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Javier Sanjinés Casanovas: ‘Lo poscolonial es un apoyo; yo parto de mi propio trabajo empírico’

‘Encuentro que todavía falta una teoría estética sobre la novela del choleaje’

Javier Sanjinés Casanovas.

Javier Sanjinés Casanovas. Foto: Cristian Calderón

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina es periodista

07:00 / 15 de agosto de 2018

Hace un año, en el contexto de la Feria Internacional del Libro, me entrevisté con Javier Sanjinés respecto a la entonces reciente publicación de su libro Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia dentro de las 200 obras fundamentales de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB). Los traviesos duendes del periodismo “hicieron perder” la grabación de la entrevista, que por esto no pude publicar en dicho momento. Y eso hubiera sido todo si hace no mucho, limpiando mi grabadora digital, no me habría topado con la grabación que hasta ese momento había considerado desaparecida. Las siguientes líneas registran la primera parte de mi conversación con Sanjinés, que fue muy larga y por tanto imposible de reproducir por completo en las páginas de un periódico.

— El libro suyo republicado por la BBB se hizo célebre en los estudios literarios bolivianos por proponer una “lectura orgánica”, la primera en la historia del país, de una porción de la literatura nacional. Este tipo de lectura relaciona distintas obras no solo de la literatura, sino de distintas artes, entre sí y con los procesos políticos y sociales que les son contemporáneos, en este caso con el final de la Revolución Nacional y los sucesos posteriores. El acierto de las lecturas orgánicas es evidente, pero éstas también entrañan el riesgo de presentar cierto determinismo. Por ejemplo, de establecer una causalidad político-social para obras como la poesía de Cerruto o para Los Deshabitados de Quiroga Santa Cruz…

— Es evidentemente difícil hacer un trabajo de esta naturaleza. En el caso nuestro no había un antecedente. Había una socio-historia con contenidos literarios, por ejemplo, la realizada por Josep Barnadas. Pero no había verdaderamente un trabajo que lograra conectar la literatura con la sociedad. No había mediaciones entre una y otra. Para estas lecturas socio-históricas, la literatura era un mero reflejo de la sociedad. Y la crítica literaria rechazaba fuertemente este enfoque. Yo trabajé sobre esta conexión y evidentemente había un determinismo en eso. Partí del trabajo realizado por importantes críticos socio-históricos sobre América Latina. Antonio Cornejo para el caso de los Andes, Ángel Rama para América Latina en general y, sobre todo, el poco conocido Hernán Vidal, muy importante en esta construcción. Yo llegué al Instituto de Literatura de la Universidad de Minnesota con este propósito. Hacer una renovada lectura de la literatura. Naturalmente, no podía trabajar todo el corpus literario, eso hubiera sido una barbaridad. Así que lo que hice en ese momento fue seleccionar obras. Empecé por Los Deshabitados porque me interesaba la obra, para comenzar, pero también porque quería saber cómo funcionaría en un modelo, que había que generar, de cultura nacional. Cómo participaba en la mediación entre Estado y sociedad, o, para usar categorías hegelianas, en el circuito de lo abstracto y lo concreto. Vidal proponía hacer este tipo de estudios bajo el precepto de que la literatura funcionaba, en la mediación, como las instituciones sociales, por ejemplo, los partidos políticos, etc. Aunque lo hiciera de una manera estética, naturalmente. Vidal también proponía trabajar los tropos literarios. El cúmulo de las metáforas, las sinécdoques o los símiles, que son metáforas más reducidas, va construyendo universos simbólicos. Con esta idea empecé. Me dije: “A ver cómo se da esto en Los Deshabitados”. Y obtuve un resultado curioso: no había metáforas en la novela, pero sí una cantidad inmensa de símiles, que interrelacionaban a los seres humanos y los seres de la naturaleza, animales y vegetales. Esta debilidad en las metáforas me dio ideas acerca de los circuitos sociales que estaban detrás: me di cuenta de que los seres humanos estaban profundamente desorientados, que Los Deshabitados era una novela sobre la desorientación humana.

La obra es profusa en símiles, me dije, entonces, ¿que visión del mundo expresa? Las grandes obras literarias expresan visiones del mundo. Quizá esta novela, conjeturé, fuera el resultado de la inexistencia de visiones del mundo en el momento de su creación. En efecto, lo que encontré en ella fue una “no visión” del mundo, y a esa “no visión” le di el nombre de “grotesco”. Para diferenciar mi grotesco de los grotescos existentes, por ejemplo, de los teorizados por (Mijaíl) Bajtín, lo llamé “el” grotesco. Este concepto designa la falta de comunicación entre la concreción y la abstracción. Me criticaron, claro.  No encontraban “lo” grotesco en Los Deshabitados; pero yo hablaba de “el” grotesco, de la inexistencia de fuertes visiones del mundo, como las que se expresan en el drama y, sobre todo, en la tragedia. En Los Deshabitados no están presentes esas visiones fuertes.

— En esta su interpretación del mundo como comunicación (entre Estado y sociedad, entre lo abstracto y lo concreto) usted utiliza a autores que luego ya no estarán en el Sanjinés posterior, como Jürgen Habermas. Creo que sus nuevos textos, como El espejismo del mestizaje, dejan esta obra inicial, Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia, en una etapa precedente ya superada.

— Creo que sí. Llegó un momento en que ya no podía seguir ese derrotero. Por una razón muy simple. Porque el modelo de Vidal era vertical. Chileno al final de cuentas, propuso una relación vertical entre Estado y sociedad. Nosotros tenemos en Bolivia componentes —raciales, étnicos— que no están contemplados en este modelo, porque son más horizontales. Esto me llevó a romper el modelo vertical en el que había planteado “el grotesco”. No me deshice de la categoría, pero tuve que darle otro cauce. Un cauce que llamo más “progresivo” para diferenciarlo del grotesco más “regresivo”, kafkiano, de Los Deshabitados. En él entra lo más gozoso, la fiesta, la representación de los cuerpos…

— Por esto usted le pidió a la BBB que en esta edición de Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia se incorporara en apéndice un artículo ulterior suyo sobre los “cholos viscerales”…

— Por esto exactamente. Creo que es un salto en la construcción del asunto.

— ¿Diría que su pensamiento poscolonial comienza con este texto sobre los cholos viscerales, que ahí empieza el actual Sanjinés?

— Exactamente. Pero es mi propio trabajo. Lo de (Wálter) Mignolo o (Aníbal) Quijano es muy respetable, pero no explica lo mío. Lo que yo hago parte de mi propio trabajo empírico. Lo poscolonial puede ser útil como elemento de apoyo, pero la preocupación principal que me impulsó a dar el salto mencionado fue  salir del grotesco regresivo del que hablé en mi estudio de la literatura de los 50 y 60 (Literatura contemporánea y grotesco social…).

Ahora estoy abocado a estudiar la literatura desde principios del siglo XX hasta 1950. Encuentro que todavía falta una teoría estética sobre la novela del choleaje, que hoy se explica de una manera demasiado sociológica. Todavía no hay una explicación estética que a mí me convenza, así que estoy en eso.

Javier Sanjinés Casanovas

“Para Sanjinés, la literatura es un discurso social y, por lo tanto, se define dentro de una sociedad entendida como un conjunto de actos de comunicación”. Luis H. Antezana, en el prólogo de Literatura Contemporánea.

Datos

Nombre:  Javier Sanjinés Casanovas.

Nació: En La Paz, en 1948.

Profesión: Abogado, es crítico literario y ensayista.

Ocupación: Profesor visitante en doctorados de literatura.

Perfil

Es doctor en literatura Hispanoamericana y Luso-Portuguesa. Su libro Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia es parte de la Biblioteca del Bicentenario.

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