Animal Político

Hoy se lucha por la historia

¿Ud. quiere una campaña electoral en la que los candidatos no se insulten sino discutan sus programas, el Estado no intervenga y se retire como un espectador más? Ello no ocurrirá, pues los actuales gobiernos se han dado cuenta de que la comunicación les permite no solo ganar elecciones, sino reconfigurar el futuro del país.

La Razón (Edición Impresa) / Antonio Gómez Mallea

00:03 / 17 de agosto de 2014

La política es el reino de los intereses donde casi todo vale para ganar votos o permanecer en el gobierno. En este sentido, el uso de recursos públicos para propaganda oficial o para amedrentar al adversario, sea éste opositor o periodista, es una práctica corriente.

Así lo concluye un estudio latinoamericano publicado en 2010 que analizó la comunicación gubernamental en siete países del continente: Argentina, México, Brasil, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela (Luz, cámara, gobiernen. Martín Dinatale Alejandra Gallo. KAS. Buenos Aires).

Las conclusiones del informe son lapidarias. Sobre la base de más de cien entrevistas con periodistas, funcionarios, voceros, expresidentes, politólogos, académicos y especialistas en comunicación política, los coordinadores de la obra concluyen:

“Desde hace más de cinco años, los periodistas de América Latina empezamos a sufrir en carne propia el peso del poder de los presidentes de turno y el avance de un nuevo paradigma en la comunicación política: una corriente eléctrica de impunidad, autoritarismo y avasallamiento a la libertad de expresión se desató en cadena en la gestión de varios presidentes de América Latina, sin distinción alguna de ideología política”.

El estudio explica que eso es posible no solo por el debilitamiento del tradicional sistema político, sino también por el surgimiento de los nuevos caudillismos, así como por el impulso de las nuevas tecnologías de la comunicación. A esto se suma la nueva relación populista personal que hoy tienen los presidentes con sus seguidores, la gran inyección de publicidad oficial que sirve para controlar los medios de comunicación y el control directo o indirecto que hace el Estado de la prensa y la información.

Todo ello, para garantizar que los actuales presidentes sean una suerte de estrellas de un Hollywood político latinoamericano, que se basa en la propaganda y la imagen más que en cuestiones de fondo. De esta manera, los primeros mandatarios, de derecha o izquierda, estarían llegando al poder como si lo harían a un set de televisión… y poniéndose a trabajar así: “Luz, cámara, gobiernen”.

ARMA. El escándalo es un arma política (i) lícita. Esta nueva coyuntura se ve, por otro lado, alimentada por algo que siempre ha tenido la política: el escándalo. Un estudio publicado en 2004, que analiza escándalos políticos preelectorales en: Grecia, Italia, Francia, México, Japón, Estados Unidos, India, Alemania y España (La repercusión electoral de los escándalos políticos. Alcance y condiciones. Fernando Jiménez y Miguel Caínzos. Madrid. Revista Española de Ciencia Política), concluye que el efecto electoral del escándalo depende de varios factores: tipo y gravedad de denuncia, identidad del afectado y de los denunciantes, cobertura mediática lograda y contexto del hecho.

Entre otros casos, los autores analizan los que se consideran los mayores escándalos políticos presidenciales de la historia de los Estados Unidos: Watergate (1973), House Bank (1992) y Clinton-Lewinsky (1995). En el primero, el presidente Nixon se vio obligado a renunciar luego de probarse que había mandado a espiar a sus adversarios. En el segundo, funcionarios del gobierno de George Bush (padre) reconocieron haber girado cheques sin fondos sobre cuentas oficiales. Y en el tercero, el presidente Clinton se vio obligado a reconocer haber tenido contacto sexual con la famosa becaria de la Casa Blanca.

Sin embargo, estos escándalos no socavaron la imagen de los expresidentes involucrados. Nixon lavó su imagen y se convirtió en un respetado conferencista internacional, el hijo de George Bush llegó a la presidencia y Bill Clinton fue reelecto.

En el caso de Bolivia, el escándalo fue usado como arma política por el expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni) para desprestigiar a los candidatos con más posibilidades de hacerle frente en las elecciones de 2003: Manfred Reyes Villa e Ivo Kuljis. El caso se ha hecho bastante conocido no solo en Bolivia sino en el mundo porque motivó el documental Our Brand is Crisis (2005) de la norteamericana Rachel Boynton, que revela la planificación de la campaña presidencial de Goni en 2002.

En el documental se ve cómo los asesores de imagen de Goni y de su candidato vicepresidencial (la firma norteamericana Greenberg Carville Shrum apoyada por políticos y periodistas bolivianos) planificaron la estrategia y la táctica de la guerra sucia contra los adversarios Reyes Villa-Kuljis, que inicialmente los superaban en las encuestas.

El equipo asesor de Sánchez de Lozada recomendó no solo cuestionar el pasado militar de Reyes Villa, sino también su supuesta generación de riqueza ilícita, lo que —según los asesores— invalidaba la idoneidad de este candidato. Para la historia, Goni ganó las elecciones pero perdió el gobierno tan solo tres años después. La estrategia de imagen no le alcanzó para paliar una crisis real.

MAS. La Era Evo Morales. Finalmente, como ya mencionamos, los actuales gobiernos se están involucrando como nunca antes en la batalla por el control de la información. Para el periodista colombiano Omar Rincón ésta es una lucha no solo propagandística, sino por el “relato de país” (Por qué nos odian tanto. Omar Rincón. C3FES. Bogotá, 2010). Es decir, un combate por quién va a ser capaz de contar, narrar, describir el país que tenemos y el que tendremos. El actual gobierno boliviano sabe de esto y ha desarrollado una estrategia completamente coherente para lograrlo.

En primer lugar, ha copado todo el espectro mediático: Red Patria Nueva, Televisión Boliviana, Periódico Cambio, Tv Culturas, Agencia Boliviana de Información, Facebook, Mi Teleférico, entre otros, además de los llamados medios “paraestatales” (Control Remoto de Raúl Peñaranda, 2014). Y también está intentando cambiar la simbología nacional (Construcción simbólica del Estado Plurinacional de Yuri Tórrez, PIEB, 2014), así como monopolizar la formación de maestros e incidir fuertemente en la producción del conocimiento a partir de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional, el único verdadero think tank (grupo de pensamiento) con capacidad real de propuesta y difusión de ideas de Bolivia.

El desafío no es menor. No se trata de únicamente ganar las elecciones generales, sino de hacerlo por una abrumadora mayoría.  Si el Movimiento Al Socialismo (MAS) lo logra, podrá pensar que estamos en la mitad de la Era Evo Morales, con la vista bien puesta en el Bicentenario de Bolivia como horizonte de visibilidad para su proceso de cambio.

Si el triunfo masista es ajustado (porque todas las encuestas muestran que otro resultado sería muy difícil), la oposición tendrá razones para pensar que el desgaste del MAS ya ha comenzado y que el problema será cómo administrar la crisis política de los próximos años para restaurarse en el Palacio Quemado.

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