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Incendios en el horizonte global

El primer problema es el del Kremlin (Rusia). Ucrania no va a disfrutar de paz en un futuro inmediato. En Irak vuelve a imperar el sectarismo. En el este de Asia, las relaciones entre China y sus vecinos pueden volverse mucho más peligrosas.

La Razón (Edición Impresa) / Ian Bremmer

00:00 / 27 de julio de 2014

En el mundo actual no faltan las zonas de conflicto. Los nuevos retos que presentan una Rusia revanchista, la poderosa insurgencia en Irak y las tensiones cada vez mayores entre China y sus vecinos producen titulares preocupantes. Estas fuentes de conflicto han tenido escasa repercusión fuera de sus regiones respectivas, pero la situación va a cambiar.

El primer problema es el del Kremlin. Ucrania sigue siendo la pieza fundamental para que el presidente Vladimir Putin pueda hacer realidad su sueño de crear una Unión Euroasiática, pero las convulsiones de los últimos nueve meses en Ucrania han agravado la brecha entre los dos países. Ucrania no va a disfrutar de paz en un futuro inmediato. Kiev tiene el empeño de reducir su dependencia económica de Moscú y profundizar sus lazos políticos, económicos y de seguridad con Europa. Y, para impedirlo, Putin va a presionar de todas las formas posibles, con el fin de forzar una modificación de la constitución ucraniana que dé más poder a los gobiernos regionales y permita a Moscú utilizar su influencia sobre las provincias orientales y estorbar el rumbo occidental de la capital. Ninguna de las dos partes va a hacer concesiones hasta que no le quede más remedio. Seguramente Occidente impondrá sanciones aún más duras a Rusia, que se las arreglará entonces para que Europa asuma parte del coste de ese enfrentamiento.

En Irak vuelve a imperar el sectarismo, que está creando vínculos más estrechos entre los suníes, chiíes y kurdos del país con sus respectivos hermanos de más allá de la frontera. Por ahora, los combatientes suníes que se han apoderado de varias ciudades del norte de Irak carecen de los medios necesarios para derrocar al poder chií de Bagdad. Pero el Gobierno, a su vez, carece de los medios para expulsar a los combatientes, y los kurdos, en la práctica, han instituido una región autónoma en sus territorios del norte.

El mayor peligro es que los combates entre suníes y chiíes en Irak se conviertan en una gran guerra regional. Los islamistas suníes utilizarán el territorio que controlan para reclutar y entrenar a yihadistas. Irán intensificará sus relaciones con Bagdad. Arabia Saudí no dará respaldo público a los combatientes suníes pero, para evitar la hegemonía chií y una alianza más formal entre Teherán y Bagdad, permitirá que les lleguen dinero y armas de simpatizantes saudíes. Estados Unidos, cada vez más contrario a correr riesgos, permanecerá al margen. La rivalidad entre Irán y Arabia Saudí se agudizará a través de combates entre terceros en todo Oriente Próximo.

En el este de Asia, las relaciones entre China y sus vecinos pueden volverse mucho más peligrosas. Para reafirmar su creciente influencia regional y aplacar a los que exigen, sobre todo entre los militares, una política exterior más agresiva, Pekín se ha vuelto más beligerante, en especial respecto a las aguas en disputa que existen en la región. Por el momento, China solo mantiene un enfrentamiento directo con Vietnam, en parte porque las consecuencias económicas son mucho menos graves que en el caso de Japón y porque Vietnam, a diferencia de Japón y Filipinas, no cuenta con el apoyo oficial de Estados Unidos.

Ahora bien, la situación podría volverse mucho más peligrosa porque el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, ha anunciado un plan para “reinterpretar” la Constitución japonesa y permitir que su política de seguridad no se reduzca a la defensa propia. De ser así, aumentarán a largo plazo las probabilidades de que China y Japón tengan enfrentamientos más frecuentes en el mar de China Oriental, y la amenaza de que Japón empiece a intervenir más en el mar del Sur de China para defender a sus aliados inquietará a los responsables militares chinos. Los Gobiernos de la segunda y la tercera economía del mundo se esforzarán para evitar una confrontación militar, pero ninguno de los dos ignorará la exigencia pública de mantener una postura inflexible cuando se agrave la situación. El peligro será todavía mayor, seguramente, si China se vuelve más inestable.

Por suerte, en muchos sentidos, el mundo tiene más capacidad de absorber las sacudidas generadas por estos problemas que hace cinco años. La economía de Estados Unidos se ha recuperado en gran medida de su crisis financiera. La eurozona ya no se encuentra en peligro inmediato. China ha evitado un aterrizaje forzoso para su economía. Los tipos de interés siguen siendo relativamente bajos. Nuevas fuentes de energía han disminuido los temores en los mercados de crudo. Vivimos en un mundo más estable.

Lo malo es que estas mejoras alimentan la complacencia y permiten a los responsables políticos de todo el mundo convencerse de que no es necesario abordar estos problemas, hasta que llega un momento en el que es imposible ignorarlos. Todas estas situaciones son resultado de la descomposición del orden internacional actual y no pueden resolverse sin una intervención seria de actores externos poderosos, pero nadie posee verdaderamente la voluntad y la capacidad de aceptar los costes y los riesgos que entraña esa responsabilidad.

Con Estados Unidos distraído, cada vez más reacio a asumir riesgos y menos dispuesto a ejercer de líder mundial, y sin ningún otro país deseoso de ocupar ese hueco, es muy probable que el número de zonas calientes siga aumentando, y que los incendios ardan cada vez con más fuerza.

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