Animal Político

¿Instrumento político revolucionario o frente electoral?

Se plantea las cuestiones entre cruzar las estructuras sindicales de la Central Obrera Bliviana (COB), las partidarias y las de un instrumento político bajo las acechanzas de la tentación electoralista.

La Razón / Carlos Arze Cargas

00:00 / 03 de febrero de 2013

Hace pocos días, la Primera Conferencia Nacional de los Trabajadores organizada por la Central Obrera Boliviana (COB) decidió llevar adelante la fundación del “instrumento político de los trabajadores”. En esa reunión se puso en consideración los textos en borrador del programa y de los estatutos de la nueva organización política, de cuyo contenido se han filtrado, mediante noticias de prensa y declaraciones de algunos dirigentes, algunos elementos interesantes que vale la pena comentar.

Uno de los rasgos más importantes del sindicalismo boliviano es su orientación revolucionaria, que se refleja en los objetivos de su lucha inscritos en sus principales documentos, como la Tesis de Pulacayo y la Tesis de la COB de 1970, que propugnan la lucha por el socialismo. Esta orientación es producto de la influencia de las corrientes marxistas en constante pugna con corrientes nacionalistas burguesas y, en sus inicios, con corrientes anarquistas. Ella ha determinado, también, que en su estructura organizativa destaque la participación privilegiada de la clase obrera, principalmente la minera, ocupando los principales cargos directivos y con una representación mayoritaria, como reconocimiento al carácter revolucionario del proletariado en la lucha contra el capitalismo y al papel del proletariado minero en las más importantes gestas sociales de la historia del país.

Con todo, la COB no deja de ser un sindicato, es decir, organización natural de la clase obrera; de los obreros que se unen para resistir la explotación y para superar las dificultades que les impone la propia competencia, entre ellos por una fuente de trabajo. Es un frente único de clase, asociación de todos los trabajadores —ya sea de una fábrica individual o de muchos sectores— sin restricción ni discriminación de ideología u orientación política. La posibilidad de la acción revolucionaria de los sindicatos, de que se planteen y actúen en función de un objetivo político revolucionario, depende de la orientación política de sus dirigentes capaces de convencer y ganar a las bases de los trabajadores a esa causa. Orientación política que deviene de su militancia en un partido que propugne, en su programa, su organización y su acción cotidiana, los intereses históricos de la clase obrera, que no es el resultado de la agregación de las reivindicaciones  inmediatas de los trabajadores asalariados en general y que se detienen en el ámbito limitado de las reformas económicas, sin cuestionar la vigencia del sistema capitalista. La propia COB a lo largo de su historia adoptó, a instancias de sus principales dirigentes, una u otra posición respecto a los gobiernos de turno: Juan Lechín la orientó a la colaboración con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) —un partido de clara esencia burguesa— durante muchos años.

Pero, además, el sindicato como frente único de clase, es decir, abierto a la participación de todo trabajador asalariado bajo la sola condición de ser asalariado, se desenvuelve en el amplio régimen de la democracia sindical, donde las principales determinaciones se aprueban por simple acuerdo de sus afiliados en las asambleas generales o en sus congresos. Esos acuerdos, que sirven de mandatos para los dirigentes, son implementados por “disciplina sindical”, es decir, en atención a la solidaridad con los demás trabajadores, pero no implican una afinidad ideológica de todos los afiliados.

Ambas características, la libertad de pensamiento y la de acción, son diferentes a las que rigen en un partido político, más aún si éste es marxista, es decir, revolucionario. Éste se organiza en torno a una ideología que corresponde a la naturaleza e intereses de clase del proletariado, resumida en su programa que señala sus objetivos históricos, sus estrategias y sus métodos de lucha. Además, su organización se basa en el centralismo democrático, es decir, en la vigencia de una amplia democracia para el debate y en la centralización de la posición y la voz de la organización, que se concretiza en una posición única hacia afuera; forma organizativa impuesta por el carácter de su lucha radical contra el orden establecido, contra el Estado capitalista, que requiere de la mayor disciplina, discreción y atención a la seguridad de un partido hereje para el capitalismo.

En las declaraciones de varios dirigentes y de algunas organizaciones políticas (algunas inexistentes en el ámbito sindical), se trasluce que la propuesta del instrumento político de los trabajadores confunde la naturaleza del sindicato con la del partido y que alude a una organización distinta a un partido obrero. Se menciona, por ejemplo, que la aprobación de su programa y sus estatutos se llevaría a cabo en reuniones orgánicas , desconociendo que los afiliados a esas organizaciones no están obligados a adoptar tal o cual posición política. Pero la confusión va más allá, se menciona que el instrumento aglutinaría a “todos los sectores populares” sin descartar “las Fuerzas Armadas y la Policía”. Lo más llamativo es que, además, se menciona que no se pretende que “sólo” los trabajadores obtengan respuesta a sus demandas como la de “aumentarse sus salarios”, lo que revela que el nuevo partido no discrimina entre los intereses de la clase obrera y los de otras clases representadas en el actual Estado .

Lo que sí queda claro es que la propuesta tiene su origen en el creciente desencanto de muchos dirigentes respecto a la gestión gubernamental del MAS (otro “instrumento político”) y en su esperanza —o deseo— de que las reivindicaciones laborales sean tomadas en cuenta por el Estado, “mejor” si es a través de sus propias instancias : el parlamento, los ministerios, etc.. Por ello, no extraña que se mencione con más énfasis la urgencia de lograr su personería para participar en las elecciones de 2014 que la de discutir un programa político que haga una caracterización de la sociedad y economía bolivianas, de su estructura de clases sociales, de los intereses de estas y plantee los objetivos revolucionarios y la estrategia para alcanzarlos.

Finalmente, la actitud de los dirigentes de la COB ante la movilización de algunos sectores se muestra muy contemplativa, por decir lo menos, con un Gobierno que desarrolla cotidianamente una política claramente antiobrera, por lo que la propuesta del “instrumento” nos recuerda las incontables experiencias electoralistas de la “izquierda nacional” y “comunistas” bolivianos y la experiencia del Partido de los Trabajadores (PT) de Luiz Inácio Lula da Silva, que terminaron —todas ellas— como ajenas y opuestas a la revolución que proclamaban.  

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