Animal Político

Influencia y vigencia del nacionalismo revolucionario

Quienes consideran que el nacionalismo revolucionario, como teoría política/filosófica/económica, pasó a buena vida, se equivocan. Montenegro, Guevara y Paz Estenssoro, entre otros, ya pensaron el país como ahora vive, sustentado en las políticas sociales y los hidrocarburos.

La Razón / Boris S. Gómez Úzqueda

00:01 / 14 de abril de 2013

Grande honor el escribir del nacionalismo revolucionario y su influencia en la historia económica —y política— de Bolivia con motivo de un nuevo 9 de abril. 1952 fue esa revolución que, en esta primera década del siglo XXI, sigue vibrando en el alma de la nación boliviana. Al margen de consideraciones subjetivas/objetivas, el nacionalismo revolucionario constituye un hecho histórico/político axiomático, con mandatos que permanecen incólumes particularmente en la economía. Nunca antes decisiones de corte político habían marcado tanto el rumbo de Bolivia en su desarrollo económico. Esas jornadas marcan una epopeya de emancipación de las denominadas fuerzas de la nación, la liberación del alma nacional —ese colectivo que constituimos todos los bolivianos— fomentada entonces por jóvenes nacionalistas/revolucionarios que tuvieron, como tareas previas, escribir y reescribir la historia y la política de la República difundiendo ideas y pensamientos en su pequeño pasquín/periódico La Calle, bastión de una prensa como factor imprescindible en la cimentación de ese “Estado nacional” —que está pendiente de edificar— a partir de la reconversión del antiguo modelo de “Estado feudal” para consolidar la visión de un Estado nacional cimentado por una burguesía boliviana productiva.

Los frutos políticos de la ideología del nacionalismo revolucionario se pueden percibir en el paso del tiempo: voto universal, transformador de la cualidad principal del objeto/indígena en sujeto/político/indígena, otorgándole derecho al voto y a la elección, previa su liberación del pongueaje sociológico/psicológico al que estuvo sometido, en acción previamente concretada por el presidente colgado Gualberto Villarroel y que han colocado al indígena como eje central de la política boliviana. Nacionalización de las minas, referente económico de trascendencia latinoamericana que desarticuló “roscas” que manejaban Bolivia, y con resultados económicos favorables para el sostenimiento de la República hasta los 80. Reforma agraria, complemento/perfecto del voto universal, que entregó el campo —en manos de pocas familias— a los ciudadanos sin importar su procedencia ni condición social.

Esos hechos de decisión política, pero de resultado palpable en la transformación económica, han remozado las estructuras del país y han estado sustentados en una ideología del triunfo de la nación por sobre la antinación y arropada por la Tesis de Ayopaya, avizorados años antes por Carlos Montenegro y Wálter Guevara Arze, respectivamente, pensadores que pergeñaron y estructuraron herramientas teórico-ideológica-políticas para la ejecución posterior de un verdadero plan estratégico de reconstrucción del país llevado a efecto en el transcurso de casi 60 años y ejecutado por las presidencias de Víctor Paz Estenssoro (1952-1956; 1960-1964; 1985-1989), Hernán Siles Suazo (1956-1960; 1982-1985), Wálter Guevara Arze (1979), Lydia Gueiler Tejada (1979-1980) y Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997; 2002-2003), con luces y sombras como toda obra humana.Queda hoy pendiente restituir el credo de la alianza de clases que invocaba la cohesión permanente de blancos, criollos, indios, mestizos y negros en una Bolivia siempre autorreconocida como plural y hermanada.

Se equivocan quienes dan por concluido el proceso histórico/filosófico del nacionalismo revolucionario. Pervive. Hay tareas inconclusas y medidas posteriores como la Participación Popular, la capitalización social y el seguro materno-infantil, que han sido modelos transicionales sujetos a ajuste y modernización para readecuarlos a los desafíos político/económicos del siglo XXI. Con todos sus yerros, el nacionalismo revolucionario volvió a marcar su impronta histórica a mediados de los 90 cuando recogió —¡finalmente!— la visión de Montenegro: cambiar el eje de pensamiento/acción/desarrollo de la Bolivia del estaño a la Bolivia del petróleo, gas, de la energía. La caída de los precios del estaño de mediados del 80 obligó a los estrategas consecuentes del nacionalismo revolucionario a repensar Bolivia a partir de la naciente economía de los hidrocarburos, para reinsertar al país al competitivo escenario económico internacional como único medio de subsistencia de nuestras nuevas generaciones. Estrategas de los 90 —bebiendo del manantial ideológico establecido por Montenegro y Paz Estenssoro— no estuvieron lejos ni fuera del planteamiento central de defensa de la nación boliviana: establecieron una nueva visión de nación supra/histórica que permitió reposicionar a la Bolivia del estaño, en la que se desenvolvió el nacionalismo revolucionario del pasado siglo, a la Bolivia del gas y la energía, que donde se va a batir la Bolivia por los próximos cien años.

En 2013 cabe un homenaje especial al ideólogo que ya caviló en la Bolivia de la energía, del petróleo y del gas —al que denomino con tristeza el presidente que no fue— Carlos Montenegro (1903-1953), quien casi 70 años atrás ya advirtió que el país tenía una nueva llave donde apuntalar su desarrollo: el petróleo, genéricamente gas y la energía. Bolivia está ad portas de ejecutar un nuevo salto al desarrollo integral a partir de los hidrocarburos, tal y como Montenegro ya ensoñaba en su tesis de petróleo para el desarrollo boliviano.

Este ilustre cochabambino y boliviano de talla latinoamericana, abogado, periodista y filósofo contemporáneo de la República, se empapó de nuevos aires políticos/históricos en Buenos Aires, en México y en otras capitales, además de haber templado su espíritu como combatiente la Guerra del Chaco (1932), que le permitieron entender Bolivia, decodificarla y reconstruirla para el futuro. De seguro queda pendiente una investigación bibliográfica minuciosa de Montenegro y su influencia en el pensamiento económico boliviano. ¿Cómo supo Montenegro que Bolivia tendría su base de desarrollo histórico/económico sustentado en la energía? Era un conspirador del tiempo. Con capacidad crítica introspectiva/retrospectiva y de amplia perspectiva geopolítica. Ya como creador del Ministerio de Trabajo y Previsión Social —una novísima institución para los 50 y autor del hoy utilizado “fuero sindical”— o como ideólogo de la expulsión “jurídica” de la norteamericana Standar Oil y quizá su ópera prima, la creación, por vez primera en la historia burocrática boliviana, del Ministerio de Minas y Petróleo. Se nota ya a un Montenegro político dedicado a dejar huella en el desarrollo del pensamiento económico del país.

Entendía que no puede haber revolución ni menos República sin un Estado fuerte controlando los ejes de la economía: minería y el petróleo (la energía).

El fiero Montenegro era, a todas luces, el presidente que Bolivia no tuvo porque un cáncer impidió realizar su pensamiento de redención económica de Bolivia. No sería un desatino ni una falta de respeto que los bolivianos consideremos la emblemática y ya mitológica figura de Montenegro, como Ministro en Jefe de los Hidrocarburos bolivianos, ad perpétuam, como es, por ejemplo, el insigne abogado Pantaleón Dalence, jefe de la Justicia boliviana.

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