Animal Político

¿Indígena-originarios versus campesinos?

El TIPNIS y sus consecuencias

La Razón / Julio Peñaloza Bretel / La Paz

00:02 / 06 de mayo de 2012

Ser mestizo desde el conocimiento de lo indígena es inscribirse en la comprensión más cercana a la profunda identidad de Bolivia. No pertenecer a una nación originaria, pero asumir que antes de que Bolivia fuera Bolivia hubo pueblos-naciones y organizaciones sociales que luego se vieron sometidas a un brutal choque cultural en el que se manejaban con igualada prioridad la evangelización y el saqueo, es comprender como corresponde la génesis de por qué somos plurinacionales y encaramos el de-safío de combatir la autosuficiencia pseudointelectual de “mestizistas” a ultranza que pretenden reafirmar sus certezas con el fórcep de la pedagogía nacional de Franz Tamayo y profieren estupideces ciclópeas como ésa de que a partir de la nueva Constitución “los indígenas serán ciudadanos de primera y los demás seremos de segunda”.

Nada más dinámico y mutante que la identidad étnico-cultural de una sociedad, más todavía si ésta se presenta tan diversa y entrecruzada, como la boliviana. Y en este marco de comprensión se puede concluir que ha sido justamente la armonización de lo indígena de tierras altas y tierras bajas con lo nacionalista revolucionario campesino que se ha podido articular el llamado Pacto de Unidad, desde el que Evo Morales Ayma, con el Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (IPSP), empezara      a caminar con rumbo inequívoco  hacia la toma legítima del poder para transformar al país, encarnando  las históricas aspiraciones, demandas y reclamos-reparaciones para acabar con el sojuzgamiento y la inequidad, cosa a la que se nombra como proceso de cambio.

Pasamos, entonces, de pluriculturales y multilingües, a gestionar el proceso de autoidentificación como nación de naciones y así, como Cecilio Guzmán de Rojas retrataba en el Cristo aymara al indígena como ser pétreo de facciones perfectas, pero inmóvil, brillantemente diseccionado por Javier Sanjinés, no resulta a estas alturas tan dificultoso desentrañar cómo la historia y las luchas de los pueblos bolivianos encuentran sustento simbólico y arrasadora acción política en un solo dirigente, a partir de la multiforme figura de Evo, como indígena, campesino, cocalero-colonizador —hoy conceptualizado como intercultural— que cambia de hábitat del gélido altiplano orureño al subtrópico cochabambino por un elemental instinto de sobrevivencia. Y si a esos componentes le agregamos el perfil sindical como pasaje previo al liderazgo político, será sencillo comprender cómo llegó a convertirse en el indiscutible ganador de la democracia liberal y representativa boliviana a partir de 2002.

Y es precisamente el neocolonialismo —liberal e individualista— el que produce a diario la colisión cultural contemporánea en la que un país, con formas de ser preexistentes a la creación de la República en 1825, se engarzó de mala manera con la uniformización mundial dada a partir del mercado, su evolución e instalación en las vidas cotidianas de todo el planeta como implacable ordenador, controlador y uniformizador de comportamientos, desde el narcotráfico y el contrabando, hasta prácticas cotidianas como acudir al supermercado y por la tarde a las salas multicine.

El capitalismo salvaje, tan despiadado como eficaz, está concebido para el ensanchamiento de la brecha de la desigualdad y la injusticia social, pero de eso está hecho el mundo del que formamos parte, y como el mercado político continúa funcionando con absoluto éxito también en Bolivia, tenemos que muchos principistas y revolucionarios lo son hasta el momento en que un instrumento político empieza a crecer desmesurada y caóticamente, más si pretende “volver y ser millones”, en tanto lo que   se reparte no alcanza para todos     en una cultura rentista y clientelista como la nuestra, producto de las prácticas vigentes hasta nuestros días originadas en el populismo del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR).

Es así que la construcción de la  carretera San Ignacio de Moxos-Villa Tunari, ahora interrumpida, ha terminado por convertirse en el nuevo distribuidor de posiciones político prebendales gracias a la traición cometida por Adolfo Chávez, que instrumentalizó la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) para acceder a un puñado de ítems en la Gobernación de Santa Cruz, que esta vez, con cierta sagacidad, ha encontrado la inmejorable posibilidad de poner a “indios contra indios” o a “indios ambientalistas contra campesinos cocaleros depredadores” como punta de lanza, luego de fra- casados los anteriores intentos de  desestabilización que buscaban el derrocamiento de Morales y su gobierno.

Había que meterle un cimbronazo al Pacto de Unidad para erosionar la consistencia del proceso, a partir de pasos equivocados reconocidos por el propio Gobierno, y ahora intentar recomponer el tablero cuando varias de las fichas ya se mueven en otros escenarios resulta doblemente difícil: La Cidob está recientemente aliada con Rubén Costas, “mestizista” y negador de lo indígena hasta hace unos meses, enemigo y persecutor de ayer y aliado de hoy.

El macizo proceso de transformaciones encontró en este proyecto de vertebración caminera al contrainstrumento para generar un encarnizado debate y conatos de enfrentamientos (VIII marcha) entre indígenas, pretendidos defensores de la “inmaculada” área protegida del Isiboro Sécure versus campesinos “interculturales” etiquetados como desarrollistas y depredadores del medio ambiente. Los acontecimientos potenciados por los medios de comunicación de la derecha han permitido instalar el maniqueísmo reduccionista con “indígenas buenos” versus (campesinos) “cocaleros-narcotraficantes”.

La carretera se ha convertido en el elemento refuncionalizador del batallar opositor boliviano. A través de la furibunda objeción al tramo II de esa vía que conectaría Cochabamba con el Beni se ha logrado dividir a quienes hasta hace un año formaban parte de un mismo proyecto histórico. Recomponer el Pacto de Unidad se convierte, por tanto, en una tarea indispensable si no se quiere perder el horizonte de largo aliento, según todos quienes creemos, de construir una democracia transformadora y con auténtica capacidad autogestionaria de las mayorías, para la que hay que conseguir llevar el asunto de la carretera a un auténtico fojas cero, a fin de reiniciar el proyecto con orden e inclusión.

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