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Irán: construyendo futuro o postergando el presente?

El acuerdo nuclear con Estados Unidos permite a Irán continuar con su programa nuclear siempre y cuando sea para fines pacíficos y estipulando restricciones a las actividades de enriquecimiento de uranio y de investigación y desarrollo por 15 años.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Alberto Fernández

00:00 / 09 de agosto de 2015

En el año 547 a.C., la antigua Grecia chocó a un nivel irreconciliable con el entonces imperio persa cuando éste, encabezado por Ciro II el Grande, conquistó Jonia y dio inicio a las llamadas Guerras Médicas. Después fue Darío I quien buscó venganza contra los atenienses y la conquista de todas las polis griegas, empujando a los helénicos a forjar un pacto militar llamado symmaquia. A la muerte de Darío fue turno de su hijo Jerjes, quien mandó emisarios a las ciudades griegas pidiendo tierra y agua como símbolo de sumisión y que, sin embargo, fueron lanzados a un pozo como clara incitación a la guerra. El poderoso ejército persa se movilizó para cruzar el estrecho de Helesponto (los Dardanelos) que comunica el mar Egeo con el mar de Mármara y terminaron en el desfiladero de las Termópilas (que en griego quiere decir Puertas Calientes).

Se trataba de un estrecho “embudo” geográfico donde el rey Leónidas I, más 300 soldados espartanos y 1.000 de otras regiones, se atrincheraron formando una falange de infantería impenetrable que inutilizaba la superioridad de las 500.000 tropas persas y su caballería; los persas estaban obligados a atacar en oleadas de tropas que eran aniquiladas una tras otra. Después de abatir a más de 10.000 persas, Jerjes retrocedió y fue gracias al traidor Efialtes que condujo a los persas hacia a retaguardia de las Termópilas donde finalmente acorralaron y derrotaron a Leónidas y sus 300 hombres.

Persia pasó a conocerse como Irán en 1935 y así como hace 2.495 años, el 14 de julio ha conseguido eludir el cuello de botella impuesto por Occidente y está nuevamente a las “Puertas Calientes” de Europa y del mundo, con la firma de un acuerdo nuclear.                

En tiempos modernos, el cisma con el resto del mundo alcanzó su cénit en 1979, cuando un proceso histórico de atropellos internacionales convergió con una revolución, resultando en el derrocamiento del shah Mohammad Reza Pahlevi y la instauración de la República Islámica de Irán encabezado por el ayatolá Jomeini. El nuevo régimen identificó a Estados Unidos como “el gran satán”, una fuerza devoradora del mundo vinculada a desmantelar el Islam, y a la Unión Soviética como un “régimen ateo” que esperaba a que el país colapse para hacer leña del árbol caído. La cereza de la torta o, en este caso, el azafrán del kebab, fue la toma de 66 diplomáticos de la embajada estadounidense como rehenes durante 444 días.

Aislado y amenazado, ensordecido por el chillido del águila norteamericana y asfixiado por el abrazo del oso ruso, Irán tornó toda su atención hacia su única vía de supervivencia en el entorno hostil en el que le tocó vivir: su programa nuclear.

Pero además de la presión bipolar de la Guerra Fría, hay otros elementos inherentes al carácter nacional persa conducentes a dicho programa. Son 25 siglos de existencia continuada iraní que han desarrollado un aire de grandeza por su pasado de súper-potencia que subyugó a decenas de naciones y que, al mismo tiempo, convive con un sentimiento de agravio por los últimos tres siglos de constantes humillaciones por fuerzas foráneas. Se perciben como superiores a sus vecinos árabes y líderes del islam chiita. Están rodeados por suníes hostiles en Arabia Saudita, Afganistán, Emiratos Árabes, Pakistán y Asia central; árabes hostiles al sur y occidente; pueblos turcos poco amigables hacia el oeste y norte; y movimientos separatistas al interior. El problema no es solo la fe sino también el chicote, ya que el barrio está saturado de tropas norteamericanas en Afganistán, Irak, Turquía y el Golfo Pérsico, y potencias nucleares mediatas e inmediatas con quién lidiar, desde inamistosas hasta hostiles, como India, Pakistán e Israel… ¡Oh la la! O mejor dicho, ¡Por Alá!        

El fin de la Guerra Fría no acercó a Washington y Teherán ni para levantar las banderitas soviéticas de la frontera. Tras casi 30 años infructuosos de sanciones, en 2006 se forjó una symmaquia diplomática para frenar las pretensiones nucleares persas. Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido más Alemania formaron el grupo de los P5+1, con el cual, más el Alto Representante europeo para Asuntos Exteriores, se formó el E3/EU+3. A la par y con el sable del Pentágono cascabeleando al oído de la administración de Mahmud Ahmadinejad, en 2012 la Casa Blanca inició negociaciones ‘bajo la alfombra persa’ con Teherán y el 23 de noviembre de 2013 alcanzó en Ginebra (Suiza) un acuerdo interino que culminó en el llamado “Plan de Acción Integral Conjunto”.          

En resumen, el acuerdo permite a Irán continuar con su programa nuclear siempre y cuando sea para fines pacíficos y estipulando restricciones a las actividades de enriquecimiento de uranio y de investigación y desarrollo por 15 años. Contempla exhaustivas inspecciones a cargo del Organismo Internacional de Energía Atómica y que las instalaciones nucleares se mantengan funcionando. No se destruirá ninguna centrífuga, el reactor de agua pesada de Arak seguirá operando y disfrutará de inversión extranjera y modernización. Irán entrará a mercados globales con productos nucleares, se descongelarán reservas internacionales en bancos extranjeros, 800 personas naturales y jurídicas —incluyendo el Banco Central de Irán, navieras y su empresa estatal de petróleo— serán liberadas de sanciones. Se levanta el embargo y todas las sanciones sobre la banca, petróleo, gas, petroquímicos, seguros y transporte, y no se impondrán nuevas sanciones. En resumen, el programa se mantiene, solo que se ralentiza y avanza con una lupa más potente sobre él.

Así, un país de 80 millones de habitantes, con las cuartas reservas más grandes de petróleo, y estratégicamente localizado en el Golfo Pérsico está a punto de cruzar las Termópilas para reclamar su rol protagónico en la arena global.

La administración Obama ha alcanzado una sensación de seguridad en el Medio Oriente al alejar a Irán de una posible arma nuclear, pero no ha considerado la profundidad de las raíces del tema en la política exterior iraní. ¿Qué pasa cuando el programa nuclear se ha convertido en la quintaesencia de la seguridad nacional y supervivencia de Irán? ¿Se podrá separar el objetivo de un arma nuclear de su política exterior?

¿Se puede separar la demanda marítima de la política exterior boliviana? ¿Se puede separar a Estados Unidos de la política exterior rusa? Seguramente que sí… una vez que se logren. El tema nuclear está muy arraigado en la psiquis persa, y al firmar un acuerdo que no solo no detiene el programa sino que inserta a Irán nuevamente en la ecuación global para fortalecerse y tomar un nuevo impulso, no crea las relaciones de paz a futuro en la región, sino que simplemente posterga el máximo objetivo de seguridad iraní por unos años.

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