Animal Político

Horror a caer

El MAS no acepta explicar los resultados de las elecciones nacionales como producto de una actitud esencialmente práctica de los electores, favorable a la estabilidad económica y política, frente a la incertidumbre representada por opositores, carentes de proyectos y de credibilidad.

La Razón (Edición Impresa) / Roger Cortez Hurtado

00:01 / 22 de marzo de 2015

Qué puede estar ocurriendo para que el vocero teórico del régimen pase de proclamar una estabilización del voto oficialista fiel cercana al 60%, a encañonar al electorado, si no se mantiene izquierdizado, en los términos con que establece la vigencia del “campo político unipolar, un único horizonte de época discursivo y una izquierdización total de la sociedad boliviana”? (Álvaro García, El nuevo campo político boliviano, La Razón, 2 de noviembre de 2014)

La curvatura universal del éxito. El 61,4% obtenido por el Movimiento Al Socialismo (MAS) le dio la oportunidad al Vicepresidente del Estado de ensayar una explicación, presuntamente respaldada en (Pierre) Bordieu y la teoría de la relatividad, en la que intenta demostrar que el peso hegemónico del triunfador curvaría el campo gravitacional político.

Ni esa interpretación, ni la de sus rivales electorales, aceptan explicar los resultados de las elecciones nacionales como producto de una actitud esencialmente práctica de los electores, favorable a la estabilidad económica y política, frente a la incertidumbre representada por opositores, carentes de proyectos y de credibilidad para enfrentar la reacción de quienes hoy gobiernan, si les tocara retirarse.

Caracterizar de izquierdización ese estado de ánimo, propio de una situación inercial de desmovilización y de predominio de las reivindicaciones y dinámicas corporativas es un intento bastante rudo de escamotear los hechos, aunque llame en su auxilio a las Matemáticas y la Física. Existe una incompatibilidad esencial entre la noción de izquierda con las de quietismo, resignación y escasa predisposición a exigir rendición de cuentas y asunción de responsabilidades a los gobernantes y dirigentes. La declinación de las interpretaciones y eficacia ideológica de las viejas elites no garantiza que las nuevas no recaigan en sus prácticas, ni que la sociedad no quede adormecida por avances parciales.

La mecánica traslación de situaciones concretas que han permitido a la mayoría de los sectores populares afianzar o ampliar conquistas, al espacio ideológico, mientras los nuevos grupos dominantes resisten exitosamente la reforma estatal, lleva a conclusiones falsas. Mucho más cuando el partido gobernante, usando al Estado, ha cruzado y desbaratado, enérgica y unánimemente, las movilizaciones autonómicas y de reclamo de un nuevo modelo de desarrollo, compatible con la Naturaleza como las de los pueblos del TIPNIS, o la de reestructuración de las instituciones militares y descolonización del Estado, como la protagonizada por suboficiales, presos arbitrariamente hasta hoy.

Si la orientación política de la sociedad se aprecia en términos de la materialización de las principales demandas del proceso constituyente (pluralidad económica, democrática, cultural; autonomías, participación y control social), la evidente congelación de las transformaciones, sumada al secuestro de gran parte de los dirigentes sociales a través de prebendas políticas y económicas, junto a la completa quiebra de la Policía y el aparato de administración de justicia, no hay cómo pueda concluirse que estemos frente a una nueva  “integración lógica y moral de la sociedad” (García: 2014). 

Reacción de pánico. Por eso mismo le ha tocado al mismo Vicepresidente desbaratar sus interpretaciones, aplicando la mayor maleabilidad intelectual, cuando toca justificar y apoyar, leal e inequívocamente, la línea partidaria emanada de la jefatura; esta vez, mediante las amenazas del Jefe del Estado de “no trabajar con la oposición” allá donde ésta pudiese ganar en las elecciones de fines de este marzo.

Primero ensayó suavizar los términos de la conminatoria, pero cuando el Presidente insistió y remachó sus expresiones al decir que “Si quieren más obras ahí está (el candidato oficialista a alcalde); si quieren obras ahí está (la candidata oficialista a la gobernación)”, entonces tuvo que reforzarla, advirtiendo “fraternalmente” “Vamos a esperar a (ver) cómo van las elecciones, si hay fuerza opositora no vamos a trabajar con esa fuerza opositora y ese proyecto se quedará como proyecto, mi hermano. Así de claro”.

Hora de pruebas. Como bien saben los estrategas electorales del MAS, en las elecciones subnacionales es usual que retrocedan la participación general y la favorabilidad del ganador nacional en un rango del 25 al 30%. La caída será mayor si expresa elementos de descontento general, como está pasando ahora.

Pero, inclusive si llega a ser muy pronunciada, no altera por sí solo la relación de fuerzas expresada en octubre y tampoco sirve de trampolín automático a partidos o personas que aspiren proyectarse nacionalmente, si carecen de un proyecto capaz de recuperar la energía social desbaratada y defraudada y penetrar en el electorado del actual ganador.

Pero, la convergencia de ese retroceso y otras señales de descontento, con las del inicio de una coyuntura de menores ingresos y dinamismo económico y la proliferación de rencillas internas en el MAS y los aparatos estatales, inaugura una fase nueva en la que los recursos comúnmente utilizados por los gobernantes complicarán los problemas antes que resolverlos. La crisis de las organizaciones sociales será otro componente que complicará su plan de prorrogarse en el poder más allá de 2020.

Una adversidad adicional proviene de la manera en que los intelectuales del MAS se han habituado a conquistar y preservar su empoderamiento interno, mediante una continua sumisión a la autoridad partidaria. Obligados de este modo a producir interpretaciones favorables, optimistas o conspirativas, estrechan su margen de análisis y se obligan a deformarlo; eso ocurre, por ejemplo, con su interpretación de los datos sobre el viraje de la coyuntura internacional de precios.

Adicionalmente, la red externa de seguridad se ve debilitada, con la evolución de conflictos y crisis que afectan a países aliados como el Brasil, Venezuela y Argentina. La apertura, capacidad de diálogo, el estímulo real a la participación y control de la sociedad, transparentación y rendición de cuentas son las claves para enfrentar los nuevos desafíos, pero están cada vez más ajenos y distantes a los titulares del poder.

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