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Intelectuales, política y poder

Bautista Saavedra: “La naturaleza, que es una hermosa armonía de desigualdades, no ha hecho otra cosa que desmentir constantemente esta ilusión (de la igualdad), porque un régimen de libertad no puede ser sino ambiente de florecimiento de desi-gualdades”.

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Zárate

00:32 / 09 de mayo de 2016

Revisando la historia política en el continente, se puede advertir la escasez de ejemplos de intelectuales que lograron incursionar con éxito en la arena política.  La búsqueda se hace breve al tratar de encontrar a pensadores en la jerarquía más alta del Estado. Se puede mencionar al emperador Marco Aurelio en la Roma Imperial (apodado El Sabio), que pasó a la historia como un notable estadista. En América Latina, el escritor Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) publicó Facundo: civilización o barbarie (1845) y posteriormente asumió la presidencia de Argentina (1868-1874).

En el caso boliviano, los intelectuales que incursionaron en la política y ocuparon cargos en la administración pública, entre otros, fueron: Daniel Sánchez Bustamante, Franz Tamayo, Alcides Arguedas, Gustavo Adolfo Otero, Tristán Marof, Fernando Diez de Medina, René Zavaleta, Augusto Céspedes, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Valentín Abecia Baldivieso, Salvador Romero Pittari, Jorge Lazarte.

La historia sociopolítica de Bolivia, aunque parezca una exasperante sucesión de revueltas, motines, sediciones y elecciones, contiene también una amplísima producción de ideas, principios y valores de gran relevancia académica. Estos rasgos de intelectual y político se destacan en la personalidad de Bautista Saavedra (1869-1939). No faltaron estudios sobre su mandato. Pablo Suero publicó Cuatro años de gobierno del Dr. Bautista Saavedra 1921-1924, Manuel Rigoberto Paredes escribió El gobierno de Don Bautista Saavedra, Porfirio Díaz Machicao presentó el libro Saavedra 1920-1925, Carlos Aramayo Alzérreca esbozó Saavedra el último caudillo y Eugenio Gómez tituló su investigación Bautista Saavedra.

A principios del siglo XX, en el seno interno del Partido Republicano se disputó el control de la esfera pública y se dividió en dos ramas opuestas; una, dirigida por el intelectual Bautista Saavedra, y la otra, por el político Daniel Salamanca. El caudillo Saavedra y sus correligionarios lograron hacerse con el gobierno y el partido en 1921; Salamanca respondió al saavedrismo fundando el Partido Republicano Genuino, lanzando una activa labor de agitación contra el régimen.   Don Bauti —como se lo conocía en su época— estuvo en permanente conflicto; para silenciar toda convulsión social recurrió de modo autoritario al sector castrense. Incluso pretendió prorrogarse en su mandato de manera inconstitucional, pero tuvo que dar un paso al costado para habilitar a Hernando Siles Reyes.

Se puede advertir que el poder en su esencia no tiene grandes variaciones, continúa siendo el campo de fuerzas donde se lucha por lograr dominación y obediencia, lo que cambia es la adaptación a la realidad coyuntural. Por ejemplo, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en la década de los 40 llamó “rosca minero-feudal” a la oposición para desacreditarla y tomar el cielo por asalto en la llamada Revolución de 1952. Medio siglo después, el Movimiento Al Socialismo (MAS) utilizando los mismos mecanismos de poder denominó a sus opositores “neoliberales”, “imperialistas” y “derechistas” para forjar un proyecto de poder. Se puede afirmar que los actores políticos cambian, pero lo que no cambia y no varía a pesar del tiempo es la lucha por el poder en su núcleo manipulador.

En el campo académico Bautista Saavedra fue un destacado catedrático de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (ahora Facultad de Derecho y Ciencias Políticas) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA); su labor de investigador está reflejada en los siguientes títulos: Los orígenes del Derecho Penal y su historia, La criminalidad aymara en el proceso Mohoza (1901), El ayllu (1903), Defensa de los Derechos de Bolivia ante el Gobierno argentino en el litigio de fronteras con la República del Perú (1906), La democracia en nuestra historia (1921), Documentos para la historia (1929), y sus dos trabajos póstumos: El último jirón de la patria (1941) y La aurora de la independencia hispanoamericana (1977). Tempranamente, Fernando Diez de Medina (1908-1990) afirmó en su ensayo Thunupa (1947): “Bautista Saavedra planta dos fieros hitos en la indagación vernácula, con El ayllu y La democracia en nuestra historia, libros señeros que deben consultarse junto con otros ensayos sociológicos y literarios del autor”. Saavedra el intelectual, en su ensayo La democracia en nuestra historia escribió: “El error sustancial de la democracia, ha estado en haberse proclamado como principio suyo la igualdad. En apoyo de ese principio se invocó la naturaleza; pero la naturaleza, que es una hermosa armonía de desigualdades, no ha hecho otra cosa que desmentir constantemente esta ilusión, porque un régimen de libertad no puede ser sino ambiente de florecimiento de desigualdades”. Este libro de Saavedra lastimosamente no tuvo una recepción académica favorable; es un aporte que merece ser estudiado por la originalidad de la temática, el nivel académico de la obra y, sobre todo, por ser un testimonio de espíritu crítico de la época.

Paradójicamente, Bautista Saavedra en la praxis política actuó en contrario a sus escritos. El periodista Gustavo Adolfo Otero (1896-1958) en sus Memorias (publicadas póstumamente en 1977) relata que ocurrida la muerte de José Manuel Pando (1848-1917), y el mismo momento que Saavedra supo de la noticia, dijo a sus partidarios: “Ése es un crimen político, tenemos que sostener eso, para acabar con los liberales”.

Las lecciones de la historia nunca terminan de enseñarnos y recordarnos ciertas similitudes con la actualidad. En lo teórico son personas demócratas, respetuosas de la normativa vigente, enemigas del compadrerío, del despotismo y del favoritismo, y esos mismos personajes en su accionar (una vez encaramados en el poder) actúan no necesariamente mejor que las criticadas y enraizadas prácticas de nuestra política. Los principios éticos, los valores democráticos, se los grita al viento y el poder en la praxis hace que queden en el papel lo ético y las buenas intenciones.

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