Animal Político

Hungría, grave síntoma fascista

El peligroso tránsito

La Razón / Carlos Décker-Molina

00:00 / 05 de febrero de 2012

La primera vez que llegué a Budapest, tenía un pasaporte falso; estaba de paso a Tirana. La segunda, lo hice con un pasaporte legal. En ambos casos el documento era boliviano. Estuve “retenido” en el aeropuerto mientras comprobaban que no figuraba en ninguna lista “anticomunista” de la CIA (Agencia Central de Inteligencia, traducida del inglés).

Retorné años después con mi familia, en una visita turística, porque Budapest es una de mis ciudades favoritas, no sólo por la música de Bartok, sino por las novelas de Kertesz y por su historia forjada a orillas del Danubio, río que parió a varios países del centro europeo. Por todo eso, hoy me duele Hungría.

Entonces occidente consideraba a Hungría como el país de la Europa central que lucía más avanzado y hasta moderno, con unos mercados colmados que hacían la diferencia frente al desabastecimiento crónico de los países socialistas y con una cultura e historia de grandeza que se remonta a la época de los Habsburgo.

Con aquellos antecedentes y la pujanza de los primeros años poscomunistas, el ingreso de Hungría a la Unión Europea (UE) se consideró algo obvio. Ocho años después, Hungría se ha transformado en el primer síntoma grave de la enfermedad fascista en el seno mismo de la UE.

Hace diez años la UE sancionó a una Austria que sus dirigentes conservadores, para poder gobernar, se aliaron con el neonazi Jorg Haider. La Unión no pudo ser consecuente con Silvio Berlusconi que, en Italia, se alió con otro neonazi. La “omisión italiana” no puede ejercitarse con Hungría porque el retorno a las cavernas es demasiado evidente. El 18 de enero, tras varias semanas de discusión intensa, la Comisión Europea ha iniciado un triple proceso sancionador contra el gobierno de Budapest y le ha concedido un mes para ajustarse al derecho europeo en tres ámbitos: la independencia del Banco Nacional, la independencia del sistema judicial y la independencia de la autoridad de control de la protección de datos.

Hasta el punto final de este texto, Budapest seguía pensando, pues, tiene el plazo de un mes; si no responde, el ejecutivo europeo podrá emprender un proceso judicial ante el Tribunal de Justicia de la UE.

Ésta es la parte legal, constitucional, administrativa, que es el resultado de un gobierno votado por la mitad más uno, lo que importa un margen político muy grande y peligroso por la falta de contrapesos democráticos sobre todo donde la democracia no es moneda corriente.

Lo escalofriante es el pensamiento de los líderes de esa mayoría que define a la nación como una entidad cuasi eclesiástica, es decir: llena de glorias y bendecida, aunque con una herida producida por una historia injusta.

Tiene un parecido a los países que tienen mayorías subyugadas y que de pronto asumen las riendas del poder sin más ideología que la del acreedor, pues lo primero que quieren, luego de asumir el poder, es que el mundo repare el ultraje.

Bernardh-Henri Lévy llama “esencialismo que hace de la comunidad nacional una criatura de Dios, una entidad casi mística, un ser pleno pero separado de sí mismo y cuya pureza perdida urge recuperar”

Es la expresión superlativa de una idea de nación que desde los años 30 ha sido el núcleo de todas las formas de fascismo, que a veces se disfraza de socialismo, sobre todo en épocas de globalización y crisis financiera. Sin embargo, la “idea húngara” no quiere disfrazarse; es auténticamente nacionalista, tan así que hasta su prensa define a la UE como si se tratase de otra sigla: URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

La UE no tiene los tanques de la URSS; lo que tiene son leyes, diplomacia y, sobre todo, economía, y, a pesar de Grecia e Italia, no puede patrocinar golpes que sustituyan gobiernos elegidos, tampoco se puede “cambiar al pueblo”, como satirizaba Bertold Brech.

La crítica de la UE a Hungría es como balancearse en la cuerda floja; si se sobrepasa, la beneficiada será la extrema derecha. El Magyar Nemzet, un diario de derechas citado por agencias, dice: “La Comisión Europea critica tres leyes concretas, lo que no implica el fin del mundo. Son cuestiones técnicas, no políticas ni emocionales. La respuesta está a cargo de nuestros juristas”, Sin embargo, el diario escribe: “Europa no confía en Hungría, ni en su política económica ni en su compromiso democrático. No nos enfademos”, y por el otro lado cooperó en la convocatoria a una manifestación antieuropea organizada por Jobbik, partido de extrema derecha, durante la cual los manifestantes no sólo gritaron consignas antieuropeas sino que quemaron la bandera de la Unión.

El neofascismo en la práctica

1. El Nuevo Teatro de Budapest, una institución con 103 años a sus espaldas, tiene como director al extremista de derecha György Dörner bajo los siguientes principios: “Hay que retornar a los valores húngaros. Hay que desmontar la hegemonía enferma, degenerada y liberal, pues nuestro país vive sojuzgado por el social-liberalismo. Hungría necesita un teatro que asuma las ideas del destino húngaro. El nuevo director considera a István Csurka como su padre espiritual. Csurka, de 77 años, es un conocido polemista intelectual, declarado antisemita y un “higienista” respecto de los gitanos, a los que considera una suerte de escoria que hace daño al alma magyar.

2. A más de un periodista extranjero le ha contado Erzsebet Csorba su historia. Porque es uno de los puntos álgidos en la tragedia diaria de Hungría. Sucedió en Tatárszentgyörgy, un pequeño pueblo situado a unos 60 kilómetros de Budapest, durante la noche del 23 de febrero de 2009. Con cócteles molotov atacaron extremistas de derechas la casa de su hijo Robert. Cuando la familia trató de huir de las llamas, fue recibida por los disparos de francotiradores que la esperaban a la salida. Robert murió. Y también el nieto de Csorba, de cuatro años. Su nieta de seis resultó herida. Su nuera pudo salvarse con el menor de los niños en brazos. Los Csorba son gitanos. Una historia común.3. La élite de UE se alejó del pueblo europeo y ese vacío lo llenan los nacionalistas y la extrema derecha. Es más patente el vacío en tiempos de crisis.

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