años, había un diputado por Pando, de bigotes gruesos y fanfarrón, a quien casi ningún periodista le daba importancia porque su actividad parlamentaria fue casi nula. Era muy frecuente escucharlo en esa emisora para hablar banalidades, mientras su región estaba postergada. Hoy se pasea de bermudas por San Miguel.

Ministros de gobierno, comandantes de policía y parlamentarios también fueron asiduos clientes del medio desde la mañanita, con repetición a media mañana. Era frecuente escuchar siempre a los mismos personajes.

Generalmente, el programa dominical termina con la hora de don Jaime, el propietario de la radio. En él, todo es “sí don Jaime”; “así es, don Jaime”; “tiene razón, don Jaime”. Al final, la opinión de don Jaime no varía en nada con la de un ciudadano común. ¿Qué necesidad tiene el propietario de un medio de salir al aire donde no aporta nada? Así funcionan estas radios que no tienen periodistas en las fuentes, salvo uno sólo en la plaza Murillo.

Es decir, somos muy buenos para exigir transparencia, honestidad, legalidad a cualquier institución, autoridad, empresario o dirigente sindical; pero ¿qué pasa con los medios que tienen una doble moral, que ensucian el noble oficio del periodismo? ¿Cuál es el observatorio de medios que no ve esto o, si ve, prefiere callar?

En mi corta actividad periodística también conocí a algunos productores independientes que trafican con la información. Son aquellos que no dependen del medio, no gozan de un salario, pero que compran un espacio para hacer su programa radial o televisivo. Es notorio que en poco tiempo su bonanza económica supera a la de un asalariado por miles de dólares. Son empresarios, pero fungen como periodistas para sacarle tajada al oficio.

Estos señores le ofrecen el mejor espacio, cobertura de la entrega de obras, entrevistas exclusivas a la autoridad, difusión de sus actividades, permanente contacto y opinión favorable de la gestión; es decir, “no diré nada si hay algo malo”. ¿Esto es periodismo? ¿Pueden sentirse dignos aquellos que negocian publicidad a cambio de información?

De estos existen muchos; unos venden la publicidad en medio de sus programas sin importarles la información ni el televidente. Que el singani tal, la negrita aquí o allá... Son mercaderes de los medios que descaradamente se congracian con un dirigente o un político en programas deportivos.

Por los 90 había un relacionista público de una cervecería importante a cuyo dueño adulaba mientras era dirigente nacional de un partido político celeste y blanco. Paralelamente tenía su programa televisivo “independiente”, aunque no es compatible ser relacionador público y periodista a la vez. Muerto el líder, pasaron los años, y hoy ya tiene su propio canal, pero sigue en un medio televisivo privado en la mañana y en la noche. ¿Esto es ético? ¿Cuál es el trato económico? ¿Puede alguien trabajar en La Razón y en otro periódico local a la vez? ¿Gana tanto un periodista como para comprarse un canal? El periodismo puro y honesto no es nada lucrativo y tenemos un salario sólo para sobrevivir, aquí y en la China.

Un iracundo relator deportivo, cada inicio de año es el maestro de ceremonias en la presentación de las nuevas figuras de un club paceño. Adula a la institución como el mejor equipo. Sí, sí, sí... los mejores futbolistas, los mejores dirigentes... y arenga a la hinchada a que todos canten “si quieres c... que te cueste” o “a quién le dicen papá”, etc., y pasado el acto, como si nada se cambia de traje y se va a presentar noticias en la televisión.

¿Dónde está la credibilidad y los principios éticos de ese locutor? ¿Puedo yo como periodista del área Política de La Razón ir a amenizar un acto de campaña de un partido político “x”, y por unos pesos decir que es el mejor partido y el mejor candidato, y luego como si nada ir a mi redacción a escribir? ¿Con qué moral lo haría? ¿Me creería la gente si lo único valioso que tenemos los periodistas es la credibilidad?

Esta historia es una joyita. “Señor, le estamos llamando para ofrecerle la publicación gratis de su aviso en nuestro periódico”, fue la llamada de una publicista de un periódico al gerente que publicó la venta de su auto. “Usted ha llamado al gerente de Marketing y Publicidad de La Prensa”, respondió el aludido, y le colgó el teléfono. Estallamos en carcajadas ante quienes se jactan de estar creciendo y recurren a bajezas para “robar” clientes.

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