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Judiciales: El juego de la interpretación

Este análisis plantea dudas sobre el éxito del proceso y se concentra en las lecturas que podrían darse a la luz de los resultados.

Judiciales: El juego de la interpretación.

Judiciales: El juego de la interpretación.

La Razón Digital / Armando Ortuño Yáñez

00:00 / 17 de septiembre de 2017

Los resultados de las elecciones judiciales serán el objeto de un desenfrenado juego de interpretaciones que tendrán solo en parte que ver con las reales motivaciones de muchos de los electores. Se suponía que la elección por voto popular de autoridades judiciales debía reforzar la legitimidad y la autonomía del Órgano Judicial. Para garantizar eso había que aislarlas de las interferencias políticas del momento. Sin embargo, el intento está resultando poco concluyente. Ese fracaso tiene que ver principalmente con los dilemas que implica organizar una elección particularmente compleja y exigente en una democracia de masas.

En Estados Unidos, el único lugar donde hay experiencias regulares de elección de jueces, se han identificado algunos de los problemas: un nivel de participación entre bajo y mediocre, escasa información y poco conocimiento de los candidatos y mucha influencia de las afinidades partidarias en el direccionamiento de los electores. De hecho, los lugares donde hay más participación son aquellos en los que los candidatos pueden presentarse en listas partidarias.

La experiencia de 2011 nos ha dejado también ciertas enseñanzas. La primera es el gran reto que implica informar en Bolivia: a un mes de las elecciones, el 70% de ciudadanos decía tener poca o nula información del proceso. Por otra parte, fue evidente que la distribución del voto válido y del nulo correspondía grosso modo con la geografía y sociología del electorado oficialista en el primer caso y del opositor en el segundo. También se confirmó que el voto blanco y el ausentismo fueron más elevados en las zonas rurales y en los barrios pobres de las ciudades. En síntesis, el comportamiento de los electores parece haber estado influido por dos clivajes: polarización oficialismo-oposición y el grado de conocimiento del proceso.

En ese año, las elecciones se realizaron en un entorno marcado por el conflicto del TIPNIS, las acusaciones sobre el supuesto control oficialista de la preselección de candidatos, una campaña opositora en favor del voto nulo y un Presidente con una aprobación del 35% en el área urbana. El panorama actual parece un deja vu de esa experiencia, aunque el malestar con el oficialismo no parece tan intenso: el Presidente tiene una aprobación que ronda el 50%. Pero, ahora hay un clima de mayor escepticismo ante la política y todos los políticos.

No sabemos cuánto afectará este clima social a las decisiones de los electores, pues la situación no está exenta de complejidades: en 2011 en encuestas previas aparecía que casi un 50% consideraba que la preselección había sido controlada por el MAS, pero solo el 37% estaba de acuerdo con que la oposición haga una campaña por el voto nulo. Los resultados finales mostraron que ambos sectores habían logrado movilizar a sus adherentes más leales en favor del nulo en un caso y del válido en el otro, pero que también existió un porcentaje apreciable de ciudadanos que eligieron candidatos por sus cualidades o que anularon su voto, lo dejaron en blanco o se ausentaron debido a la complejidad del proceso.

Fueron notorios los problemas que muchas personas tuvieron para comparar y seleccionar en una lista tan larga de opciones. El diseño de este tipo de elecciones supone un elector bien informado, racional y que vive en entornos relativamente homogéneos, perfil minoritario incluso en democracias maduras. Más bien, lo más corriente es que el votante recurra a “atajos cognitivos” que le facilitan la tarea de elegir: la adhesión a un partido, la confianza en un líder o las orientaciones de su entorno social. Sin esos referentes y con información insuficiente, el ausentismo suele ser elevado allá donde el voto es voluntario, o los votos nulos y sobre todo blancos se incrementan cuando hay más bien obligación de participar. En todo caso, es igualmente muy racional dejar en blanco la papeleta si se enfrenta una lista de personas a las que no se conoce o no se tiene manera de diferenciar.

En resumen, parecería que los próximos comicios judiciales reproducirán las mismas pasiones polarizadas de hace seis años, aunque no hay que perder la esperanza de que ahora sí se desarrolle una campaña de información inteligente, simple y masiva que aporte pautas a los ciudadanos para que realmente elijan libremente alguna opción, eso podría reducir obviamente el voto blanco y los errores. Es igualmente probable que moros y cristianos se dediquen entusiastamente, al día siguiente de las elecciones, a interpretar a gusto los resultados pese a sus ambigüedades. Todos tienen ese derecho pero cometerían un grosero error si se creen sus propias simplificaciones y peor aún en proyectarlas a otros tipos de elecciones.

  • Armando Ortuño Yáñez es investigador social

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